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miércoles 21 noviembre 2018

Los socios/as escriben

Crónica de unas elecciones distintas

Nuestra socia Letizia Prieto decidió vivir los comicios catalanes en primera persona.
Durante el fin de semana, hablo con todo tipo de gente y siguió el recuento electoral desde la sede de Ciutadans.

30 septiembre 2015
14:10
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Crónica de unas elecciones distintas

SÁBADO 26 de septiembre
El jueves 24 de septiembre decido que yo las elecciones catalanas tengo que vivirlas en registro de primera persona. Llevaba tiempo dándole vueltas al asunto, leía, oía, y no y terminada de sacar nada en claro más allá de que después de estos comicios ya nada sería igual. Así que le digo a la redacción de La Marea que me marcho para allá y me ofrezco a echar una mano en lo que necesiten. Toda vez que los compañeros periodistas van a cubrir los mítines de cierre de campaña de Junts pel Sí, la CUP y Catalunya Sí que es Pot se valora la posibilidad de hacer algo con Ciutadans, pues las encuestas apuntan a que van a dar una sorpresa. Pues muy bien, sin problemas yo haré una crónica personal para la sección Los socios/as escriben. Eso sí, como pueda, que no soy del gremio, les advierto.

Dicho y hecho. Me persono ese mismo día en la estación de Atocha y me saco mi billetito para salir el sábado a las 7.30 de la mañana y regresar el lunes a las 5.55 de la mañana.

Cuando llego me recibe un día de esos de decir yo aquí me quedo a vivir. Un sol, una luz y una temperatura de las que le levantan a uno el ánimo. Dejo la maletita en el hotel y me lanzo con cosquillas en el estómago a la calle. ¿Para dónde tirar? ¿Por dónde empezar? ¿Qué ver primero? Así que con mi plano turístico enfilo hacia donde haría cualquier guiri que se precie, a Paseo de Gracia y las Ramblas. Antes hago parada en un bar-kebab cerca de la estación de Sants para desayunar y mientras me tomo un cafecito y un bikini (inmersión total y de cabeza) les pregunto a los camareros por las elecciones e intento obtener mis primeras declaraciones (¡qué emoción! Comprendedme, soy nueva en esto). Resulta que no me entienden. Ni papa. Da igual que les hable más despacio y vocalizando mucho. No hay nada que hacer. No comprenden. Uno parece intuir algo y me dice: “No, yo no. Extranjero”. A lo mejor si se lo hubiera preguntado en catalán me habrían entendido. No sé.

Después de este penoso intento de entablar conversación con los foráneos me dedico a disfrutar de la ciudad, del paseo y me descoyunto el cuello mirando hacia todos los balcones que me encuentro y farolas. Me sorprende ver que no hay mucha propaganda. Recuerdo que en las últimas autonómica y municipales de Madrid esta ciudad estuvo empapelada de arriba a abajo. ¡Hasta los taxis paseaban a la Sra. Aguirre de norte a sur y de este a oeste de la ciudad! Aquí no. Eso me gusta. Me resulta más amable. Se ven banderas principalmente esteladas pero no en exceso. No veo ninguna española. Ni la que tiene el escudo ni la que no. Tampoco veo ninguna republicana. Eso también me sorprende porque en Madrid cada vez proliferan más.

Por otro lado me percato de que hay muchas tiendas cerradas. ¿un sábado por la mañana? Me extraña. Finalmente me acerco y veo cartelitos que dicen que hacen puente por la Mercè. Entonces me asalta un pensamiento: “Pues vaya, poner la fecha de las elecciones justo en un puente. Eso no ayuda mucho a la participación ¿no?”. Pero tal vez me precipito en mis apreciaciones. Tal vez piense en clave madrileña y aquí los catalanes dejan su voto por correo bien encauzado y luego, con la tranquilidad del trabajo ciudadano cumplido, se van a relajar el body de tanta tensión plebiscitaria.
Lo estoy disfrutando tanto y está todo tan tranquilo y bonito que siento una punzada de culpabilidad. Menuda excusa te has buscao (aquí me sale el acentazo madrileño) para pillarte un fin de semana en Barna me digo. He quedado a comer con un matrimonio amigo y mientras llega la hora me recorro toda la Rambla con parada en la Casa Batlló. A codazos hay que abrirse sitio para hacer una foto. Delante del escaparate de Loewe me detengo unos segundos para comprobar que, efectivamente, no es una leyenda urbana: está llena de orientales (¿japoneses?) con bolsas. No veo ningún occidental. ¡Hay qué mala es la crisis! Hago fotos y más fotos y hay pocas pistas de que mañana es un día especial, especialísimo. Si fuera extrajera ni me enteraría.

