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domingo 17 diciembre 2017

Internacional

“La revolución de Ucrania ha engendrado un monstruo que se pondrá en su contra”

El documentalista francés Paul Moreira concede a ‘La Marea’ su primera entrevista tras la gran polémica suscitada por su último documental, ‘Las máscaras de la revolución’

13 febrero 2016
00:30
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“La revolución de Ucrania ha engendrado un monstruo que se pondrá en su contra”
Paul Moreira.

Paul Moreira es uno de los documentalistas más galardonados de Francia. La semana pasada salió a la luz su último trabajo, Las máscaras de la revolución, un viaje al corazón de los grupos de milicianos armados de ideología neonazi y extrema derecha que se mantienen vivos en Ucrania tras la revolución de la Plaza Maidán y el posterior conflicto con Rusia. La cinta hace un alto en un episodio que pasó desapercibido para la opinión pública europea: la masacre de la Casa de los Sindicatos de Odesa, donde 42 ucranianos prorrusos se refugiaron y finalmente murieron quemados por manifestantes proKiev ante la pasividad cómplice de la policía ucraniana.

No es la primera vez que Moreira crea controversia, aunque en esta ocasión las principales críticas provienen de periodistas, investigadores, diplomáticos y hasta de la Embajada de Ucrania en Francia, que además sugirió su propia lista de documentales. Moreira alerta de los riesgos que entraña la lectura simplista que se hace del conflicto ucraniano, así como la falta de información sobre el apoyo y la vista gorda de las potencias occidentales y el Gobierno democrático de Ucrania frente a estos grupos armados ultranacionalistas, mientras que sus críticos lo acusan de tergiversar la realidad y fortalecer la propaganda rusa.

Paul Moreira recibe a La Marea en la sede de su productora, situada en la que fue la redacción de Charlie Hebdo hasta que en enero de 2015 dos yihadistas asesinaron a 12 personas en su interior, incluido Charb, director del satírico. Una placa en memoria de las víctimas es el único recuerdo visible que queda de aquel atentado contra la libertad de expresión.

La mayoría de los medios europeos sitúan a Rusia como el enemigo expansionista y al Gobierno de Ucrania como el representante de la libertad y la democracia. Usted fue a Ucrania por primera vez en su vida para rodar este documental. ¿Cuál fue el detonante que le dio un punto de vista distinto sobre el conflicto ucraniano?

Vi la situación en Ucrania por televisión y desde el principio tuve simpatía por la revolución, la vi como un esfuerzo por salir de la órbita rusa y en favor de su independencia, de más libertad y mejoras económicas. Sin embargo, de vez en cuando veía pequeños símbolos, como si fueran interferencias, y me recordaban a la iconografía del fascismo, como las imágenes en blanco y negro de Stepán Bandera, el tipo que se alió con los nazis durante la invasión de Ucrania. Creo que fue en junio cuando descubrí la tragedia de Odessa. Me sentí en shock. Pregunté a mis amigos periodistas, no al señor que vende el pan sino a periodistas, acerca de los 42 muertos en el incendio de la Casa de los Sindicatos, pero nadie sabía nada. Como periodista siempre me fascinaron los fenómenos de ocultación de la percepción. Por ejemplo, sabemos que muchos vietnamitas huyeron de la dictadura, pero apenas sabemos sobre el golpe de Estado indonesio en 1965 apoyado por las potencias occidentales en el que murieron 500.000 indonesios. Tampoco sabemos sobre lo que pasó en Timor del Este, donde un tercio de la población fue asesinada. En Francia hasta hace una década casi nadie sabía que un centenar de argelinos fueron asesinados en las calles de París el 17 de octubre de 1961… Me fascina ver lo que la historia retiene y lo que queda fuera. Mi columna vertebral como periodista es sacar a la luz lo que está en la sombra.

En el documental usted narra los detalles de la masacre de la Casa de los Sindicatos de Odessa. En su opinión, ¿por qué cree que aquí no tuvimos más información acerca de ese episodio?

Hay quienes hablaron del tema, pero muy pocos investigaron. Más enviados especiales que corresponsales locales. En Francia el semanario Paris Match publicó una verdadera investigación sobre este asunto, pero cuando sólo un medio habla de un suceso es como si no hubiera pasado nada. Para que sea un acontecimiento, tiene que haber polémica en la calle, como la que ha surgido con mi documental, porque eso llama la atención de la gente. Sin esa atención popular, una masacre puede pasar desapercibida.

