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domingo 24 junio 2018

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Filosofía popular y café para cambiar el mundo

Entrevista con el filósofo Bruno Magret, uno de los impulsores de los cafés philosophiques, un fenómeno nacido en Francia que se ha extendido a otros países.

08 enero 2016
09:50
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Filosofía popular y café para cambiar el mundo

[Este artículo aparece en el dossier que la revista La Marea del mes de enero dedica a la Filosofía, a la venta en quioscos y aquí]

A su regreso a París tras un viaje por Alemania, el filósofo francés Marc Sautet llamó a un grupo de pensadoras y pensadores para comentarles su idea: había decidido crear un gabinete filosófico, algo así como el despacho de un psicólogo al que cualquier ciudadano podría acudir para buscar respuestas y mejorar su vida gracias a la filosofía. Corría el año 1992 cuando Sautet convocó a sus amistades filosóficas en la mañana de un domingo cualquiera en el Café des Phares, en la plaza de la Bastilla.
Aquel fue el primer café-philo de París. La camarilla tomó la costumbre de reunirse el último día de la semana en el mismo lugar para comprender y arreglar el mundo entre taza y taza. Apenas habían caído unas pocas hojas del calendario cuando, en la mañana de otro domingo cualquiera, un periodista de la emisora France Inter se acercó hasta la mesa donde debatían de filosofía y empezó a transmitir la conversación en directo. Aquella emisión prendió como una chispa en las mentes de los parisinos, que acudieron en masa siete días después. Los debates filosóficos tomaron fuerza y brotaron en otras cafeterías de la capital francesa y, más tarde, en periferias, zonas rurales y ciudades de todo el mundo, desde Madrid hasta Tokio.

Bruno Magret es el creador y dinamizador –moderar no es el término más exacto– de varios cafés filosóficos, entre ellos el del Café Cluny, el segundo café-philo que él mismo creó para recuperar la intimidad que las masas ávidas de saber arrebataron al Café des Phares. Durante su entrevista con La Marea, las respuestas hacen gala de su espíritu libre y traspasan las fronteras invisibles de cada pregunta.

Si la filosofía fuera un árbol, ¿en qué rama estarían los cafés-philo?
Pertenecen a lo que llamamos la “nueva práctica filosófica”, que pretende volver a los orígenes de la filosofía, una disciplina que se ha intelectualizado mucho en Occidente y se ha convertido en una materia académica, cuando en realidad la filosofía es una manera de vivir con serenidad, sabiduría, de forma inteligente con los demás y con uno mismo, no un mero discurso intelectual. La nueva práctica filosófica pretende sacar la filosofía del cuadro escolar y académico para devolverla a su origen popular. Cuando Marc Sautet decidió volverse hacia la prensa, el público cambió y se hizo menos profundo, menos contestatario. Iba demasiada gente y se convirtió en un lugar de moda que no correspondía con la idea original, así que hablé con él y en 1996 decidí crear un café-philo al lado, en el Café Le Bastille, una plaza que simboliza la Revolución Francesa.

¿Qué relación tiene hoy en día con la filosofía?
Sigo dinamizando varios cafés-philo, como el de Bastille. Soy profesor de nueva práctica filosófica en el sistema nacional de educación, principalmente con jóvenes desescolarizados en situaciones difíciles del distrito 93 [periferia norte de París]. También trabajo mucho en bibliotecas y mediatecas con asociaciones y estudiantes de centros de enseñanza superior y servicios sociales. Intento hacer de la filosofía un acto ciudadano y democratizador a través de la proximidad. La filosofía es el único lugar real en el que podemos ser libres. Estamos en constante observación y, en nuestra ceguera, sólo podemos ser libres en lo real.

¿Cómo encaja la filosofía en los barrios difíciles?
Mi trabajo se centra en el debate y la palabra. Enseño a dialogar y cultivar la calma interior, la serenidad. Debatir con los demás nos enseña a tomar nuestras propias riendas. Cuando hablamos con alguien con ideas políticas o religiosas distintas a las nuestras, podemos ponernos agresivos o quedarnos callados y obligarnos a controlar nuestras energías y escuchar. El diálogo siempre fue una herramienta privilegiada para aprender de nosotros mismos y relacionarnos con los demás. Si enseñáramos a los niños a hablar desde que son pequeños, el mundo no sería tan cruel.

¿Cómo están hoy los cafés filosóficos?
Muy fragmentados. Al principio era muy interesante y había mucha gente que no estaba en el pensamiento único y venía a debatir, pero progresivamente se han aburguesado y se han convertido en lugares bobó [término francés que significa burgués-bohemio]. Hay personas que se empeñan en el poder y en dirigir, otros reproducen una imagen jerárquica del saber, o pelean por conseguir el primer puesto, y eso me ha cansado. Ahora prefiero trabajar solo, y me gusta.

Muchas sociedades, incluida la francesa, conviven con el individualismo, el miedo y la homogeneización cultural. Ante esta situación, ¿qué respuestas tiene la filosofía?
La filosofía nos enseña a vivir juntos, a dialogar; crea lugares para recuperar la palabra. Cuando pensamos juntos aparece una inteligencia colectiva creativa y productiva. La filosofía es un diálogo en el que caminamos de la mano para encontrar respuestas. En la nueva práctica filosófica prestamos mucha atención a eso, porque de lo contrario todo el mundo habla y nadie escucha. Mi trabajo consiste en buscar respuestas en conjunto con otras personas.

