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miércoles 22 agosto 2018

Opinión

La nueva ola

“Si la gran ola fascista de los años 30 del pasado siglo vino por la reacción a esa nueva sociedad, al movimiento obrero organizado, esta segunda está ya llegando a las costas en forma de reacción a esos que vinieron a acabar con la historia”.

14 diciembre 2016
12:05
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La nueva ola

Hay algo que se llama la estupefacción de la impotencia, cuando incapaces de hacer coincidir nuestros deseos con la realidad se nos queda cara de imbéciles y huimos apresuradamente hacia nuestras zonas de confort, allí donde todo coincide con nuestras expectativas, tengan o no que ver con la realidad. En política la izquierda la sufre a menudo. Para explicar su falta de acierto, sus derrotas electorales o su menguada presencia social recurre a la superioridad moral, que en términos pedestres viene a decir que como somos los buenos y los listos los demás vendrán a ser tontos y malos.

El inicio de este siglo está dejando muchas respuestas estremecedoras como resultado del fin de la revolución neoliberal. Del fin entendido como el cese brusco de ese sueño de que el desbridamiento de la economía especulativa de cualquier norma de control sólo traería crecimiento y bienestar. Da igual que, desde el primer momento, allá por el inicio de los ochenta, transformar el sistema financiero en un casino no diera muy buenos resultados. Las pesadillas en sociedad surgen por acumulación, pero despiertan un día de manera repentina. Entre esas respuestas estremecedoras está la de pensar que cualquier resultado político que no nos guste se puede explicar por la falta de razones del oponente o la ausencia de motivaciones.

Ya saben, la España profunda, el garrulo que no se entera, el cani simiesco y la señora de mirada extraviada votando, y encima mal, lo que no queremos, lo que no les conviene. Valientes ignorantes. Y además sin haberse leído una línea de todos nuestros artículos, que no será por todo lo que escribimos. Una viñeta de Chumy Chúmez, creo que en Hermano Lobo, resume muy bien la situación: un progre de la época mira a una legión de desarrapados y dice “a veces pienso que esta gente no se merece que me lea entero El capital”.

Ser de derechas es algo muy serio. Yo me lo imagino siempre como una de esas series costumbristas que ya no se hacen situadas en un pueblo, con protagonismo coral, donde todos los personajes tenían unas características muy marcadas y los episodios finalizaban siempre con un pellizco moral. Estaba Don Práxedes, el maestro, exigente con sus alumnos pero preocupado por ellos desde un paternalismo bonachón; un señor demócrata-cristiano, sensibilidad social pero siempre desde el orden. Don Argimiro, el director de la sucursal bancaria, era liberal, cosa que en este universo significaba la defensa de la libre concurrencia, pero, eso sí, dentro de unas reglas. Don Críspulo, escritor local y cronista de la villa, no paraba de cantar las bondades de su pueblo, de su región, de su país, bellas muchachas y sabrosos platos, historias de hidalgos, conquistas a moros, armaduras cogiendo polvo en la salita; un nacionalista irredento. Doña Virtudes, la marquesa, con un árbol genealógico de profundas raíces, era de esas personas que tenía un juego de té traído de Londres y reñía al servicio si no lo colocaban en el aparador como es debido; las cosas con mesura, los cambios ausentes o despacio, conservadurismo de barrica de roble. El padre Fortea velaba también por las tradiciones, pero las morales, repartiendo homilías y hostias, consagradas y de las otras, constricción facial por los pecados, numerosísimos en aquella comarca. Y por último Don Fulgencio, que sólo se quitaba el tricornio en misa y delante de la bandera, dejando ver cuatro pelos engominados con tiralíneas; tradicionalista o reaccionario, dependiendo de si en la conversación hablaba de solucionar los problemas con o sin el plomo.

Estas caricaturas, aún previsibles y exageradas, no dejan de encerrar todos esos valores que se supone que ser de derechas conlleva: orden, tradición, seguridad, religión, nacionalismo y negocio. Lo interesante es ver que mucha de la gente que se considera firmemente de derechas está absolutamente perdida en el contexto actual. No dejarán nunca de ser lo que son, de votar cuando toca, de sentir su cuerpo ideológico como el único sensato y cabal, pero no dejarán, por otra parte, de sorprenderse ante el continuo desbarajuste en que se ha convertido todo. Encuentro, de hecho, un cierto placer cuando alguien así exclama lo de “¡Cómo está el mundo!” llevándose las manos a la frente.

La revolución neoliberal se ha llevado consigo no sólo el estado del bienestar, sino también a eso que entendíamos como derecha. El orden se da tan sólo en instancias superiores, la tradición sólo vale para vender mantecados en Navidad, la seguridad es privilegio de poquísimos, la religión es una iglesia medio vacía, el nacionalismo vale para el fútbol pero no para la soberanía económica y el negocio, que lo es todo, ha expulsado a cualquiera que no disponga de una firma de inversiones en Wall St.

Lo interesante es que la derecha, la derecha social, cultural, tradicional, lejos de amilanarse ante su estupefacción se ha hecho fuerte en sus convicciones. La más inteligente, de hecho, culpa de toda esta indeterminación permanente en la que se ha convertido la vida cotidiana no sólo a los que menos tienen, en esa vuelta de la xenofobia de lista, muro y Estrella de David en el escaparate, sino también a los que más. A esa representación de burócratas de Washington o Bruselas, a los niñatos de la bolsa, a la banca de inversión, a los millonarios de las punto com, a todos esos nuevos ricos tan visibles de los noventa en adelante. Y su discurso vende.

Da igual que esté plagado de mil contradicciones, que no ataque nunca a las estructuras básicas del capitalismo que generan desigualdad y riesgo, que sus representantes sean horteras e impresentables. Da respuestas. Claras, concisas, contundentes. Y respuestas, además, que entroncan con una vieja arcadia mental que, aunque nunca existió, sigue llamándose “aquellos buenos y viejos tiempos”. Además, en la tormenta es siempre más fácil construir covachuelas con banderas, santos y völkisch que enfrentarse al páramo con la explicación de la plusvalía.

Que la gente se haga de derechas no supone la aceptación de una ideología acabada, o del acuerdo con un cuerpo de teorías económicas, ni mucho menos con la identificación con un partido político. La gente se hace de derechas porque, paradójicamente, la derecha neoliberal ha hecho de las vidas de todos una película de suspense. Eso y porque cuando la izquierda sustituyó la creación de una sociedad alternativa, en horizonte y en la práctica diaria, por la defensa de unos valores humanistas, se quedó no sólo sin la capacidad de generar sueños, sino también sin la de generar realidades y humanismo.

Si la gran ola fascista de los años 30 del pasado siglo vino por la reacción a esa nueva sociedad, al movimiento obrero organizado, esta segunda está ya llegando a las costas en forma de reacción a esos que vinieron a acabar con la historia, a los que creyeron que se puede hacer pasar una timba por un sistema de gobierno, a los que llamaron ideología a lo que no era más que un robo.

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Daniel Bernabé

Daniel Bernabé

Nacido en Madrid en 1980, aunque siempre vivió en Fuenlabrada, ciudad de la periferia donde las eses se sustituyen por jotas y el orgullo de clase obrera es todavía un valor a tener en cuenta. Ha probado suerte en el periodismo y la narrativa, y ha practicado el dandismo sin mucho éxito. Su último ensayo se titula La trampa de la diversidad.

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