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jueves 20 septiembre 2018

Sociedad

Un tipo único: así era Carlos Parra, el hombre que se cruzó con el torero

Susana Falcón cuenta en un libro cómo fue la vida y la muerte de Parra, que falleció en el accidente causado por Ortega Cano.
Hijo de sirvienta y minero, solía decir que “de niño ya era comunista”.

26 mayo 2016
18:35
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Un tipo único: así era Carlos Parra, el hombre que se cruzó con el torero
Carlos Parra. JOSÉ REAL SEGURA

Cuando nació, un 20 de junio de 1962 en Bélgica, Carlos fue paseado por todas las habitaciones del hospital porque, según los médicos, aquel bebé era un niño especial. Cuando murió, un 28 de mayo de 2011 en España, el nombre de Carlos llenó los periódicos y las teles porque lo mató una persona conocida, José Ortega Cano. Era el día 28, en el kilómetro 28 de la carretera de Castilblanco de los Arroyos a Sevilla y hacía 28 años que él y su mujer se habían conocido. “Es impresionante. Creas o no en estas cosas, en el caso de Carlos se juntó todo. Es eso que se llama la cuadratura del círculo”, cuenta la periodista Susana Falcón, autora de Vida y muerte de Carlos Parra, el hombre que se cruzó con el torero (Los libros del lince). 

Susana Falcón, con Imelda, su perra guía. JOSÉ REAL SEGURA

La obra, que comenzó a gestarse en la cabeza de Falcón cuando asistió a la última sesión del juicio a Ortega Cano -condenado a dos años y medio de cárcel por homicidio imprudente-, no sólo retrata a la persona desconocida que se quedó en el camino -con sus virtudes y sus defectos-, sino todos los sueños, todas las aspiraciones, todas las ganas de cambiar el mundo que este hombre dejó arrumbadas hace cinco años en una cuneta cualquiera. Hacía sólo unos días que el 15-M había estallado y él andaba contrariado porque su partido, el NIVA, había perdido las elecciones municipales.

“Yo de niño ya era comunista”, recoge Falcón en su libro. “No sé si hubiera entrado en Podemos o no, pero desde luego estaría apoyando las mareas. Él sufrió mucho cuando el PSOE desbancó al NIVA en el pueblo”, sostiene la autora. El entonces alcalde y amigo de Parra, Manuel Ruiz Lucas, describe así la situación: “Él sufrió en sus propias carnes ese trato y el modo cómo lo echaron [era técnico de sonido del teatro municipal]. Fue un cerco y acoso por parte del PSOE. Y luego, durante el juicio, también. Fueron muy mezquinos con Carlos. Lo marginaban, le hacían la vida imposible”. Su despido fue declarado improcedente y fue indemnizado.

Lo primero que Falcón le dijo a su mujer, Manoli Gurruchaga, cuando le ofreció escribir el libro fue que no quería que Carlos quedara como un santo. Y de sus conversaciones con familiares, amigos y conocidos durante tres años creció este perfil: “[Era] Un tipo decidido, seguro, que podía parecer soberbio a veces. Un tipo convencido de sus ideas, que defendía contra viento y marea. Un tipo, también, tierno, henchido de amor por los suyos […] El tipo tenía genio, un fuego abrasador que lo empujaba a dar saltos y padecer impulsos súbitos y sísmicos. Después se venía abajo, pero el estallido era voraz, casi telúrico. Un tipo alegre, también. Un tipo que no desfallecía […] Un tipo que atravesó los años pisando fuerte, hablando claro, queriendo mucho, discutiendo más. Un tipo apasionado y tenaz, rebelde e iconoclasta, terco e incapaz de pedir perdón. Profundamente humano. De verbo rápido y mirada penetrante. Un tipo con mil aristas pero de una sola vez […] Un tipo único. Comprometido, que se encontró con la muerte de sopetón, sin poder reaccionar ante el alud de silencio final que lo aguardaba”, escribe Falcón, que lo conocía de vista del pueblo y de algunos trabajos en la emisora municipal donde ella permaneció varios años. “No conectamos. No hubo feeling entre nosotros. Discutimos alguna vez pero ni me enteré deque tenía ese carácter”, ríe. 

