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lunes 23 julio 2018

Opinión

No somos los mejores

“El fascismo, más allá de partidos y organizaciones más o menos minoritarias pero en preocupante crecimiento, no existe en la forma en que lo conocimos”, opina el autor

11 noviembre 2015
09:41
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No somos los mejores
"Leemos miles de palabras al día, pero somos incapaces de mantener nuestra atención". FERNANDO SÁNCHEZ

Las redes sociales se han convertido, entre otras cosas, en una trampa de autoafirmación. Seleccionamos a nuestros contactos por afinidad, nada muy diferente de lo que hacemos en nuestras relaciones físicas. Sin embargo, mientras que en nuestras interacciones en el medio analógico estamos expuestos a todo tipo de influencias, nuestra página de inicio sólo refleja nuestras querencias. A pesar de que sabemos que realmente esto no es así aplicamos un sesgo al sentir que ese inicio no es tan solo el nuestro, sino el de todos, construyendo una fantasía donde la parcelación de nuestras relaciones digitales unifica la realidad a nuestro gusto. Prueben, si no lo han experimentado, a consultar Twitter o Facebook desde un perfil que no sea el suyo. Cuidado con la angustia.

Es cierto que gracias a las redes sociales el grueso de la población lee y escribe más que en cualquier otro momento anterior. Como no es menos cierto que su capacidad de lectura se ve mermada debido a la fragmentación constante de los temas que van apareciendo ante sus ojos. Leemos miles de palabras al día, pero somos incapaces de mantener nuestra atención cuando esos caracteres conforman un texto que va más allá del par de párrafos. Estableciendo un paralelismo, nunca hemos estado en contacto tan permanente con las opiniones de otras personas, así como nunca hemos tenido una capacidad de frustración tan baja al leer aquellas que no nos son gratas. Acostumbrados a construir una realidad social digital que nos da la razón permanentemente reaccionamos con desprecio, cuando no furia, ante lo discordante. Uniformar el pensamiento, quédense con esta idea.

Unos que sabían algo de uniformidad fueron los fascistas, ese movimiento político y social que, en las tres primeras décadas del S.XX, nunca está de más recordarlo, sembró, sobre todo en Europa, el suelo de huesos. El fascismo surgió como reacción a los movimientos obreros emancipatorios, auspiciado por la burguesía de la época. Obviamente, para lograr su papel predominante, como ideología de masas, copió en parte el discurso social de la izquierda, añadiendo la unidad de destino nacional como ente agregador que situara en la misma línea de intereses a todas las clases sociales. Hoy, el fascismo de los años treinta, no existe -gracias esencialmente a los T-34 soviéticos y dejando varias decenas de millones de muertos en su haber-.

Decimos que el fascismo, más allá de partidos y organizaciones más o menos minoritarias pero en preocupante crecimiento, no existe en la forma en que lo conocimos. Lo cual no implica que algunos de sus principios, los que le dieron posibilidad y carta de naturaleza, parezcan, no ya volver, sino haber tomado cuerpo en nuestro presente.

Basta salir de nuestra zona de confort virtual y recolectar opiniones al azar en redes sociales sobre temas que vuelven a ser conflictivos. Y esto es importante, vuelven a ser, como murallas que creíamos ya caídas y que poco a poco se recomponen.

Una mujer joven habla sobre machismo y patriarcado. Su nivel político supera la media, esto es, su capacidad de análisis y aproximación a, por ejemplo, la violencia de género, trasciende la opinión general y mediática, caracterizando este hecho como un problema estructural en relación a un sistema de valores y poder y no como un suceso truculento o una cuestión de maldad individual. Nadie establece un debate con ella. Se la lamina. Se la machaca. Se busca su ridiculización negando el machismo mientras que se utiliza toda la tosquedad machista de la que se es capaz.

Algo parecido pasa al hablar de homosexualidad, inmigración o Cataluña. No se trata de comparar temas o establecer semejanzas entre ellos, sí entre su respuesta. En todos los casos la misma, una hostilidad inusitada.

Leo a alguien opinar muy vehementemente que la guerra la empezaron los rojos en el 34. Me meto en su perfil. Como en el resto de casos en los que se califica a los inmigrantes de plaga o a los Catalanes del enemigo me llevo una desagradable sorpresa. El individuo no parece formar parte de ninguna extraña secta ultraderechista adoradora de la parafernalia del III Reich, sino tan sólo de eso llamado gente normal. Gente normal, interesante término, quédense con él también.

Curiosamente la Guerra Civil tiene que ver mucho con el tercer pilar en el que se asienta este texto. Desde hace relativamente poco tiempo, no más de quince años, los que acostumbrábamos a frecuentar las librerías (algunos trabajábamos allí, imagínense) vimos la proliferación de toda una bibliografía dedicada a este suceso histórico. La diferencia es que no se trataba de narrativa o libros que partían de una aproximación histórica académica, sino de, hablando claro, vulgares panfletos revisionistas cuya única idea era la siguiente: “Bueno sí, la derecha hizo lo que hizo, pero ya es hora de dejar de avergonzarse en público por ello”. Acompañando a las inmensas ventas de estos libros en las ondas los radiopredicadores toman el control. Es el 2004 y hay que tirar al gobierno de Zapatero que, dicho sea de paso, en palabras de Miguel Ángel Aguilar, si no fomentó, si vió con buenos ojos tener una réplica tan excesiva a sus melindrosas políticas: que un enemigo te pinte como temible te da caché delante de los tuyos.

