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Economía

Las evasiones

“Los ricos no evaden impuestos, los ricos están exentos de pagarlos, por resumir”, escribe el autor.

06 abril 2016
13:28
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Las evasiones

Hace un tiempo, cuando los eufemismos eran más una cuestión de educación que de escapismo, existía un epígrafe conocido como literatura de evasión. Libros ligeros pensados y escritos para hacer que los lectores olvidaran los problemas de su vida cotidiana mientras navegaban por sus páginas. Se trataba de un género de temática diversa, donde las estrellas eran las novelas románticas y del Oeste, con ediciones baratas y narración accesible. Pero sobre todo, la clave para su éxito consistía en repetir una y otra vez el mismo esquema argumental, algo que, aunque pueda parecer que jugaba en su contra, agradaba a los lectores, que volvían fieles a comprar cada nuevo título. La repetición es comodidad, lo previsible es virtud cuando lo que se busca es calma.

El pasado domingo contemplamos el Panamá Leaks, la filtración de miles de documentos pertenecientes a un despacho de abogados situado en el país centroamericano que relacionan a diferentes personalidades mundiales de la política, la realeza o el deporte con sociedades situadas en paraísos fiscales. Varios medios internacionales han coordinado sus esfuerzos para cubrir el escándalo, prometiendo nuevas entregas del mismo según avancen en la lectura de las toneladas de información.

Decía lo de que contemplamos porque con estos sucesos uno tiende hacia el escepticismo -estos años nos han alejado de Mulder para acercarnos a Scully- ya que se siente más espectador que parte, preguntándose, ante lo previsible de los hechos, por qué este despacho y no otro o por qué tales protagonistas y no otros, sintiendo curiosidad, pero también la sensación de que nada ocurre por casualidad y que como en toda representación -y esta lo es- el público andará más atento a los actores, secundarios, que al autor del libreto.

La fiscalidad es una buena idea que bajo el peso de determinadas condiciones se convierte en una representación, esa que nos dice que entre todos tenemos que pagar lo que es de todos, pero que a su vez nos baja nuestros humos comunitarios recordándonos que tan sólo se trata de un lema circunscrito al ámbito de la publicidad, como dijo, sin sonrojarse, la abogada del estado en el juicio de la Infanta. Parece que cuando las cosas se ponen duras y algún juez se cree los principios en los que dice basarse nuestra democracia toca evadirse del trampantojo.

Los ricos no evaden impuestos, los ricos están exentos de pagarlos, por resumir. También lo pueden decir a la manera de Piqué -el ministro aznariano, no el futbolista bocazas- cuando, entre risas, y con turbiedad, se refirió a que él era aficionado a la ingeniería fiscal. O bien despedir a más de 1700 inspectores de hacienda, que es lo que han hecho en estos últimos años Rajoy y Montoro. Es decir, el escándalo no es la forma habitual de operar, sino cuando lo hacen mal y, de tan evidente, hay que sancionarlos, por no tener que gastar más en campañas promocionales. Eso o archivar las causas, por tres veces, como hicieron con Botín.

Evaden los impuestos como el léxico, de libro de estilo, evade la realidad. Por eso todos decimos paraísos fiscales y no parques temáticos de la opacidad y el blanqueo, o aprendemos anglicismos como sociedades offshore que aportan sofisticación a lo que no es más que vulgar codicia. Porque de eso se trata, de que no parezca que haya dos fiscalidades, la de todos y la de los que no son todos, sino una sola donde algunos, muy inteligentes, saben emplear complicadísimas herramientas para optimizar sus recursos. O algo así.

Y sí, unos pocos caerán, como el alcalde de Islandia, lo cual puede expresar que en el país volcánico tienen un gran concepto de la ética o bien que su importancia es nula en el entramado financiero internacional. Quizá por eso a los islandeses les basta con concentrarse dentro de unas vallas ordenadamente durante un par de días y a nosotros nos estuvieron moliendo a palos dos años. Tampoco evadamos nuestra propia historia reciente, que da vergüenza leer ese costumbrismo de la abnegación cuando aún hay mucha gente con causas judiciales abiertas por manifestarse ante el despropósito.

Es verdad que todo lo que nos cuentan es una narración accesible y que es más cómodo circular por los caminos que hemos andado tantas veces, esos que hablan de excepcionalidad para no decir norma, esos en los que a Tom Hagen se le llama asesor fiscal, esos en los que la naturaleza de nuestro capitalismo depredador queda reducida a un problema de mejorar las regulaciones. Esos donde un privilegio de clase queda escondido cuando está tan a la vista. Dejemos, por favor, la evasión para los libros de playa, que en nuestra novela no hay playa, ni siquiera adoquines, tan sólo asfalto. Ese que, tarde o temprano, tendremos que volver a pisar.

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Daniel Bernabé

Daniel Bernabé

Nacido en Madrid en 1980, aunque siempre vivió en Fuenlabrada, ciudad de la periferia donde las eses se sustituyen por jotas y el orgullo de clase obrera es todavía un valor a tener en cuenta. Ha probado suerte en el periodismo y la narrativa, y ha practicado el dandismo sin mucho éxito. Su último ensayo se titula La trampa de la diversidad.

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