Agudizo el oído para ver si pillo alguna conversación política o relativa a los comicios, pero estos barceloneses se han tomado muy en serio lo del día de reflexión (introspectiva) porque aquí ni Dios menciona nada ni de pasada. Papás con niños, familias paseando, viejitos tomando café, jóvenes en bici…..Nada. Es como si su lado político estuviera anestesiado. Me pregunto, viendo tanta paz y concordia y ausencia de expresividad, ¿irán a votar? A lo mejor desde Madrid estamos exagerando la cosa y ellos están mucho más tranquilos. No se percibe ni un ápice de histeria o nerviosismo. Todo fluye langsam, como dirían los alemanes, suavemente. ¡Ay qué erróneas son siempre las primeras impresiones!

Me recoge este matrimonio amigo y nos vamos a comer al Tramonti, un restaurante italiano de toda la vida en Barcelona. Disfruto de la compañía de mis amigos. Yo pregunto y ellos contestan. Luego me dedico sólo a escuchar y observo que es entonces cuando la gente se deja llevar (probablemente el vino también ayude, no lo voy a negar). Las cosas empiezan a tomar otro color. Menos límpido. Hablan de agravios, aquí en Barcelona todo el mundo empieza las conversaciones hablando de agravios: de los que les hacen los secesionistas a los que no lo son, de los que hacen los no nacionalistas a los independentistas, de los que les hacemos desde Madrid a todos ellos…Los discursos se articulan siempre desde la negación y a la defensiva. Cuesta encontrar uno constructivo.

José Luis, un comensal de la mesa de al lado, interviene en la conversación y entramos en harina. Yo voy a votar a Junts pel sí, “los demás sólo venden humo”, me dice. Y me da sus explicaciones. Son las mismas que dice Mas: que España le roba, que ellos pagan más de lo que reciben, que las instituciones están politizadas, que no les dejan otra salida, que desde Madrid mentimos, que no van a salir del Europa, y que nosotros no pagamos peajes y ellos sí. Este último argumento me descoloca un poco, lo reconozco. Y algo que habré de oír muchas más veces en las próximas horas: que Rajoy aumentó los sentimientos independentistas cuando recurrió el Estatuto en el Constitucional. Afirma que Junts pel Sí va a ganar holgadamente y que deberá iniciarse conversaciones con España. Pero desconfía de Rajoy. Yo intento decirle que a lo mejor se puede encontrar alguna solución de consenso que contente a todos aunque todos tengan algo que ceder (mi obsesión particular lo reconozco) pero él lo duda. “Lo peor ha sido Rajoy, con ese no hay nada que hacer”. Lo tiene súper claro y nadie le convencerá de lo contrario. Brindamos para que todo salga bien. Quiero entender que hablamos de las futuras negociaciones.

Ah, por cierto, no me dejan pagar. Eso es algo que me pasa mucho cuando voy a Barcelona. Al menos mis amigos de tacaños no tienen nada.

Por la tarde decido ir a dar una vuelta por el barrio de Gracia, ¡qué agradable sorpresa! Me recordó a Malasaña. Compro varios libros de oferta a 5 euros cada uno y pelis 3 por 4 euros viejunas pero la tienda molaba. También incienso y una botella de agua solidaria (el 50% de los beneficios van para construir pozos en África). Aquí ya se veían muchas parejitas con niños, mucha gente joven más alternativa, más artistas callejeros, en fin, más vidilla. También cuelgan más banderas esteladas pero curiosamente fue en Carrer Gran de Gràcia en el único sitio en el que en un balcón estaban muy juntitas, una al lado de la otra y entrelazándose por el viento, una bandera de España y una senyera (tengo prueba fotográfica que lo acredite, para los incrédulos). Mi parte romántica se dispara ¿será una pareja mixta?, ¿un/a españolista y un/a independentista? Un rayito de esperanza me agua los ojos: el amor como único instrumento capaz de romper estas barreras ideológicas-viscerales-sentimentales-atávicas, me digo, pero pronto se me pasa, no hay que preocuparse. Lo más probable es que sean simplemente dos colegas que comparten piso con derecho cada uno de ellos a hincar bandera en el balcón.

