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viernes 23 febrero 2018

Internacional

La Argentina que deja el kirchnerismo

Los argentinos están llamados a las urnas el 25 de octubre para decidir quién vivirá en la Casa Rosada los próximos cuatro años.
Es el fin de un ciclo después de 12 años de gobierno del matrimonio Kirchner.

21 octubre 2015
07:33
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La Argentina que deja el kirchnerismo

BUENOS AIRES // La última cacerolada masiva tuvo lugar en enero: los manifestantes, a voz en grito, acusaban a su presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, de “asesina”, vinculándola a la muerte del fiscal que la acusó de encubrimiento terrorista, Alberto Nisman. Fue la más sonada, pero en absoluto la única protesta. Hay quien dice, no sin razón, que los argentinos todo lo viven como un partido de fútbol, con cánticos y mucha pasión: desde un mitin político hasta una manifestación por los derechos humanos, pasando, cómo no, por un concierto de su rock “nacional”. Es esa pasión que tiñe la cultura política argentina la que han agitado los medios de comunicación “opositores”, fundamentalmente el Grupo Clarín –el conglomerado mediático más poderoso del país– para fomentar una actitud crítica contra Fernández que muchas veces raya el odio irracional. La emoción va por delante del argumento. Eso sí: sus seguidores le profesan un apoyo igualmente incondicional.

La sociedad argentina se ha polarizado, sobre todo desde que en 2008 la presidenta inició su particular cruzada mediática. O eres K (kirchnerista) o eres anti-K: poco espacio queda para la reflexión o el debate. A menudo, aquellos que perciben grises prefieren quedarse al margen de discusiones poco proclives a los matices. Es en medio de este clima que 32 millones de argentinos están llamados a las urnas el 25 de octubre para elegir al próximo ocupante de la Casa Rosada.

En 2003, Néstor Kirchner se hizo con la presidencia de un país asediado por los desequilibrios económicos y sociales, y en poco tiempo consolidó su popularidad gracias a su exitosa gestión de la crisis de la deuda externa. Comenzaba un nuevo ciclo político que pronto fue bautizado como “kirchnerismo”, un movimiento político que se autodefine como progresista y que ostenta un afilado discurso antiimperialista. En 2007, la esposa de Néstor, Cristina Fernández, le sucedió en la presidencia y, pese a las dificultades crecientes, logró ser reelegida en 2011, después de capitalizar políticamente la conmoción social que produjo la muerte de su marido en octubre de 2010. Sorteó como pudo cíclicas embestidas mediáticas, desde la llamada “guerra del campo” de 2008 –que la enfrentó con el Grupo Clarín–, hasta la misteriosa muerte de Nisman a comienzos de este año.

Durante doce años, los Kirchner fueron el centro de la política y el referente de eso que los argentinos llaman peronismo. Sin embargo, no fueron capaces de generar un sucesor: el candidato oficialista, Daniel Scioli, pertenece al mismo partido (el Frente para la Victoria, FpV), pero no es ningún secreto que no tiene buena sintonía con Cristina Fernández. Comenzó su andadura política junto a Carlos Menem, representante del ala derecha del peronismo. Al fin y al cabo, el paraguas del peronismo es amplio: desde el neoliberalismo menemista hasta los discursos antiimperialistas de una Cristina que siempre gustó de aparecer junto a la imagen de Evita Perón, uno de los mitos más recurrentes de la política argentina.

Dicen los observadores políticos que Fernández intentará controlar a Scioli, y por eso le impuso a Carlos Zannini, uno de sus hombres de confianza, como vicepresidente; pero será difícil que un Scioli en la presidencia no se saque de encima a su predecesora, de la misma forma que lo hizo Néstor Kirchner con su antecesor, Eduardo Duhalde. Antes Scioli deberá ganar los comicios: si no logra más del 45% de los votos –o diez puntos más que el segundo más votado-, habrá segunda vuelta. Todos los sondeos apuntan a que se enfrentaría con Mauricio Macri, el hasta ahora jefe del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y líder de Propuesta Republicana (PRO) y de la alianza de partidos Cambiemos. En una segunda vuelta es probable que Macri capte los votos del tercer candidato, Sergio Massa.

Macri es el candidato de la derecha más clásica, de las clases altas; ha sabido reinventar el espacio político conservador con una potente estrategia comunicativa –todo Buenos Aires está pintado de amarillo, el color institucional del PR– y un discurso que coloca la gestión por encima de la ideología, que postula que administrar el Estado es equivalente a gestionar una empresa –o un equipo de fútbol, como el Boca Juniors que el propio Macri presidió– y que suma a su ideario los valores del voluntariado social. Su contrincante, Scioli, proviene de la derecha peronista.

