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miércoles 19 diciembre 2018

Opinión

La investidura: un análisis arqueológico

“Sánchez y su discurso han resumido el carácter de nuestro momento: ese donde nada se escucha porque nada se dice, ese donde nada se dice porque apenas nadie exige que algo sea dicho”, afirma el autor.

02 marzo 2016
10:00
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En un futuro lejano, los arqueólogos, quizá ni siquiera humanos, no tendrán que esforzarse demasiado en conocer nuestra época. Les bastará con ir a los vertederos. Allí, en esas mastodónticas acumulaciones de desechos, tendrán, incluso por capas perfecta y cronológicamente ordenadas, una instantánea de quiénes somos. No será una descripción brillante y deseada, pero será, mucho más al menos que el catálogo de una exposición de arte contemporáneo, una descripción certera de nuestra época.

Al fin y al cabo en eso consiste la coartada cultural para la sociedad del consumo, una búsqueda demente de la felicidad en los objetos más prescindibles. Cualquiera de estas cosas, carente de individualidad, de trayectoria y contenido, se vuelve descriptiva en su replicación masiva. Lo que olvidaremos dentro de poco es lo que hoy provoca colas y ansiedades, lo que será parte de la tierra burlando químicamente el paso del tiempo y pervivirá cuando nosotros no seamos ni recuerdo.

Veía a Pedro Sánchez a la hora del café, en una de esas galas de la actualidad en las que la televisión irrumpe en lo cotidiano dándonos tiovivo en el que montarnos. Si la hora y media que medió entre el ascenso y descenso de la tribuna del aspirante a la Moncloa fue interesante, no lo fue, desde luego, por el discurso concreto con el que pretendió ilusionarnos, tampoco por las reacciones, declaraciones y camarillas del resto del hemiciclo, sino tan sólo por lo bien que representó a nuestra época, por el sublime carácter de desperdicio retórico con aspiraciones arqueológicas.

El gato, más listo que yo -quizá previendo el desastre- se fue a hacer sus cosas de gato mientras que Rajoy mascaba chicle y ponía su mirada de las grandes ocasiones, esa entre ausente y perdida, distante galaxias de su entorno, sospecho, sin embargo, sutilmente observadora. Rivera asentía ante algunos pasajes, como reclamando ante las cámaras la paternidad de parte de la criatura. Iglesias sonreía irónico, que es lo que le queda a la gente ocurrente cuando no puede hablar. Y Sánchez hablaba, o algo parecido.

Que Sánchez acabe o no siendo presidente no dependerá de este discurso, pero tampoco de la aritmética, que es tan sólo una constatación de debilidades parlamentarias o lo que les queda a los periodistas tristes cuando se quedan sin filtración. Que Sánchez sea o no presidente dependerá de la política del susurro, que es esa parte del juego desarrollada en la trastienda y donde la importancia de la opinión de quien allí participa es directamente proporcional al tamaño de su cuenta bancaria.

El caso es que las palabras de Sánchez fueron la guinda a un periodo, ese donde en España casi todos parecieron asumir definitivamente que es más importante no polarizar a la audiencia que exhortarla, donde, casi de modo mágico, se niega el conflicto aunque nos salpique, donde la audacia en el contenido deja paso al escapismo de Houdini. No hace tanto tiempo se asumía como un axioma que el carácter ideológico de un partido guiaría sus políticas concretas. Que Sánchez se descolgara con ese sonrojante concepto de mestizaje ideológico es más que una treta retórica, es la constatación de que, aunque el axioma sigue siendo cierto, hoy basta negarlo y abrazar sin reparo la claudicación de principios para contar algo en el panorama político nacional.

Es la política del tupper-ware, un envoltorio barato para una comida con prisas. Es esa política donde se abusa de la abstracción y cambio o progreso no son más que placebos de dudosa eficacia. Donde lo posible no define nuestros objetivos, sino la imposición terca de quien maneja la pasta. Donde todo se reduce a captar picos de audiencia, a ser vistos, antes que comprendidos. Es la política de la mentira de la no ideología, la de un gobierno futurible cuya único motivo es el de sacarnos, precisamente, de la política de derechas de un gobierno que se dice popular. La rueda sigue girando, cada vez más deprisa.

Y sí, el candidato del PSOE recibirá nuestras palabras con la misma inquietud que ha pronunciado sus contradicciones, con esa displicencia de quien puede permitírselas, con la tranquilidad de que la mayoría de compañeros de congreso le criticaran o alabarán, pero nunca entrando al fondo de nada ya que no hay fondo al que dirigirse.

Sánchez y su discurso, posiblemente, no pasarán a la historia de la política española. Pero sin pretenderlo, como todos los artefactos que tapizan el suelo de los vertederos, han resumido el carácter de nuestro momento: ese donde nada se escucha porque nada se dice, ese donde nada se dice porque apenas nadie exige que algo sea dicho.

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Daniel Bernabé

Daniel Bernabé

Nacido en Madrid en 1980, aunque siempre vivió en Fuenlabrada, ciudad de la periferia donde las eses se sustituyen por jotas y el orgullo de clase obrera es todavía un valor a tener en cuenta. Ha probado suerte en el periodismo y la narrativa, y ha practicado el dandismo sin mucho éxito. Su último ensayo se titula La trampa de la diversidad.

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