Pillo sitio en una mesa en la Plaza del Sol, que estaba petada de gente, niños, perros, músicos, artistas callejeros varios, y extranjeros a tutiplén. Me pido una copa de cava y me siento a disfrutar del ambiente. Estoy cómoda, como en casa, la verdad. De repente, una joven se acerca para venderme unas papeletas de Música por la paz, una organización de ayuda a niños en exclusión social. ¡Es mi oportunidad! Ahora o nunca, me digo. De acuerdo, te compro una, no dos, bueno no, mejor te compro 5 pero a cambio charlo un ratito contigo y te hago una foto.

Lo sé, no estuvo bien chantajear a la chiquilla (Lidia se llamaba) de esa manera pero es que intuía (y no me equivoqué) que votaría a la CUP y quería oír su versión. Poneos en mi lugar, no es tan fácil encontrar votantes de la CUP para una madrileña de 50 años con pinta de pija que sólo tiene unas horas para hacer labor de campo.

Adorable, sencillamente adorable. Lidia me dijo que no podía votar porque es menor de edad pero que si pudiera lo haría a la CUP. Me sorprende una cosa que me dice: lo de la independencia no lo tiene claro. Duda, al principio dice que sí, que está a favor, luego dice que tendría que pensarlo más despacio. Se la ve un poco confusa en este tema pero muy firme en lo importante: “La CUP es la única formación capaz de hacer políticas sociales de izquierdas en mi país”. Me pareció limpia de corazón. No empezó su alegato con ninguna descalificación. Y lo terminó con un mensaje de esperanza. Y qué carajo estaba dedicando su tiempo de un sábado por la tarde a ayudar a los demás…hechos que hablan por sí mismos.
Anochece pero sigue haciendo una temperatura fantástica. Ya cayó la segunda copa de cava, echo de menos algún cacahuete o patata frita o un mísera aceituna pero, ya se sabe, en esto los madrileños estamos muy mal acostumbrados.

Ahora llegan otros amigos a buscarme y me llevan a cenar con más gente. De esta cena salgo un poco más preocupada y entristecida. Las mujeres nos sentamos juntas (qué manía más tonta, la verdad). Tres de ellas son catalanas de toda la vida. Una me dice que está dudando entre votar a Unió o a Ciutadans. Otras tienen más claro su voto a Ciutadans. Me sorprende, porque han sido siempre votantes tradicionales de CIU y del PP: Pero esto ya me empieza a dar pistas, Ciutadans lo va a petar.

Cuentan que la presión social independentista es muy fuerte, que se sienten intimidadas en la calle, en las reuniones escolares y familiares, en las redes sociales. Alguna afirma haber sido insultada cuando se ha manifestado el 12 de octubre. Que esto está tan enconado que la gente no habla del tema en reuniones familiares para no discutir. Dicen que aconsejan a sus hijos que no se signifiquen como no independentistas si quieren encontrar trabajo. Dicen que están preocupadas y que muchos piensan así pero se callan. Consideran una trampa del bloque nacionalista que estas elecciones, que viven claramente como plebiscitarias y no como autonómicas, se vaya a medir en escaños y no en votos. Les preocupa especialmente que se declare unilateralmente la independencia. Mantienen firmemente las tres que eso podría provocar altercados en las calles. “Un voto es un voto. Una cosa tan seria como ésta no puede decidirse de otra manera”. Mi interior se queda paralizado cuando una dice “tengo derecho a no tener miedo en mi propio país”. En la conversación se desliza la palabra país o Estado sin problema pero también, de manera contundente su deseo de no independizarse de España. “Soy catalana y española y europea ¿Por qué tengo que renunciar a nada?”.

Les pregunto a todos si en un hipotético escenario futuro estarían dispuestos a aceptar un referéndum vinculante pactado con el Estado español y asumir lo que saliera. Las respuestas no son claras. Sí pero no, no se trata de eso exactamente, ya veremos, eso no va a pasar, Madrid jamás aceptaría un plebiscito… Son conscientes de que la cuestión catalana está enquistada pero no consigo saber cómo lo arreglarían. Probablemente porque ninguno aquí tienen la respuesta. Empiezo a pensar que nadie la tiene.