Es usted el primer documentalista de primera línea que pone en duda la idea generalizada en esta parte del mundo de que la revolución ucraniana nació, se desarrolló y sigue siendo una simple reacción democrática y liberadora frente a las ambiciones de la Rusia de Putin. ¿Qué presiones ha recibido desde que se estrenó el documental?

Matizo que no trabajé sobre las causas sino sobre las consecuencias. En el brazo armado de esta revolución hubo una parte que realmente pedía democracia, dignidad y más “Europa”, pero la parte más ofensiva, como los batallones ultranacionalistas en muchos casos de ideología neonazi, quedó en la sombra. Como resultado, el tema no ha sido abordado de forma directa, tal y como hemos hecho nosotros. Esta semana recibí todo tipo de presiones. En primer lugar llegó la petición de censura por parte de la Embajada de Ucrania. Yo trabajo para Canal+, y desde el canal me decían que recibían varias llamadas al día de la embajada. Es violento que una embajada pida censurar un documental antes de haberlo visto. Después algunos compañeros del gremio se unieron a ese intento de censura. Recibí emails de corresponsales locales desacreditando la película, reprochándome que ellos habían tratado el tema y pidiendo detener su difusión.

Imagino que no es la primera vez que recibe presiones de este tipo, teniendo en cuenta que ya ha realizado otros documentales polémicos…

En realidad una vez me pasó algo peor: en 2004 yo era redactor jefe de un programa de investigación en Canal+ llamado 90 minutos. Teníamos un periodista en Costa de Marfil, donde hubo disturbios contra los franceses y hasta un avión que bombardeó una base francesa en el norte. Hubo represalias del ejército francés contra el ejército marfileño, y en la principal ciudad, Abiyán, hubo grandes manifestaciones de gente que temía un golpe de Estado de Francia contra su presidente en esa época, Laurent Gbagbo. Las protestas fueron masivas y fueron dispersadas por la fuerza, dejando varios muertos. El ejército francés disparó a civiles, y eso es un crimen de guerra se mire como se mire. Fuimos los únicos en grabar aquello y hubo presiones enormes. Sin embargo, nunca viví presiones con un carácter tan irracional como las que recibo ahora, con gente que niega lo evidente. Mi documental no es un trabajo militante, yo doy la palabra a los dos bandos e intento comprender lo que pasó. Por decir que esas milicias armadas son un peligro para la democracia ucraniana me acusan de estar a sueldo del Kremlin, de trabajar para Putin, de ser un agente ruso… El hombre que montó el documental es israelí y a menudo bromeamos porque hemos trabajado mucho con el conflicto de Israel y Palestina y ni siquiera en esos casos hemos recibido tanta presión.

El documental se centra en las milicias armadas ucranianas de extrema derecha, lo que puede llevar al espectador a obtener una imagen sobredimensionada de su poder en Ucrania. ¿Cuál es el verdadero poder de estos grupos armados?

Cierto, como ponemos el foco sobre esos grupos es posible que algunos piensen que están controlando el país, aunque eso no se diga en ningún momento. El documental muestra imágenes de esos grupos atacando el Parlamento, siendo arrestados por la policía y dentro del Parlamento… La democracia ucraniana funciona, hay que decirlo, y se defiende de esos grupos, pero piensa que son milicias de extrema derecha ultranacionalistas que cuentan con varios miles de adeptos y todos están armados, incluso tienen una nueva generación de tanques. En Francia tenemos un pequeño grupo de extrema derecha llamado Bloc Identitaire en el que hay entre 300 y 400 individuos, imagina que tuvieran kalashnikov… En Ucrania esos grupos pueden convertirse en golpistas, es lo que pienso. Ahora su peso electoral no está a la altura de su peso político y militar, está claro.

Hace un rato mencionó Vietnam, ¿se le ocurren otros ejemplos más recientes de conflictos que reciban un tratamiento informativo simplista y reduccionista como sucede con Ucrania?

El más reciente, cuyas consecuencias seguimos viviendo, es el de la guerra de Irak. Hoy en día si ganas la guerra de la percepción, ganas la guerra militar. La batalla que emprendieron los americanos y los británicos por la percepción sobre ese conflicto, con las famosas imágenes de las armas de destrucción masiva que mostró Colin Powell, la promoción del personaje de Al Zarqaui [salafista iraquí líder de Al Qaeda en Iraq], un don nadie al que se amplificó para que pareciera un monstruo Golem, en realidad no era el objetivo de los americanos pero el efecto perverso es que Al Zarqaui se hizo grande de cara a los extremistas, que pensaron “si lo señalan tras el atentado contra la ONU en Irak es porque es fuerte y merece la pena unirse a él”. Al Zarqaui es el creador de Daesh y el Estado Islámico.