Gane quien gane, la Casa Rosada dará un giro a la derecha. Será, también, el fin de un ciclo político cuyo legado ha dejado luces y sombras: las políticas de ayudas asistenciales han favorecido la inclusión social, pero no se ha resuelto la vulnerabilidad de una economía muy dependiente de la exportación de materias primas, en especial la soja. En el plano internacional, tanto Néstor como Cristina Kirchner apostaron por el auge de las izquierdas en la región. Apoyaron los procesos bolivarianos de Venezuela, Ecuador y Bolivia, y trataron de consolidar nuevos espacios de integración, como la Unasur y la Celac. Es probable que Scioli se desvincule de esos gobiernos bolivarianos. El cambio será más notorio si gana Macri.

Desilusión y hastío

No pocos kirchneristas se han sentido confundidos por la elección de Scioli como candidato: “Creo que mucha gente se ha quedado desconcertada: Scioli no refleja las ganas del votante de proseguir con esta idea [más progresista] del peronismo. Los que creemos, aunque con muchas comillas, en este gobierno, no nos sentimos en absoluto reflejados. Scioli es sólo un parche para seguir estando. Pero es lo típico del peronismo: a rey muerto, rey puesto. Uno, como trabajador, queda empantanado”, sentencia el fotógrafo Daniel Albornoz. Y subraya: “Veo el panorama con más desilusión que esperanza. Es terrible tener que votar al menos malo”.

Otros son más pragmáticos. “Scioli representa el peronismo más rancio, pero toca votar por él para contener a otras fuerzas políticas más regresivas”, afirma Roberto, sociólogo colombiano radicado en Argentina desde hace una década. Pero hay también quien no le concede a Scioli ni siquiera aquello del menos malo: “Son de terror. Uno peor que el otro. La democracia no sirve más”, concluye con contundencia Natalia, una abogada de 38 años. “Scioli y Macri comparten el proyecto político de privatización neoliberal, la diferencia es que Macri es más malvado”, dice.

Lo cierto es que la campaña electoral de 2015 no debería pasar inadvertida: Porque es el fin de un ciclo político; porque el clima es de tensión y polarización, o al menos en eso pretenden convertirlo ciertos medios de comunicación; y porque las citas con las urnas son innumerables: elecciones a intendente (alcalde), a gobernador, a presidente; y antes de cada cita, unas primarias para elegir a los candidatos.
“La campaña se vive con esa interesante y extraña mezcla de fastidio, agobio y frenesí de todas las campañas. El hartazgo mezclado siempre con algo de excitación y de interés”, matiza Verónica, terapeuta y comunicadora. Las calles llevan meses plagadas de carteles, globos, puestos donde se reparte merchandising del PRO o del FpV. Y sin embargo, poco se debate: abundan más los coloridos afiches que los argumentos y propuestas. Hay quien habla de la “tinellización” de la política, en referencia a Marcelo Tinelli, conductor del programa más célebre de la parrilla televisiva argentina Showmatch, un espacio de variedades criticado por amarillista y machista, que ha conseguido contar con la presencia de Macri, Scioli y Massa.

Mientras los diarios inundan sus portadas con amenazantes noticias sobre la inseguridad argentina, y los políticos adornan sus discursos con promesas, unos y otros callan sobre la necesaria discusión acerca de la corrupción policial. Las violaciones de derechos humanos en los barrios marginales del país son flagrantes, como destapó el caso de Luciano Arruga. Este adolescente de 16 años fue torturado en una comisaría de la provincia de Buenos Aires, y su rastro desapareció. Desde el principio, su familia denunció la implicación de la Policía Bonaerense –apodada la “maldita bonaerense”– en la desaparición del joven, al que supuestamente querían castigar por haberse negado a robar para la policía, una práctica común, según las denuncias, en los barrios populares. Siete años después de los hechos, en un histórico fallo, un tribunal condenó a diez años de prisión a uno de los agentes coautores del crimen. La tortura en cárceles, comisarías y centros de menores no es en absoluto un hecho puntual, y está en ascenso, tal y como denuncia el informe de 2015 de la Comisión Provincial de la Memoria (CPM) de Buenos Aires. Pero de esto no hablan la clase política ni el mainstream.

Víctimas de segunda

Parece haberse consolidado en Argentina una visión de los derechos humanos que se limita a las víctimas de la sangrienta dictadura militar de 1976-1983. Resulta difícil minimizar el mérito de los gobiernos de Néstor y Cristina al haber llevado a los tribunales a torturadores y altos mandos militares responsables de miles de muertes, desapariciones y torturas. Sin embargo, esos mismos gobiernos han dado la espalda a las denuncias de vulneración de derechos en las barriadas marginales y en territorios ancestrales indígenas. ¿Acaso sólo merecen atención las víctimas de la dictadura, por cierto, mayoritariamente blancas y de clase media? Es lo que se pregunta Vanesa, la hermana de Luciano, el jóven desaparecido. “Debemos crear nuevos organismos que sean capaces de comprender hacia dónde apunta hoy el odio de una sociedad que necesita calmar el sentir de inseguridad que se le genera”, y que enfrenten “las políticas represivas y la mirada criminalizante de los sectores judiciales”, asegura Vanesa a la revista Mu.