Pero hay varias cosas en las que todos en la mesa están de acuerdo: 1º Que la participación tiene que ser masiva. 2º. Que este Gobierno ha hecho las cosas tan mal y las sigue haciendo tan mal que les ha dejado a ellos, los no independentistas, a los pies de los caballos. 3º. Que hay que hacer algo para encontrar una solución que respete a todos 4º. Que los políticos de allí y de aquí nos han metido en este lío y nos deben sacar de él pero no los ven capaces de hacerlo. Vamos, un callejón sin salida. Es una situación frustrante, incómoda para todo el mundo.

Esta reunión me dejó mal cuerpo, como demócrata que soy me preocupa que haya ciudadanos que no se sientan libres. Me da igual del signo que sean y piensen como piensen. Joan y Carmen me dirán después que no es cierto eso, que en Cataluña las personas son libres para hablar y expresarse. Es posible, no vivo en Cataluña como para saberlo a ciencia cierta, pero el mero hecho de que alguien tenga esa percepción subjetiva es, en sí mismo, preocupante y significativo. Aunque no tenga base real.

Sólo han pasado 11 horas desde que llegué, pero ya me he dado cuenta de lo errónea de mi primera impresión. Algo muy gordo bulle en esta ciudad. Si prestas atención el ruido se oye perfectamente.

DOMINGO 27 DE SEPTIEMBRE
A las 8.30 en pie. Mis amigos amablemente se ofrecen a llevarme en coche pero antes hay que ir a votar. El día es sencillamente perfecto. Mi idea es entrar en varios colegios electorales y detenerme allí donde vea que hay algo interesante o gente a la que abordar. No sé muy bien cómo hacerlo, esto del voto es algo muy personal. ¿y si me mandan a la mierda? Y con razón, además. Empezamos el periplo. Pasada rápida por Roquetas y Trinidad. Barrios modestos. No veo ninguna publicidad electoral, ¿no ha venido ningún candidato por aquí? Las calles están casi vacías, muy poca gente y la que veo parece sudamericana y está jugando al fútbol. Ninguna bandera.
Prefiero seguir hacia El Carmel. Aquí la cosa cambia radicalmente. El barrio me recuerda al mío en Madrid, San Ignacio de Loyola, donde crecí, cerca de Aluche y Campamento. Parquecitos, bares, y mucha gente mayor por la calle. Bancos, niños correteando. Me gusta el ambiente de domingo festivo. Se ve movimiento. Mucho movimiento. Paso por delante del bar El Carmelo y mis oídos, que son como antenas parabólicas del CNI, oyen palabras sueltas en castellano “elecciones”, “van a perder”, “los políticos son una mierda”, “ya lo verás”. ¡Alto! digo a mis amigos -que ya se han acostumbrado a mis arrebatos y mis órdenes-, tengo que entrar en este bar.

Y allí me meto. Pido un café y me siento al lado de un grupo de tres hombres. No sé qué espero, no sé por dónde van a salir, todo es posible: es un barrio obrero y castigado por el paro y los recortes, de los considerados “desfavorecidos” en términos de renta. ¿Votarán al PSC, a Catalunya Sí que es Pot, a la CUP? Mis pre-juicios se van por el sumidero en menos que canta un gallo, los tres van a votar a…Ciutadans. A la Arrimadas. Me dicen. Ya no me cabe ninguna duda: esta formación política va a dar el campanazo. Les digo que vengo de Madrid y me recriminan que cada vez que hacemos una tontería en Madrid crecen tres independentistas más. “Eh, que yo no tengo nada que ver”, me dan ganas de decirles. Pero prefiero seguir escuchando. “Cuanta más participación, mejor. Así no gana el Junts pel Sí”, dice el más joven. Sin embargo dos de ellos no se ponen de acuerdo, uno cree que el partido capitaneado por Mas no ganará, el otro que sí pero por los pelos. ¿Y luego qué?, pregunto yo (ya sabéis que es el asunto que me carcome por dentro). “Que nos lo digan ellos”, dice José. Y suspira mientras le da vueltas al café con la cucharilla.