Carlos Parra, defensor de las causas perdidas, era el hombre que no se callaba ni debajo del agua. “Ensayaba con su grupo cuando, en un descanso, salieron a la puerta del local a fumar un cigarro. Formaban una banda de jóvenes de pelos largos y aspecto de foráneos, y entre ellos había un negro que tocaba el bajo. La policía les pidió la documentación”, narra Falcón sobre un pasaje de su vida en Bélgica. En aquel entonces -continúa la autora-, había un criminal muy buscado y muy hábil a la hora de escabullirse y a Carlos no se le ocurrió otra cosa que espetarle a la policía que con él no se atrevían. Cuando volvió a abrir los ojos, estaba recuperándose en un hospital de la paliza que le dieron.

Carlos Parra, amante de la música, era el hombre que se fue a un concierto de los Rolling Stones el día en que nació su hijo:

“Niña, ¿qué te pasa?”. “Es que estoy de parto”, contestó ella. Él no daba crédito, y su mujer estalla todavía hoy en carcajadas cuando rememora su cara de susto. “¿Cómo va a ser eso? Si yo me voy al concierto de los Rolling a París”. En el hospital, Carlos no podía estar parado. Los nervios se lo comían. Manoli, dueña de un amor y una paciencia infinitos, le dijo que podía marcharse si el niño nacía antes de las doce y media, un plazo que tuvo en vilo al ansioso padre. Samuel asomó su cabecita a las doce y diez, como si supiera que su progenitor quería verlo, pero también escuchar a Mick Jagger”.

Falcón recuerda a carcajadas que tardó en volver tres días: “Era un loco de la música. Siempre me impresionó mucho cuando hacía el programa en la radio, lo que sabía de música europea, antes, cuando no había internet”.

Carlos Parra, hijo de una sirvienta y de un minero, hijo de emigrantes criado en Bélgica, era el padre que levantaba a sus niños con la música a todo volumen y le daba los buenos días en inglés, francés y español; era el padre que lo llenaba todo, como dice su hijo Samuel; “Yo quiero ser una mamá como fue mi papá”, dice su hija Sara, que acaba de tener una niña. “El único conflicto que tuvo con Samuel fue por la educación. Él quería que estudiaran. Porque su madre había estado de cortijo en cortijo y su padre murió tras trabajar duro en las minas de carbón de Bélgica. Él sabía la importancia que tenía la cultura para abrir puertas en la vida”, afirma Falcón.

Carlos Parra era también el hombre que no soportaba las mentiras ni la manipulación, y en una ocasión corrigió a un profesor que hablaba de España y la dictadura. Él sí hablaba a pecho descubierto de la muerte y pregonaba dónde quería que lo enterraran: en la casa de Lorca, en Fuente Vaqueros. Ante esa imposibilidad porque es un sitio público -explica Falcón-, su familia esparció sus cenizas en el barranco de Víznar, junto a miles de fusilados: “Un sitio de memoria congelada en el tiempo, lleno de nombres olvidados, anónimos, desconocidos, ya inscritos en la historia del horror”, describe la periodista. El día que visitó el paraje, junto a Manoli, sonaron unos disparos y se escucharon pájaros. “Seguramente había cazadores”, rememora sobre la importancia de estar en los sitios. 

A Falcón le da una rabia enorme haberlo conocido a través de las líneas que ella misma ha escrito. Así era Carlos Parra Castillo. Un enorme bebé de casi cuatro kilos de peso. Con ojos celestes y pelo rubio. “Algo tendría Carlos Parra que no tenían todos los demás bebés”, concluye Falcón. Como dice la autora: un tipo único. 

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