Francia tiene una larga tradición filosófica, pero parece que hoy la gente se toma menos tiempo para reflexionar…
Totalmente de acuerdo. Hacemos cualquier cosa para no reflexionar porque estamos en un mundo mercantilista en el que, si empezamos a pensar, podemos llegar a la conclusión de que no necesitamos tal o tal cosa, así que se nos transmite miedo y se nos aísla para evitar que pensemos. Tenemos 40 cadenas de televisión, pedimos la comida por teléfono, nos quedamos en casa y tenemos miedo del otro. Los cafés-philo rompen con eso, en ellos la gente se reencuentra, sale del aislamiento de su casa.

¿Teme que Internet sustituya a los cafés filosóficos?
Claro, y luchamos para que no suceda. Hay gente que sólo se comunica por teléfono. A veces, conseguir que mis alumnos se separen del teléfono es todo un reto, como si estuvieran drogados. La comunicación se ha transformado en un proceso muy superficial en el que la gente pierde contacto con la realidad y se aísla cada vez más. Hay que sacar a la gente de su casa y devolverla a la vida ciudadana, hay que retomar el ágora. La filosofía no es una materia en sí, sino una forma de vivir, el arte de la reflexión, y eso sólo se consigue con los demás.

El profesor de filosofía Jean-François Chazerans tuvo problemas con la justicia tras un debate en clase sobre el atentado contra Charlie Hebdo. ¿Teme por la libertad de expresión que caracteriza a los cafés-philo?
Chazerans es un profesor de la corriente de la nueva filosofía, un tipo particular y polémico que defiende que no puede haber dinamizadores, sino que hay que dejar que la gente hable sin más, y creo que eso a veces le lleva a hablar sin reflexionar. No me interesa la política, sino lo político, por lo que creo que lo importante es preservar y mejorar la estructura democrática. No soy ni de izquierdas ni de derechas, sino simplemente un humanista. Mi compromiso es con la humanidad y es así como transformo la sociedad. Por ejemplo, puedo estar en contra del liberalismo, no por estar en contra del capitalismo sino porque estoy en contra de que unos exploten a otros para enriquecerse.

Somos seres humanos, cambiamos constantemente…
El ser humano es fragmentario, no está en el centro del universo sino que forma parte de un todo y debe encontrar su lugar para vivir en armonía. Si tomamos esta postura, al sistema le resulta difícil encasillarnos, meternos en una caja, y eso es un acto totalmente subversivo porque nos reapropiamos de la palabra viva, creamos una democracia de proximidad y no una democracia de partidos en la que cada uno defiende lo suyo y no se busca nada más que llevar la razón, en lugar de buscar juntos una solución. Nosotros somos distintos porque, seas de extrema derecha o de extrema izquierda, vamos a buscar juntos una solución para librarnos de los estereotipos y las categorías, y eso es muy subversivo porque es real. Me encantaría ver un ágora en cada pueblo.

Creo que le interesaría conocer el movimiento asociativo y asambleario en Barcelona, Madrid…
¡Eso es, asambleas!. Eso es lo que hay que perseguir. En Francia no lo hemos conseguido.

¿Por qué?
Porque en Francia tenemos una tradición muy conservadora. Hay quien protesta, pero en general somos muy egoístas. En las elecciones regionales ha ganado el voto egoísta, mientras que quienes se preocupan por el cambio climático se han hundido. Tenemos una historia paradójica: somos un pueblo revolucionario, tenemos las revoluciones de 1789, 1799, 1820, 1848, 1871, 1968… Pero, por otro lado, somos muy conservadores. El caso de España es sorprendente: ustedes pasaron muchos años de fascismo y ahora protagonizan todo un movimiento de contestación, democracia popular. El momento en que la humanidad tomó conciencia de sí misma fue enorme, pero al igual que ocurre en los Juegos Olímpicos, Francia ya ha pasado la antorcha y ahora le toca a otro.

¿Tiene nuevos proyectos respecto a los cafés-philo?
Sí: transmitir. Una tarea difícil. He creado y desarrollado una práctica en la que todos debatimos juntos, y a veces somos 40. La forma de dinamizar es un saber hacer y un saber estar y ser, el arte de interrogar. Para animar un café-philo es necesario tener una visión global y comprender cómo piensa la humanidad más allá del punto de vista europeo. Quienes vienen a los cafés proceden de sitios diversos y la filosofía debe centrar y reorganizar el debate para que funcione, para oxigenar el grupo y aprender a razonar, deducir, inducir… Todo un proceso que se aprende practicando. Tristemente no hay mucha gente interesada en aprenderlo. Es como ser artesano: yo trabajo el espíritu colectivo, y la inteligencia colectiva me moldea a mí también.

¿Tiene algún recuerdo relacionado con la experiencia filosófica que le haya marcado?
Un día una joven que me dijo “señor, usted me hace crecer”, y los otros alumnos le respondieron “él está aquí para eso”. Ésta es una gran aventura aunque a veces el viaje sea difícil. No diré que hago lo que debo, pero sí diré que hago lo que amo. Otra gran experiencia: empecé un café-philo con niños de nueve años y ahora están terminado sus estudios. He visto su progresión y eso es excepcional.

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