Salgo y enfilamos al colegio electoral. Es fácil encontrarlo porque hay mucha, mucha pero mucha gente fuera. Entro y resulta que lo entiendo todo todito. Aquí los carteles están en catalán pero to quisqui habla en castellano. Una mujer está discutiendo con un apoderado porque no le ha indicado bien la mesa y ahora tiene que volver a hacer la cola. Tiene para una hora o más le han dicho.

El joven se disculpa una y otra vez, sólo le falta hacer una reverencia y juntar las manos como hacen los budistas. Se ve a la legua que es un tipo pacífico. Es el apoderado de Catalunya Sí que es Pot. ¡perfecto! Todavía no había hablado con nadie de esta formación. Me acerco y me presento. Dice que conoce La Marea. Definitivamente, este chico me gusta. Hablemos, le digo. ¿Te importa que te grabe? Cuéntame lo que quieras. Y Sergio, que viene de Madrid, con una voz aterciopelada y balsámica empieza a hablar: la participación está siendo abrumadora pero él está solo. Eso no pinta bien para su formación (primera pista de lo que luego deparó la noche electoral al partido de Sergio). Cree que Junts pel Sí no obtendrá mayoría absoluta pero en cualquier caso la CUP no quiere pactar con Mas.

El panorama se presenta complejo. Sergio quiere reconducir la entrevista a algo que le preocupa a él y a su partido: que en estas elecciones se juegan también otras cosas, temas sociales y el asunto de la corrupción, de lo que parece que nadie quiere hablar. Ellos sí. Y me doy cuenta de que tiene razón, hasta ahora solo él de forma directa y Lidia, de la CUP, de manera indirecta, hicieron referencia a esto. El resto es monotemático: independencia sí o independencia no.

A lo tonto se nos ha ido la mañana y tengo que regresar al centro de Barcelona. He quedado con Quirenia, en Casa Tejada, un clásico para tomar el aperitivo con patatas bravas. Me interesa su opinión porque es una joven de 30 años, odontóloga, que vive en una buena zona de Barcelona, el barrio de Sarriá-Sant Gervasi. Formada en colegios internacionales y con un máster en una prestigiosa universidad de Nueva York. En principio, no me dice a quién va a votar pero afirma que está “muy tranquila porque va a aumentar la participación y los no independentistas van a ir a votar y darán la opinión que hasta ahora han callado”. Finalmente me confiesa que a Ciutadans. El PP ni aparece como opción.

Mi cabeza empieza a dar vueltas. Algo no entiendo, ¿qué pueden tener en común Quirenia y José y sus amigos de El Carmel? ¿Qué puede ofrecer este partido que interese por igual a grupos tan heterogéneos? La respuesta no puede ser otra que ésta: sus votantes no quieren la independencia y punto. Ciutadans parece asegurarles eso. Los demás asuntos que se suelen dirimir en unas autonómica ya se verán. Ahora no toca. Lo urgente va antes que lo importante y lo primero es pararles los pies a Junts per el Sí.

Esto se pone interesante y cada vez más complicado. Tengo muchos amigos y poco tiempo así que los concentro a todos como puedo. Ahora he quedado a comer con Joan y Carmen, su mujer. Espero con curiosidad este encuentro. Joan Martínez Vergel es cap de gabinet de la Delegació del Govern de la Generalitat a Tarragona. Nos conocemos hace muchos años, incluso le prologué un libro. Qué tiempos. Han pasado 10 años. Entonces, año 2005, Joan se sentía orgulloso de su condición de catalán pero no era independentista.

Ahora todo ha cambiado. Se declara abiertamente independentista. Repasa los agravios recibidos en los últimos años por parte del gobierno de España, sobre todo el uso partidista por parte del gobierno de Rajoy del Tribunal Constitucional (vuelve el tema del Estataut y su impugnación en el TC y señala que hay un antes y un después de aquello) y dice que ya no hay marcha atrás. Que no se les ha dejado otra salida que ésta. Que no es cuestión de dinero, o no sólo, sino de dignidad. Que algo se ha roto irremediablemente y para siempre y no se podrá recuperar. Muestra una confianza absoluta en Mas y dice que saben lo que hacen. ¿Y el día después? Le formulo mi pregunta fetiche y su respuesta es a la vez evasiva y clarísima: Ya veremos, no es fácil, pero ni un paso atrás, sólo hacia delante.