“En la partida de ajedrez que juegan rusos y americanos, temo que Ucrania no sea más que un mero peón”, dice usted en el documental. He leído muchos artículos a su favor en la prensa rusa, incluso medios en propiedad del Estado ruso. ¿No cree que el Gobierno ruso podría usar su trabajo y su nombre como un “peón” a su favor?

Por supuesto, por eso rechazo todas las entrevistas con rusos y ucranianos. Soy consciente de que estamos en medio de la guerra de propaganda y no tengo el más mínimo interés en participar. Que mi trabajo sea utilizado con uno u otro fin no depende de mí. La película no niega la responsabilidad de los rusos. Para mí es un conflicto de bloques, y lo que pasó en Donbass [región de Ucrania fronteriza con Rusia] hizo evidente la intervención de los rusos, que estaban allí con tanques y hombres, algo innegable y previsible. Imagina la historia a la inversa: si los rusos entran en Canadá o México, los americanos también habrían tenido una reacción histérica. Ucrania tiene reivindicaciones legítimas de independencia, libertad, autonomía frente a Rusia, pero el hecho de transformar el país en una pieza de cambio… Estados Unidos también tiene presencia allí, y eso le da a la independencia un aire de desafío frente a los bloques. Es como un duelo entre dos, solo que tiene lugar en Ucrania y son los ucranianos los que pagan las consecuencias.

En el documental vemos que hay momentos en que las milicias llegan a tener más poder que la policía. Sin embargo, en las últimas elecciones la extrema derecha ucraniana obtuvo poco apoyo. ¿Cómo es posible que esos grupos sean tan fuertes sin el apoyo de los ciudadanos?

La importancia electoral de los grupos de extrema derecha, sobre todo del partido Svoboda, cayó a la mitad, del 10% al 5% actualmente. Bajó su influencia electoral, pero hay que tener en cuenta que los batallones que yo conocí no son Svoboda. Uno de los promotores del ultranacionalismo ucraniano pertenece al llamado Partido Radical, que ganó en torno al 6% de los sufragios. Es un partido formado por personas que suben a Youtube videos en los que torturan, son realmente de extrema derecha. Andryi Biletsky, comandante del batallón Azov, el que cuenta con mayor número de neonazis, es diputado del partido de gobierno del primer ministro Iatsenouk. No se trata de gente que esté en el poder pero algunos están muy cerca. Ahora están en la oposición, pero estar armados les convierte en un peligro para la democracia.

¿Vio grupos neonazis o ultranacionalistas en el bando prorruso?

Por supuesto. No era el objetivo de mi documental, pero sí los vi. Descubrí que han vuelto dos grandes y viejos nacionalismos: el ruso, con la figura de Stalin y San Jorge [el ribete de San Jorge es un símbolo militar nacionalista en Rusia]. Mezclan la historia rusa, pues no son verdaderos comunistas sino que usan la tradición ortodoxa y rusa; del lado ucraniano sucede lo mismo: vuelve el nacionalismo viejo que combate a los rusos desde hace mucho tiempo. Está la memoria de lo que sucedió cuando en los años 40 hubo una gran insurrección ucraniana contra los comunistas rusos que, por desgracia para los ucranianos, pasó por una alianza con las SS nazis y dio lugar a la creación de la División Galizien, que mató a varias decenas de miles de judíos rusos. Siento que es el regreso del pasado. Los rusos invocan a Stalin, los ucranianos invocan a Bandera y otros personajes que se aliaron con los nazis. Claro que ninguno de esos sistemas es de mi agrado.

En una carta abierta publicada en varios medios, 17 periodistas con experiencia en Ucrania le reprochan no haber hablado de “los esfuerzos del Gobierno ucraniano de cara a los batallones de voluntarios (…) para desarmar a esos grupos o integrarlos en las fuerzas del Estado a lo largo de 2015”.

Yo encontré gente armada, vi al batallón Azov en una especie de fábrica abandonada poniendo a punto tanques, vi gente con kalashnikov entrenando a otros civiles armados. No vi gente desarmada. No sé a qué se refieren pero yo no vi ese desarme, y lo grabé.