Hoy Pío Moa, César Vidal o Jiménez Losantos no parecen estar en primera línea de actualidad. Ni siquiera sus émulos televisivos de la TDT despiertan ya grandes polémicas ante lo previsible de sus mensajes. De lo que nadie debería dudar es que tras algo más de una década disfrutando de una gran exposición social sus ideas se han asentado en parte del imaginario colectivo más allá de opciones políticas concretas o coyunturas determinadas.

La idea que debería preocuparnos, y sobre la que gira todo esto, es que vivimos un momento donde tendemos no tanto a la imposición de un ideario político concreto, sino a la unidimensionalidad social. No se trata tanto de explicar qué hay que pensar respecto a un tema determinado, sino lograr una reacción inmediata, masiva y sin piedad hacia lo que se sale de la norma.

Ya habrán averiguado el porqué de los dos primeros párrafos. Las redes sociales están teniendo un efecto multiplicador respecto a esa perniciosa fantasía llamada normalidad. Un efecto de refuerzo donde el que piensa de acuerdo a lo considerado razonable sólo encuentra acomodo en sus certezas, un campo de juego en el que es muy fácil cazar a la presa que huele a heterodoxia.

Uniformar el pensamiento pero uniformar sobre todo al receptor. Eso llamado gente normal es algo que, por su propia naturaleza, no existe, pero que resulta demasiado tentador tanto para el que lo pronuncia con intereses políticos como para el que quiere verse englobado dentro de la categoría. Depende de quién hable y de quién escuche que por gente podemos entender muchas cosas. Algo así como los que no son demasiado ricos pero, cuidado, tampoco demasiado pobres. Como los que no tienen poder, ni capacidad de decisión pero también como los que pueden contemplar con buenos ojos que el orden (el orden necesario para situar todo donde debe estar, signifique lo que signifique esto) sea restituido por un poder extraordinario. Por gente podemos entender los que se parecen a nosotros, los similares, los cercanos, con la salvedad de que la semejanza o la cercanía se pueden tornar rápidamente diferencia, y ese vecino que era igual a nosotros ya no lo es tanto por su lugar de nacimiento, su color de piel o sus ideas políticas. Por gente podemos entender a los decentes, a los que no son corruptos, no medran, ni roban, siendo, eso sí, la decencia algo difícil de precisar, sobre todo cuando en nuestra historia reciente tenemos grabado aquello de los buenos españoles.

La gente normal, la gente, es una abstracción muy oportuna para expresar y entender lo que queramos cuando queramos. Útil para los que predican un cambio y útil para los que predican lo mismo, pero desde el orden. El fascismo de los años 30 era muy de la gente, por poco que nos guste recordarlo. Era muy de la gente muy parecida, muy uniformada y muy equivalente señalando, persiguiendo y exterminando al que no era como ellos.

No somos, en contra de lo que pensamos, más civilizados, más listos o más precavidos que hace 80 años. No estamos a salvo de nada. Nuestra contemporaneidad, preñada de autosatisfacción, gregarismo y hambre de liderazgo ha cambiado las grandes reuniones de afirmación por una cotidianeidad donde nos afirmamos como individuos que representan, más de lo que creen, el producto de una serie de limitaciones. El discurso empieza a despegar no como el pensamiento ordenado para resolver una serie de temas conflictivos, sino como la herramienta para señalar y ridiculizar a quien se atreve a disentir, esto es, a expresar conflicto. Nos empezamos a sentir cómodos en abstracciones peligrosas como la patria (sólo la mía) o la gente (sólo la gente como yo). No queremos hacer frente a las ideas con ideas, queremos que nuestras ideas sean las únicas que escuchemos. Confiamos en opciones políticas aún sabiendo que tienen un doble discurso, asumiendo la necesidad del mismo, aceptando que hay que trazar una serie de mentiras inevitables para lograr un bien mayor.

Un bien mayor. Nunca nadie ha perseguido el mal. El mal siempre lo persiguen los otros. ¿Saben? Puede que nosotros no vivamos en los años treinta del SXX, lo cual no significa que gran parte del SXX no viva en nosotros.

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Daniel Bernabé

Daniel Bernabé

Nacido en Madrid en 1980, aunque siempre vivió en Fuenlabrada, ciudad de la periferia donde las eses se sustituyen por jotas y el orgullo de clase obrera es todavía un valor a tener en cuenta. Ha probado suerte en el periodismo y la narrativa, y ha practicado el dandismo sin mucho éxito. Su último ensayo se titula La trampa de la diversidad.

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