Le menciono los casos de corrupción del partido, la necesidad de que hagan autocrítica, de la incoherencia de algunas posiciones como la de querer abandonar España de manera unilateral si fuera preciso pero no renunciar al pasaporte español. No entra en el cuerpo a cuerpo Joan. Es listo mi amigo. Y, como esto no es un plató de televisión sino una sobremesa, no insisto. El postre me ha endulzado el corazón. Yo quiero que negociemos, Joan, le digo, pero teniendo claro que en toda negociación hay que ceder algo. Me sonríe y me dice que sí, pero yo sé que es por pura cortesía. Joan no lo ve claro. Le cuento lo que he oído, que hay ciudadanos que no son separatistas y tienen miedo a expresarse, él me asegura que eso no es cierto (aquí Carmen su mujer se muestra también bastante firme en negarlo) y que las calles son de todos los catalanes y que mañana tienen una oportunidad de expresar su opinión. Que es falso eso de la tensión y la confrontación entre los catalanes. Él confía en ganar pero me reconoce que el número de escaños con el que se gane es un dato importante.

Nos despedimos cariñosamente pero yo cada vez estoy más inquieta. Las piezas no me encajan, esto es un sudoku complicadísimo. Nada es lo que parece, siempre hay más de una lectura en cada opinión. Se ha creado un imaginario colectivo con unos códigos propios que asumen sin cuestionarlos cada persona en función del bloque en el que se posiciona. Los veo a todos muy enrocados y, mientras, de la sanidad, la educación, el paro, la corrupción, la crisis, de eso nadie o casi nadie me habla. No, decididamente estas autonómicas no van de eso. Descubrirlo así, con esta crudeza, me causa una enorme sorpresa rayana con el estupor.

Me voy al hotel a descansar un rato. Gracias a un contacto en Ciutadans, muy activo en esta campaña, he conseguido que me permitan estar en la sala de prensa en el Hotel Barceló Sants para el recuento de votos. Se aventura una noche interesante. A estas alturas, estoy convencida de que los 21/22 escaños que era la previsión más optimista se alcanzan seguros. Mi contacto me dice por teléfono que ellos esperan superarlo. Me menciona de pasada que incluso podrían llegar a 24/25. Qué exageración, éstos se han venido arriba, me digo a mi misma.

Como esta crónica se va a publicar cuando ya se sepan los resultado definitivos no hay peligro de hacer spoiler. Mi referente en Ciutadans tenía razón.

LA NOCHE DEL RECUENTO DE ¿ESCAÑOS-VOTOS?
A las 19.50, llego a la sede de Ciutadans. Me siento un poquito intimidada. Esto está lleno de cámaras de televisión, muchísimas, y decenas de periodistas, todos ellos muy bien pertrechados con sus móviles, cascos, ordenadores portátiles que aporrean a velocidad de vértigo y botellas de agua. Yo sólo tengo un móvil con un teclado enano y una miopía que me obliga a estar de pie cerca de las pantallas de televisión que están repartidas por la sala para poder ver algo.

A las 20.04 salen los primeros resultados a pie de urnas que da la TV3. Junts pel Sí y la CUP obtienen más de 68 escaños. Ciutadans se sitúa como segunda fuerza política con una horquilla de entre 19 y 21. A mi alrededor nadie se inmuta. Cada cual sigue a su bola. Veinte minutos después, todo sigue igual. ¿No hay ningún simpatizante que muestre su alegría, ningún candidato electoral en la sala? Nada. Me aburro. Esto no tiene emoción alguna. Los periodistas muy profesionales, ellos hacen su trabajo con cara de ajo. ¡Ay, que pardilla y novata soy ! Lo bueno estaba aún por venir.

Sobre las 21.00 horas, aparece el jefe de campaña de Ciutadans y empieza a hablar. Me coloco delante para oírlo todo muy bien. No quiero perderme nada, pero vamos, el hombre tiene el tirón de una merluza recién pescada (sin ánimo de ofender). En tono aburridísimo y en castellano, da las gracias a los colegas de los medios por su presencia y resume la campaña que ha hecho su partido en esta campaña y la importancia de estas elecciones. Se felicita igualmente por la participación histórica. Confirma que según las encuestas a pie de urna han pasado de 9 escaños y ahora los doblan e incluso podrían llegar a ser al final de la noche la segunda fuerza política. Remarca que en Barcelona y Tarragona han subido e insiste mucho en dejar claro que estas elecciones no eran plebiscitarias y que no se puede hablar de victoria de la lista de Junts pel Sí. Lanza el dardo envenenado de que, en cualquier caso, habrá que ver si Junts pel Sí puede formar gobierno. Añade que el panorama es muy complejo y que hay que sentarse y hablar y que ellos, por supuesto, no renuncian a ser la alternativa y a formar gobierno. Desaparece.