¿No cree que fue incorrecto afirmar que “tras la revolución, la población de Crimea votó masivamente en referéndum su lealtad a Rusia” sin mencionar la presencia de fuerzas militares rusas en esa región?

Cierto, el ambiente no era ideal para un referéndum y soy consciente de ello. Por otro lado, hay un sondeo de un instituto ucraniano libre de simpatías rusas que reconoce que la mayoría de los crimeos son prorrusos. Putin no escondió su determinación. Lo tomó como un ataque nacional a su puerto en “aguas calientes”. Hay un viejo acuerdo con Ucrania que permite a los rusos tener allí su flota naval. Rusia se anexionó Crimea, y fue una fuerza ocupante, pero la realidad, hasta que se pruebe lo contrario, es que la gente apoyó la anexión a Rusia, y no digo que yo esté de acuerdo con eso. Debido a su pasado soviético, Ucrania y Rusia se mezclaron mucho. Encontré un taxista ucraniano que me dijo “es una tontería esto de la identidad ucraniana, aquí estamos todos mezclados, todos tenemos un padre ruso, una madre ucraniana, somos el mismo pueblo”. Aunque el nacionalismo está presente en ambos bandos, se trata de un pueblo con una historia común, por lo que es necesario parar el odio y la noción de pureza, que genera más odio y guerra.

Benoît Vitkine, periodista de Le Monde, publicó un artículo muy duro contra usted en el que asegura que los neonazis son minoría dentro del nacionalismo ucraniano. ¿Qué opina al respecto?

El artículo de Benoît Vitkin me sorprendió mucho porque pone en mi boca cosas que yo nunca dije. Conozco a Benoît. Tuve la impresión de que en ese artículo le sobrepasó la cólera y perdió toda su capacidad de juicio. Sólo me reprocha factualmente un hecho: la historia de los tanques de Azov. Benoît dice que sólo reparaban viejos tanques y que no están desarrollando nuevos carros de combate, y como respuesta le mandé un reportaje de Vice News, que no es precisamente Russian TV, pero no me ha respondido [Moreira me muestra el reportaje de Vice News que narra cómo los milicianos fabrican el Azovette, un tanque con un blindaje de 1,40 metros, que comparan con el tanque de 50 toneladas Panzer VIII Maus del ejército nazi]. Por cuestión de honor profesional, estaría bien ver una rectificación. Dice [Vitkine] que yo afirmé que un nuevo fascismo se ha instalado en Kiev, y eso es falso. El corazón del documental es todo lo contrario: decir que la revolución ha engendrado un monstruo que va a ponerse en contra de Ucrania. Esa es la frase clave de mi película.

¿Ha mantenido algún tipo de contacto con representantes del Gobierno ruso?

No, jamás. Del lado ucraniano me acusan de ser un agente ruso, del Kremlin, pero no he hablado con ningún representante del Gobierno ruso. Podría haberlo hecho en el marco del rodaje, pero no fue el caso.

¿Cómo logró entrar en ese ambiente de extrema derecha? Imagino que en Ucrania también tendrán sus prejuicios sobre los “libertarios” franceses…

Son vencedores los que escriben la historia. En The Act of Killing, una película de Oppenheimer sobre el golpe de Estado en Indonesia, el documentalista hace hablar a gente que mató a decenas de millares de personas. ¿Por qué hablan? Porque han ganado, porque escriben la historia como quieren y sin culpa. Es una comparación exagerada… Sólo para decir que no es fácil, pero al final hablan.

En 2015 la Policía de España detuvo a ocho milicianos españoles del bando prorruso que en varias imágenes esgrimen símbolos tradicionalmente vinculados a la izquierda, como la bandera republicana, pero de momento no hay ningún detenido entre los voluntarios españoles de extrema derecha que forman parte del batallón Azov. ¿Cree que el Gobierno español o el francés aplican diferentes criterios entre unos milicianos y otros?

No lo sé. Sólo conozco el caso de Gaston Besson, un francés que está en el batallón Azov, un tipo muy conocido de la extrema derecha. Él se hace pasar por alguien de izquierdas [muestra el perfil de Facebook de Besson, en el que aparecen varias entrevistas que ha concedido y signos ultranacionalistas ucranianos]. Besson es un mercenario de extrema-derecha conocido en Francia porque combatió en varios conflictos. Él va y viene de Francia y nunca ha tenido problemas con el Gobierno.

