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sábado 18 agosto 2018

Política

Galicia se enfrenta a su declive

Las urnas del 25-S enfrentan dos paradigmas. El de la senda continuista de Feijóo, dispuesto a revalidar su mayoría absoluta, y el de la propuesta rupturista de En Marea, que agrupa a la izquierda con la salvedad del PSdeG, roto internamente.

13 septiembre 2016
08:53
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Galicia se enfrenta a su declive
Alberto Núñez Feijóo, presidente de la Xunta de Galicia. PPG

Galicia afronta las primeras elecciones autonómicas desde la irrupción de las mareas en la agenda política. Las urnas del 25-S enfrentan, de facto, dos paradigmas. El de la senda continuista de Alberto Núñez Feijóo (PP), dispuesto a revalidar su mayoría absoluta en el Parlamento gallego. Y el de la propuesta rupturista de En Marea, que agrupa a la izquierda con la salvedad del PSdeG, que todavía trata de ordenarse internamente para mostrar su mejor cara, y de los nacionalistas que persisten en el BNG. En definitiva, Galicia se enfrentará a sí misma en estos comicios. Sumida en una grave recesión demográfica, falta de liderazgo institucional en la crisis de su modelo productivo y con la generación de jóvenes más preparada haciendo las maletas, la comunidad gallega podría ser el espejo en el que el resto de España se mirase para futuros pactos de Gobierno.

La encuesta del CIS otorga la mayoría absoluta al PP (entre 40 y 41 diputados), En Marea empataría con el PSdeG en torno a los 16 escaños, el BNG pasaría de siete a dos y Ciudadanos lograría entre uno o ningún diputado. El BNG pasaría de siete a dos. La carrera para los comicios del 25-S empezó con las lágrimas de Núñez Feijóo desde la capilla del Hotel AC Palacio del Carmen de Santiago de Compostela –el mismo lugar que escogió hace cerca de diez años para presentarse como sucesor de Fraga– cuando despejó los interrogantes que él mismo había desencadenado y proclamó que optaría a un tercer mandato. “Estoy seguro de que podremos volver a ganar”, sentenció para remarcar que había “elegido” a Galicia, en un discurso interrumpido hasta en siete ocasiones por la emoción, en lugar de aceptar las ofertas de la empresa privada que aseguró haber recibido mientras tanteó sus posibilidades como sucesor de Mariano Rajoy en Madrid.

Como sucesor de Manuel Fraga, Feijóo mantuvo la red de clientelismo pero logró suavizar su imagen y aparecer como buen gestor ante la opinión pública tras dos mandatos al frente de la Xunta. Un espejismo que se refleja más en Madrid que en la propia Galicia. Las amistades peligrosas que mantiene desde el inicio de su carrera política, parecen no haberle pasado factura. Narcotraficantes como Marcial Dorado, ya conocido por sus ilegalidades cuando Feijóo frecuentaba su yate, o el supuesto conseguidor de la Operación Zeta –una investigación sobre supuesto fraude de subvenciones en cursos de formación– Pachi Lucas, del círculo íntimo del popular, son dos ejemplos de ello.

A lo largo de su carrera en el PP, Feijóo ha presidido el Insalud (1996-2000), donde puso en marcha el modelo de fundaciones sanitarias, privatizó Correos (2001), abandonó la ya escasa política de apoyo al gallego que defendió Fraga, participó en la venta de los ahorros de los gallegos con la fusión de las cajas y su posterior venta a una entidad venezolana, miró para otro lado mientras su partido ponía en marcha la Ley de Montes que permite recalificar terrenos que hayan sido quemados y recortó el presupuesto para hidroaviones de la Xunta…

Es imposible entender políticamente al actual Feijóo sin revisar la figura de Fraga Iribarne, presidente de la Xunta de Galicia entre 1990 y 2005, y encargado de establecer un sistema de poder en la Comunidad gallega con tentáculos hacia todos los estratos. Fraga controló de forma férrea al PP, y para él, el partido era toda Galicia. Ni escándalos como el de la catástrofe del Prestige impidieron que revalidase sus mayorías absolutas, pero sí despertaron de algún modo a la sociedad y devolvieron las grandes manifestaciones a las calles. El colectivo Nunca Máis fue un revulsivo para tantos años de silencio que finalmente se tradujo en el “espejismo” del bipartito que de 2005 a 2009 puso a un Gobierno de socialistas y nacionalistas con Emilio Pérez Touriño a la cabeza en la Xunta.