Aprovecho para pasearme por la sala y familiarizarme con ella. Ya empieza a estar más llena, se ven simpatizantes con el logo del partido, un corazón en cuyo interior están las tres banderas: la senyera, la española y la de la unión europea.

De repente a las 21.15 minutos se oyen aplausos, pero vamos nada del otro mundo, ni silbidos, ni gritos, ni nada parecido. Todo bastante contenido. Ciutadans acaba de lograr su escaño nº 22. A partir de este momento todo se acelera. A las 21.19 otro sobresalto, éste ya más sonoro. “¿Qué pasa, qué pasa?”, digo en alto pero sin dirigirme a nadie en concreto. Más bien fue un acto reflejo. “Nada -me dice el colega que está al lado-, que ya van por el escaño nº 23. ¿no te has bajado la aplicación?” Me mira raro. Lógico, soy demasiado vieja para ser una becaria y demasiado torpe para ser una periodista curtida. Me voy de ahí echando leches.

La sala esta ya a reventar ¿pero cuándo ha llegado toda esta gente? Tengo que estar más atenta. El personal es bastante joven, bien arreglado, algo así como informales pero cool. Vamos que no se ven coletas, ni tatuajes, ni piercings, ni siquiera gente mal conjuntada. Alguna chaqueta y varias niñas monas. La gente es amable y está relajada.

A las 21.40 se logra el escaño 24 y ahora sí, ahora sí que la alegría se desparrama. Los camareros empiezan a preparar la mesa de bebidas. Cervezas y refrescos. Tres euritos, pero la ocasión lo merece.

La gente dice que lo importante son los votos no los escaños (pero ¿en qué quedamos? ¿no había dicho el jefe de prensa que esto no eran unas plebiscitarias?) pero claro, la noticia se impone y si eso es lo importante pues a por esa información que me lanzo. Corro con trote cochinero sobre mis tacones (sí, ¿qué pasa?, iba con tacones) de un lado a otro preguntando a unos y otros si saben cuántos votos llevan escrutados. Una alma caritativa me permite hacer una foto a su móvil, donde salen los datos no sin antes preguntarme “¿no te has bajado la aplicación?” Me cago en la p……aplicación esa. Le sonrío con mi mejor dentadura enfundada, y me largo de ahí con los datos.

A las 21.46 Junts pel Sí, 641.433 votos; C´s 287.655; PSC, 220.679 PP, Catalunya Sí que es Pot, 144.105; PP, 135.850 y la CUP, 127.328. Unió desparece en las arenas movedizas y no hay piedad. Durante una décima de segundo me acuerdo de Sergio de Sí que es pot y se me parte un poquito el corazón pero nada, a seguir, no hay tiempo para la compasión que esto está que arde y va que vuela.
A las 21.53, euforia total, alaridos, aplausos. Miro y remiro las pantallas de televisión: siguen ahí sin moverse los 24 escaños. ¿A qué viene esta algarabía? ¡Por Dios, que alguien me traduzca! ¿Qué está pasando? Ciutadans le arrebató un escaño a Junts pel Sí en Lérida. Los más jóvenes se sueltan la melena y empiezan a beber cervecitas. Ya tenemos los 25.

Los tacones me están matando, me muero de sed y de hambre. Me repliego al fondo de la sala, “si ganan otro pues mira qué bien pero yo me tengo que sentar un rato”. Sin embargo tengo la suerte del novato. A mi lado esta Sergio, de EFE, que me salva la vida. Me deja echar un vistazo a su súper portátil conectado a los datos y me resume: el bloque independentista ha perdido dos escaños en comparación con lo que tenían hasta hoy y en votos representan el 47.50%; el resto sería no independentista. Aprovecha para recordarme que la CUP se comprometió a hacer la lectura en clave de votos y no de escaños y ellos mismos se exigían un 50%. Se rumorea por la sala el pinchazo de Podemos en Cataluña. Gracias, gracias. Además tiene el buen gusto de no preguntarme si no me he bajado la famosa aplicación. Me siento tan bien tratada que le digo quién soy y le pido disculpas por este “intrusismo profesional”. Me sonríe y levanta el pulgar de la mano derecha. Le digo que voy a comprar una botella de agua y que le invito a una cervecita pero declina. Le admiro tanto que yo misma me digo: claro, está de servicio y por eso no bebe.