En trabajos previos usted ha sido muy crítico con el Frente Nacional, que a su vez mantiene una estrecha amistad política y financiera con Vladimir Putin. ¿Por qué sus críticos le siguen acusando de trabajar para Rusia?

Esos críticos funcionan como los complotistas. Yo soy independiente, tengo mis opiniones y no las oculto, pero cuando las expreso las diferencio de mi trabajo periodístico. Intento contar la verdad y ser fiel a los valores del periodismo, cuestionar el discurso oficial. Cuando estuve en Canal+ me pedían un documental a la semana y encargué trabajos muy críticos con los rusos. Ya en 2004 con la revolución naranja hablé de la presencia de Estados Unidos en Ucrania… Intento sacar a la luz la verdad, y por supuesto el Frente Nacional va a buscar dinero a Rusia y a los rusos les interesa apoyarlo, es soft power. Apoyar a un partido nacionalista es una amenaza suave para los franceses, es evidente que Putin tiene una estrategia en ese sentido. Pero hay que parar este efecto de reversión, que dejen de decirme “no hay que mirar a las milicias fascistas, hay que mirar a los rusos, y mañana también”. Defiendo que tengamos una mirada crítica de lo que pasa en cualquier país.

En otro artículo publicado en Le Monde, firmado por varios periodistas e incluso el antiguo embajador francés en Kiev, se le reprocha que entrevistara a Alexei Albou, dirigente de Borotba y colaborador del partido fascista Rodina. ¿Qué responde a esa crítica?*

Alexei Albou fue un testigo directo de la masacre de la Casa de los Sindicatos. Quería acercarme al máximo a la realidad. En guerra todas las verdades son mentira: mienten las víctimas, mienten los torturadores. Yo quería captar y desencriptar las imágenes, un trabajo muy difícil. Albou, para mí, es el tipo en camisa blanca que estaba en los videos de Youtube, un diputado de Odesa. Al principio estaba intacto y después aparece gravemente herido. No le pregunté por su ideología o su homofobia, le pregunté porque él estaba dentro de la casa. Me explicó cómo salió vivo y en las imágenes de archivo aparece saliendo de la casa, y poco después se le ve con una fractura en el cráneo y cómo varios manifestantes lo golpean y casi lo matan frente a unos agentes de policía indiferentes. Un tipo que sale de una casa ardiendo es una víctima, ¿es legítimo asesinarlo por ser homófobo y de extrema derecha? ¿Es legítimo romperle la cabeza? ¿Es una víctima sin derecho a opinar por sus malas ideas? Lo siento, pero opino que un ser humano es un ser humano y no podemos excluirlo de eso por sus opiniones políticas. Voilà.

En el documental usted habla del “riesgo de que el monstruo de la revolución se vuelva en contra de su creador”. David Petraeus [exdirector de la CIA] recomienda al Gobierno de Estados Unidos el envío de armas al Gobierno de Ucrania y a las milicias. ¿Cree que habrá una nueva escalada…?

¿Una guerra mundial? Yo me lo pregunto. Cuando empecé con este documental vi que estaba ante una verdadera guerra de bloques, cara a cara. Yo no quiero que haya una guerra mundial, y, ojo, que no soy un pacifista empedernido. Pienso que hay que combatir a Daesh con todos los medios, y también creo que es más urgente resolver ese problema que hemos creado en 2003 y que se llama Daesh que batirnos contra los rusos.

¿Es usted optimista en relación con Ucrania a corto plazo?

Soy optimista a corto plazo, a partir de lo que vi y sentí durante un mes y de lo que analizo: los rusos tampoco quieren una guerra mundial. Es como el go, un juego chino en el que el objetivo no es matar a las fichas sino lograr que el adversario recule, acorralarlo… Para mí Ucrania es un juego de go, más que de ajedrez, como digo en el documental.

¿Sabe si su documental se emitirá próximamente en España?

Eso depende de los españoles. Yo no soy distributor, aunque a veces la tele nos los compra. Ojalá.

¿Alguna pista sobre su próximo documental?

Daesh. No puedo decir más.

 

Corrección (17 de febrero de 2016, 17.10h): En el texto original se decía que Alexei Albou pertenecía al partido fascista Rodina. Sin embargo, es dirigente de Borotba y colaborador de Rodina.

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