Situado Feijóo en la línea de salida desde aquel 3 de abril, el resto de fuerzas permaneció a la deriva hasta el pasado 1 de agosto, cuando finalmente el presidente de la Xunta convocó las urnas para el domingo 25, siguiendo la tradición de coincidir con los comicios vascos que ya había anunciado para esa fecha el lehendakari Íñigo Urkullu. Las primarias del PSdeG enfrentaron a las caras visibles del partido, un conflicto que Xoaquín Fernández Leiceaga no ha podido frenar ni a la hora de presentar las candidaturas al Parlamento. Desde Ferraz desacreditan una vez más las decisiones que ya había acatado la militancia socialista en Galicia, con la cabeza puesta en la “unidad” para afrontar otra campaña electoral tras los malos resultados del partido en las generales. Los hombres del alcalde de Vigo, Abel Caballero, el único socialista que salió indemne de las urnas en los últimos años con una mayoría absoluta en las municipales, iniciaron una batalla contra la dirección federal del PSOE por el “cambiazo” en las listas elegidas por la militancia gallega, que no deja más que imágenes de división y bronca ante los electores.

El universo que rodea a En Marea estaba desdibujado tras las luchas internas de Anova, Esquerda Unida y el particular calvario de Xosé Manuel Beiras con Yolanda Díaz. Los alcaldes de Santiago, A Coruña y Ferrol, Martiño Noriega, Xulio Ferreiro y Jorge Suárez, se apresuraron a calmar los ánimos y recordar con un manifiesto la única clave que la izquierda gallega debería tener presente: llegar a acuerdos para presentar una lista conjunta capaz de competir con el PPdeG. “Hay que subrayar mucho que sean precisamente las mareas las que asuman, en esta ocasión, el papel protagonista”, celebró Xosé Manuel Beiras al día siguiente de que el manifiesto se hiciese público. “Son, sin duda, el mejor indicativo de que la ciudadanía dejó por fin el papel de súbdita de un sistema aberrante para tomar la iniciativa y caminar hacia su mudanza radical”, enfatizó. El manifiesto de los alcaldes de las mareas pidiendo una candidatura unitaria dibujó la senda que llevó a más de un millar de personas a una asamblea constituyente en Vigo, el 30 de julio, de la que salió el calendario para las primarias, retrasadas por el acuerdo in extremis con Podemos, que renunció a sus posiciones previas para integrarse en En Marea, ahora convertida en partido instrumental.

Las primarias de En Marea fueron un experimento inédito en la política gallega. Más de 10.000 inscritos eligieron a través de listas abiertas y desbloqueadas las candidaturas de la izquierda rupturista para el 25S. Aunque Podemos participó en la asamblea constituyente de Vigo, no entró en las primarias inicialmente porque los dirigentes de la formación morada en Galicia, con Carmen Santos a la cabeza, no querían abandonar sus siglas. Fue la intervención de Pablo Echenique y Carolina Bescansa y, en el tiempo de descuento, un tweet de Pablo Iglesias, lo que desbloqueó la situación ante el miedo de que una lista de Podemos en solitario no obtuviese buenos resultados. Las dos candidaturas que finalmente presentó la formación a las primarias en representación de los dos sectores enfrentados en Galicia tuvieron un importante respaldo en A Coruña y, especialmente, en Pontevedra, donde cuatro de los cinco primeros de la lista pertenecen a este partido.

El juez del Tribunal Superior de Xustiza de Galicia, Luis Villares, fue el nombre de consenso que propusieron los tres alcaldes y que logró el apoyo de más del 86% de las bases de las mareas. Hacía falta un líder que no estuviera quemado en las batallas cainitas de las distintas sensibilidades que agrupa En Marea. Ese mirlo blanco fue Villares, quien consiguió también el respaldo imprescindible de Beiras, que de paso abandonó la primera línea política tras protagonizar una parte importante de la historia reciente del nacionalismo gallego. “Somos la dignidad de la mayoría frente a la miseria social y política de Feijóo”, dijo el candidato en su presentación.

Mientras, el Bloque Nacionalista Galego se mantiene al margen de las disputas con una candidatura encabezada por Ana Pontón (de Unión do Pobo Galego, el partido que controla el BNG). A pesar de la sangría de militancia y de apoyo electoral –se quedó sin representación en el Congreso– el partido se aferra a la idea de que son los únicos que representan los intereses nacionales de Galicia. Omitiendo el hecho de que desde la asamblea de Amio y el fracaso de Iniciativa pola unión hay tantos nacionalistas fuera como dentro del Bloque.

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