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lunes 12 noviembre 2018

Opinión

El extraño viaje

“Los autobuses son esas cámaras hiperbáricas donde uno puede descomprimirse del miedo a lo convencional”, afirma el autor

21 octubre 2015
12:58
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El extraño viaje
Un hombre viaja en un autobús urbano de Madrid. FERNANDO SÁNCHEZ

Las estaciones de autobús son aeropuertos para pobres, lugares de miradas perdidas hacia destinos cercanos, pasillos en los que se celebra el encuentro o se posterga la salida. Además, si obviamos la desaparición de los soldados de reemplazo o las maletas de cuero que se portaban a pulso, muchas de ellas no han cambiado demasiado desde que se construyeron. Hormigón y viejos, estudiantes y urinarios fríos, señoras con más bolsas de las que pueden llevar. Y luego, en ese porcentaje de lo casual, algún viajante con el coche averiado y tipos que nunca aprendieron a conducir por una renuncia a parecerse demasiado a lo que les rodeaba.

Ya en trayecto, si el sueño no te asalta y la curiosidad forma parte del equipaje, los autobuses son esas cámaras hiperbáricas donde uno puede descomprimirse del miedo a lo convencional. Como en las películas de catástrofes, antes de que todo se derrumbe, surge una breve presentación de los personajes que dejarán, con el paso de los kilómetros, de sernos desconocidos. De hecho pienso que el pasaje de un autobús de línea sería el sueño de la demoscopia con inclinaciones honradas, un catálogo al azar de eso que llamamos gente.

Si el autobús es el reparto el paisaje es el decorado, un continuo, que para los que hemos recorrido las autovías con la cabeza pegada a la ventanilla muchas veces, se va alterando poco a poco, manteniendo una majestuosidad rural y un vacío reconfortante desde Pajares a Despeñaperros. Además de la grandeza del cielo abierto -algo que a los urbanitas nos sorprende- están los hitos que cohesionan el país más que cualquier constitución o esfuerzo político, a saber: castillos en peñascos, clubs con neones y fondas, eso que ahora se llaman áreas de servicio.

Normalmente la parada de rigor llega cuando hemos encontrado la posición perfecta en el asiento o el capítulo del libro está en ese punto crucial, no podría ser de otra forma. El pasaje acude en tropel al baño y luego, tras haber cumplido con los ciclos fisiológicos, se dispersa en una extraña danza que estoy seguro podría representarse con algún algoritmo de movimiento. Unos fuman, otros beben de la botella recién comprada, todos con la mirada en el vacío, en ese punto de fuga donde nos encontramos a solas con nosotros mismos y nuestros dilemas.

Las áreas de servicio son espacios del vacío, extrañamente artificiales y siempre transitorios. No lugares. Reductos con el único fin de dar un sentido físico a un momento imposible de englobar fuera del viaje. De ahí la sensación de desamparo, el vagar inconsciente, las miradas a un reloj sin ver la hora. La razón, supongo, es que no merece siquiera la pena el esfuerzo de simular interés por un entorno, un momento, que sabemos efímero y caduco.

Nuestro tiempo se parece a estos no lugares. Desde hace ya varios meses, quizá más, esa parte del país que llenaba las calles mientras que otros se llenaban los bolsillos siente que todo, por lo que merecía la pena transformar la amarga complacencia de lo habitual por el ácido sabor de la insurrección, es tan volátil que cualquier esfuerzo sería comparable al de agarrar el humo que brota de los escombros.

Deduzco que si creemos hallarnos en un área de servicio es porque pensamos que estamos embarcados en algún tipo de viaje. Viaje, que como todos, lo asumimos con fin. Si hace unos años mirábamos hacia atrás con la nostalgia del consumidor satisfecho, ahora, en una ansiedad que forma parte del mismo engaño, pensamos, que ocurra lo que ocurra en diciembre, esto tiene que acabarse.

Quizá sea esa la madre de la inacción, del hastío, de quedarse arrebatados como muñecos de ventrílocuo tirados en una silla. De tanto fraccionar nuestra vida, de tanto llenarla de momentos insignificantes, inseguridad e indeterminación nos han llenado los pies de plomo y la mente de escapismo.

Nuestro viaje, ese que hacemos juntos, no se acaba nunca. La cuestión no es buscar puntos de inicio o de fin, lo esencial es lo que postergamos, lo que en el fondo todos sabemos desde hace mucho: si queremos decidir a dónde vamos es hora de coger nosotros el volante del autobús.

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Daniel Bernabé

Daniel Bernabé

Nacido en Madrid en 1980, aunque siempre vivió en Fuenlabrada, ciudad de la periferia donde las eses se sustituyen por jotas y el orgullo de clase obrera es todavía un valor a tener en cuenta. Ha probado suerte en el periodismo y la narrativa, y ha practicado el dandismo sin mucho éxito. Su último ensayo se titula La trampa de la diversidad.

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