De camino a la mesa de las bebidas otro ataque espontáneo de alegría desenfrenada. Si que es Pot le quita un escaño a Junts pel Sí. Vaya, aquí rige eso de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Pienso en Lidia y me alegro por ella.

A las 23.02 sale Mas en la televisión y en el salón retumban los abucheos y silbidos. Fuera, fuera gritan y corean 3% 3% 3%. LA gente está ya desatada, exultante. Crecida. Cuando el rostro de Pablo Iglesias asoma en la tele de plasma le gritan: “No se puede, no se puede” y “vaya cagada, coleta morada”. Luego cantan a grito pelao “yo soy español, español, español, español…. yo soy español, español, español, español”, acompañado de rítmicas palmas. Y durante unos segundos me desoriento espacio-temporalmente. ¿Dónde estoy? ¿En Madrid? ¿Frente a la sede del PP en la calle Génova?. La cosa continua con “Cataluña es España” y “¿ esa tv3, de qué partido es?” (pobres los periodistas de TV3 que estén cubriendo este acto. Me duele por ellos. Yo es que soy así, me dan pena los sometidos…).

El personal sigue con “Viva España y visca Cataluña” y ese primer Viva me produce un escalofrío que me recorre toda la espina dorsal por razones personales que no vienen a cuento en este artículo.
A las 23.16 entra Inés Arrimadas a la sala, acompañada de Albert Rivera. La reciben como se merece, les ha llevado a la gloria, las cosas como son. Al unísono vocean “Cataluña ciudadana”, “Cataluña es España”, “presidenta, presidenta, presidenta…”. Los cánticos retumban una y otra vez. Aplauden a rabiar a su candidata. Me doy cuenta de que m’agrada molt que esta nueva figura política de peso sea una mujer. ¿Me estará influyendo el ambiente de entrega total que me rodea?

Se hace un silencio a medias y Arribadas habla: “La mayoría de los catalanes le ha dado la espalda a Mas y apuesta por resolver los problemas de los catalanes”. Pide la dimisión inmediata de Mas y la celebración de nuevas elecciones autonómicas para elegir programas. La gente grita libertad y campeones. “700.000. catalanes nos han votado”, continua Arrimadas. Le interrumpen todo el rato. Dice que trabajará por todos. Ahora continúa su discurso en catalán y dice que también trabajará por los independentistas y sus problemas sin distinguir entre unos y otros. Dice más cosas pero mi catalán no da para más. Lo siento. Da la palabra a Albert Rivera y la gente grita “nos vamos a Madrid”.

Rivera agradece a los que confiaron en su partido y en la victoria cuando nadie creía. “Los catalanes no quieren la separación. Ahora tenemos 25 diputados, son más los catalanes que han votado unión y regeneración pero sin populismos”. Felicita a su equipo porque ha hecho una campaña de ilusión sin insultar y afirma que “La vieja política ha muerto hoy en las urnas”. Pide que vuelvan a votar en las elecciones generales de diciembre a Ciutadans para que se vea claramente que los catalanes también quieren ser españoles.

Habla de una segunda transición y de que España tiene que reconstruir juntos el proyecto común español y va a ser Ciutadans quien lo va a hacer. “España unida jamás será vencida. Visca Cataluña y visca España”, grita el personal. No le dejan terminar. “A los que nos dijeron que era imposible yo les digo que lo imposible era sólo una opinión”.

Se acabó el discurso pero no las palmas ni los vítores. Se van los políticos y la prensa empieza a recoger los bártulos. Todo se desmonta a una velocidad increíble. Salimos y, aunque se masca la alegría y la euforia, la gente se dispersa rápidamente en la calle. Cada mochuelo a su olivo, me digo yo, que mañana hay que currar. Ningún incidente.

Marcho dando un paseíto a mi hotel para ver si me despejo porque no soy capaz de pensar con claridad. Me voy más confusa que cuando vine. Mi pregunta preferida sigue sin respuesta ¿y ahora qué?

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Letizia Prieto

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