Las comunidades de etnia qom, wichi, pilagá y nivacle, originarias del norte del país, llevan siete meses de acampada frente a la Casa Rosada intentando que la presidenta los reciba. Sin éxito, hasta el momento. Tan sólo exigen el cumplimiento de tratados internacionales y normas nacionales, como la Ley 2610, que prohibió en el año 2006 los desalojos de comunidades aborígenes y ordenó relevar sus tierras. De momento, es poco más que papel mojado.

Para la comunidad qom de Formosa, al noreste del país, el principal problema es la imparable expansión de la producción de soja. Esta planta ocupa ya el 60% de la superficie cultivable en Argentina. Su economía es cada vez más dependiente de las divisas que provee la exportación de soja, 20.000 millones de dólares en 2014. En un contexto de escasez monetaria, la soja es cada vez más indispensable para el país, pero es también fuente de vulnerabilidad. Es una commodity, una materia prima que cotiza en los mercados internacionales al precio que determinan los inversores. La bonanza de los últimos años en la región latinoamericana tuvo mucho que ver con el aumento de los precios de commodities como la soja, el oro o el petróleo. Ahora que la tendencia es la inversa, las economías sufren. En Argentina, este año se estima que los ingresos en divisas disminuirán en 6.000 millones de dólares, a pesar de que la producción ha seguido aumentando, según el diario Clarín. Los críticos del actual modelo de desarrollo apuntan a su insostenibilidad y demandan una apuesta por la industria y una mayor diversificación de los cultivos y las exportaciones. Mientras, la oposición a la soja genera cada vez más conflictos por las consecuencias sobre la salud para los pueblos afectados por los fertilizantes.

Dilemas sin resolver

En la última década, el kirchnerismo no ha podido proponer una alternativa a ese modelo de desarrollo extractivista basado en la soja y, en menor medida, en las exportaciones de hidrocarburos. Las retenciones que aporta al Estado la exportación de materias primas ha sido la fuente de recursos para la implementación de medidas de inclusión social tan populares como la Asignación Universal por Hijo, un programa que ha tenido un éxito comparable a la Bolsa Familia en Brasil en cuanto a reducción de la pobreza. El problema, para los movimientos sociales y políticos a la izquierda de Fernández de Kirchner, es que el Gobierno se ha centrado en luchar contra la pobreza, y no contra la desigualdad. Ha otorgado ayudas públicas en lugar de reconocer los derechos de las poblaciones vulnerables.

Mientras, la inflación, que desde hace años ronda el 30% anual, aunque las cifras oficiales son mucho más bajas, se ha convertido en el flagelo de las clases populares. Además resta competitividad a la industria argentina y crea un mercado negro de divisas. Los argentinos quieren comprar dólares y, ante las restricciones oficiales (el llamado “cepo cambiario”), acuden al mercado negro o blue aunque deban pagar un 50% más. Basta pasear por Florida, una de las calles comerciales más concurridas del animado centro porteño, para recibir varias ofertas de cambio ilegal por parte de algún “arbolito”, como se llama a las personas dedicadas a captar clientes en las calles. Los que ya conocen el circuito acuden directamente a las “cuevas”, establecimientos ilegales –y sin embargo por todos conocidos– que a menudo fingen ser joyerías u otro tipo de negocios.

El negocio del dólar blue florece desde que en 2012 comenzaron las restricciones a la compra de dólares. Los argentinos se niegan a ahorrar en una moneda (el peso) que se deprecia y que se arriesga a una devaluación inminente. Macri ya ha asegurado que procederá a una brusca devaluación; Scioli promete que el ajuste cambiario será más suave. Sea como fuere, la economía argentina afronta un panorama de cierta incertidumbre, pero es más sólida de lo que los medios de comunicación anti-kirchneristas pretenden hacer ver. Tanto Scioli como Macri aseguran que acabarán con la inflación, pero ninguno revela qué medidas tomarán para acabar con un problema que tiene sólidas raíces en Argentina. Mientras tanto, los argentinos campean como pueden el temporal de incertidumbre política y económica. Muchos contratos estatales e iniciativas dependientes de subvenciones están parados. En una campaña con tantas pancartas y globos y tan pocos compromisos programáticos, todas las posibilidades están abiertas. La sociedad argentina contiene la respiración.

[Artículo publicado en el número de octubre de la revista La Marea, a la venta en quioscos y aquí]

 

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