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martes 21 agosto 2018

Opinión

La gente vota contra la globalización y por la vuelta a los nacionalismos

“Si este cambio no lo encarna la izquierda transformadora, el capital, representado por gente como Trump, lo encabezará”, escribe Javier Romo.

09 noviembre 2016
18:23
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La gente vota contra la globalización y por la vuelta a los nacionalismos
Varias personas queman billetes en una manifestación anticapitalista. FERNANDO SÁNCHEZ

JAVIER ROMO @javy_romo // Sí, sabemos sobradamente quién es Donald Trump: ese loco mediático que han dibujado los medios en esta campaña electoral y que han alimentado durante décadas en programas mainstream de telebasura en las televisiones de Estados Unidos. Mucho se ha hablado ya de sus excentricidades en directo y poco del camino que señalan los miles de estadounidenses que lo han votado.

Recientemente escuché en televisión al politólogo Jorge Verstrynge decir que “el siglo XXI será el de la vuelta a los nacionalismos”. Pues esta afirmación sirve para dibujar a la perfección lo que está ocurriendo en el contexto internacional de estas dos primeras décadas de siglo. Esta afirmación es un gran reflejo de lo que ha ocurrido en estas elecciones en Estados Unidos y de lo que está ocurriendo también en Europa, donde el descontento lo están aprovechando partidos de extrema derecha nacionalistas, a excepción de países de la periferia con tantas similitudes en su cultura como son Grecia, Portugal o España.

Hillary Clinton representaba el continuismo de las políticas neoliberales de la administración Obama, aquellas que han empobrecido tanto a la clase trabajadora estadounidense que, castigada por la crisis, buscaba principalmente varias cuestiones: un cambio de rumbo en sus vidas y protección. Trump ha sabido darle respuesta a esa clase trabajadora, que con la globalización veía cómo perdía sus puestos de trabajo debido a que el empresario de turno cerraba sus fábricas donde trabajaban para llevárselas a países menos desarrollados económicamente con el objetivo de aumentar sus beneficios empresariales, al disminuir su gasto en salarios y en impuestos y aumentar su producción, al contratar a trabajadores en condiciones de esclavitud. Por lo tanto, por un lado, la clase trabajadora estadounidense ha dicho basta a esta situación. Y ante la crisis económica que están pagando las clases populares sólo había dos salidas: una salida por la izquierda, que no digo necesariamente que estuviera encarnada por Bernie Sanders, pero que sí es interesante tomarlo en cuenta, ya que ha sabido disputarle la candidatura en las primarias a Hillary Clinton, representándose como socialista, de izquierdas o progresista en el país adalid del anticomunismo; y la salida por la derecha, apostando por la vuelta al nacionalismo, al cierre de fronteras, todo ello combinado con sentimientos de odio y rechazo al diferente, para justificar y llevar a cabo esas políticas.

La mañana de los resultados electorales, al encender la televisión y poner el telediario para verlos, salían declaraciones de gente latina que había votado masivamente a Trump porque, a pesar de emigrar a Estados Unidos, no querían que entrara más gente al país. En el fondo, lo que han votado es protección ante tanta desprotección encarnada en el desempleo, que no es tan alto en Estados Unidos como en otros países de Occidente, en la precariedad laboral, en los despidos, en las bajadas salariales o en la pobreza, que cada vez llama a la puerta de más hogares en el país. Y en lugar de luchar por sus derechos, lo que ha prometido Trump en campaña es luchar contra los extranjeros sin papeles, esos que ante la falta de oportunidades en sus países deciden emigrar a Estados Unidos para ganarse la vida como los demás. O generando el miedo externo del “terrorismo islámico” o de la inmigración mexicana, a los que ha llegado a calificar de “gente con un montón de problemas, que nos traen drogas, crimen, violadores…”. O alimentando el cierre de fronteras y la expulsión de miles de inmigrantes en situación irregular y reforzando el sentimiento patrio de volver a pertenecer a la nación “más grande” y en contra de tratados internacionales con otras regiones, que son rechazados por la mayoría de la opinión pública estadounidense.

Por tanto, la respuesta que ha sabido leer una parte del capital es: nacionalismo puro y duro. Si la izquierda no tiene hegemonía para disputarle el poder al capital en Estados Unidos, señalando como raíz de la crisis la desposesión que está sufriendo la mayoría de la población por parte de las oligarquías mundiales, donde el dinero está yendo hacia una misma dirección, de abajo hacia arriba, el capital desempolvará a personajes mediáticos como Trump, que lleva incubando desde décadas para sacarlos en la coyuntura exacta, para señalar como culpable del empobrecimiento de las capas populares a la inmigración y la excesiva globalización, que conlleva la pérdida de millones de empleos en Estados Unidos y la precariedad laboral.

El capital ha demostrado que prefería a Clinton, por cómo han reaccionado las bolsas internacionales, pero es que no hay que olvidar que es el propio capital quien ha puesto en la Casa Blanca a Trump, al que han calificado continuamente como peor opción ante Clinton. Y es peor opción para el capital, porque pretende dar carpetazo a acuerdos internacionales como el TTIP, con el que el poder de las multinacionales aumentaría imparablemente e irreversiblemente, en detrimento del poder de los estados y la soberanía popular. Pero como hemos dicho, Trump ha sido impulsado por el gran capital, ya que prefieren a ese mal menor, a una salida por la izquierda de la indignación. Es una forma diferente de entender el capitalismo, una vuelta nostálgica al capitalismo del siglo XX. Pero las reglas del juego han cambiado notablemente en el tablero, y ya no estamos en el siglo XX, por lo tanto veremos si Trump es capaz de cumplir con su proyecto en un mundo tan globalizado. No hay que olvidar que el capitalismo se reinventa constantemente, y que si tiene que adoptar otras formas para seguir con su acumulación de capital, lo hará.

En conclusión, hay que saber leer que el mundo está cambiando profundamente en estos momentos, y no siempre que cambia evoluciona a mejor para una mayoría. En este caso, este cambio si no lo encarna la izquierda transformadora, el capital, representado por gente como Trump, lo encabezará. La clase trabajadora ha votado indignada contra el orden establecido, pero ha votado más orden, más de lo mismo para sus intereses contrapuestos a los de Trump. Al igual que ha ocurrido con el Brexit, es un voto rebelión que la izquierda ha visto pasar como un mero espectador más, y no como un actor importante dentro del cambio en estos países angloparlantes. El capital es quien ha generado la crisis y la desposesión y es quien buscará también capitalizar entre la clase trabajadora esa salida que les permita seguir con su juego.

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