El cazador de historias, de Eduardo Galeano

Una obra de denuncia cruda, con humor y genialidad de la opresión en sus diversas formas, desde comienzos de la historia hasta nuestros tiempos

MADRID// Una vez escuché a un escritor decir que su profesión consistía en robar historias de otros. Eduardo Galeano decidió cazarlas a hurtadillas para regalarlas a la humanidad antes de irse.

En esta obra póstuma que dejó finalizada un año antes de fallecer, denuncia con crudeza, humor y genialidad la opresión en sus diversas formas, desde comienzos de la historia hasta nuestros tiempos. En estos cuentitos que dan protagonismo a Las venas abiertas de América Latina -libro que escribió- sin pasar por alto sus vivencias en España, lugar en el que residió durante su exilio de la dictadura uruguaya.

Como si de un visionario se tratase, el escritor que también fue periodista, narra historias relacionadas con el ecologismo, la igualdad social, laboral, el feminismo, denunciando la estupidez y la soberbia humana a través de sus chiquitas, pero completas historias que aborda con gran agudeza y lucidez. Reflexiones que él mismo iba realizando mientras caminaba varios kilómetros al día a lo largo de la rambla montevideana, a la orilla del río de la Plata.

El medioambiente es una pieza clave de sus relatos. Así, Galeano recoge escritos sobre la naturaleza y bosques, “porque cada día, el mundo pierde un bosque nativo, asesinado, cuando tiene unos cuantos siglos de edad y todavía crece”.

Esta última publicación la escribió a mano, como todas las demás, y cuidó cada uno de sus detalles, palabra a palabra dejándolo pulido, eligiendo incluso la portada y las ilustraciones. Con el amor a la escritura que le caracterizaba, cada palabra está ordenada en su sitio con un propósito y algunos textos posteriores que dejó inacabados se incluyen en este libro también, tratando el tema de la muerte, que sentía cercana, aunque sin ningún tipo de sobriedad ni autocompasión.

Historias de aquí y de allá, de antes de los tiempos y de la absurdez presente, donde estamos “enceguecidos”, “aunque no terminados”, vuelve a hacer una crítica mordaz a los opresores que tienen sometidos a los oprimidos. Así, dice: “escribo intentando que seamos más fuertes que el miedo al error o al castigo, a la hora de elegir en el eterno combate entre los indignos y los indignados”.

En este libro Galeano habla también de su parte más íntima y de momentos inolvidables, como su encuentro con Salvador Allende antes de morir o sus intercambios literarios con Carlos Onetti, así como de su compañera Helena, a quien dedica el libro. Recordando historias propias y ajenas, desde chiquito hasta sus últimos tiempos, repasa personajes, ficticios y reales, así como muchas mujeres silenciadas por el olvido y la historia, escrita por hombres. “… Eva no fue la primera mujer que Dios ofreció a Adán. Otra hubo antes. Se llamaba Lilith, y no estaba nada mal, pero tenía un grave defecto: no tenía el menor interés en vivir al servicio de Adán… Lilith no es muy popular en el mundo masculino. Se entiende”.

En cada uno de sus relatos deja un poso de amargura y gracejo que llama a la reflexión. Galeano nos deja aunque nos quedan sus letras y así dice “yo ya estoy viejo y enfermo. Ya camino por el viento”.

“Qué difícil ha de ser escribir tan sencillo” le dijo una vez un campesino en una firma de libros. Para el autor fue la más sabia crítica literaria que recibió en toda su vida.

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Anita Botwin

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