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lunes 25 septiembre 2017

Opinión

Entre los recortes y los lazos rosas

Testimonio de una afectada de cáncer de mama a propósito de la última película de Julio Medem
La protagonista, interpretada por Penélope Cruz, es una maestra en paro

08 septiembre 2015
13:05
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Entre los recortes y los lazos rosas
Penelope Cruz interpreta a Magda, una maestra en paro con cáncer de mama. LA MAREA

Artículo incluido en el nº 30 de La Marea

Fue mi prima la que me avisó. Nos llamamos igual y por eso solemos decir que lo nuestro no es genético, sencillamente la combinación de nuestro nombre y primer apellido está gafada. “Mira el trailer de la película de Penélope Cruz“, decía su mensaje. Cuando lo hice, algo me sacudió. La escena en que la protagonista entra en la máquina que afinará su diagnóstico me teletransportó a mi primera resonancia magnética. No estaba preparada para el viaje que se inició en aquella especie de ovni, no conozco a nadie que lo esté. Sólo sé que si me hubieran hecho la prueba antes, en vez de marearme durante diez meses en los que visité a dos médicos en la Seguridad Social y a otros dos privados, todo hubiera sido más sencillo.

Durante ese tiempo, mi presunto quiste creció sin parar. También se inflamó un ganglio de la axila. Cuando se lo comenté al médico, le restó importancia y me dijo que lo más seguro era que cuando me hicieran la ecografía pertinente ya hubiera desaparecido. “Va a ser lo que vulgarmente se llama un ‘golondrino'”, pronosticó. Y me fui a casa tranquila porque entonces no era nada aprensiva y, además, me hizo gracia aquella palabra que sólo oía en el pueblo.

Las listas de espera no son nada nuevo en este país, pero los recortes en la Sanidad pública las han hecho intolerables. A los cinco meses de conocer mi diagnóstico, en marzo de 2011, escribí una carta pública, indignada por la batería de recortes que acababa de anunciar la Generalitat catalana. El conseller de Salut y ex jefe de la patronal, Boi Ruiz, decidía cerrar los quirófanos por las tardes, además de eliminar el compromiso de que nadie tuviese que esperar más de 180 días para ser operado, entre otras medidas. En ese momento, estaba convencida de que a mí ya no me afectarían; de repente parecía llevar escrita la palabra “urgente” en toda la cara y mis pruebas se realizaban de manera casi inmediata. Eso acojona, si me permiten la expresión.

Mi cáncer era localmente avanzado, estadío 3. Al principio me dijeron 2, pero el ovni dictó sentencia. El aumento de graduación no me pareció grave, en mi ignorancia creía que la escala era del 1 al 10. Luego supe que sólo llegaba al 4. Nadie nos educa para tomar decisiones informadas sobre un tema tan complejo como el cáncer.

Cuando la noticia te golpea en la cabeza como un gong, estás dispuesta a decir sí a todo. ¿Qué tienen que extirparme? Lo que haga falta. ¿Qué cantidad de órganos vitales necesito para seguir siendo yo? Pueden quedarse con el resto. En ese momento se anula tu capacidad crítica y compras el lote entero: quimioterapia, intervención quirúrgica, radioterapia, hormonoterapia…

Por suerte, tuve cierta lucidez y dinero suficiente para paliar los efectos de un tratamiento cuya agresividad está siendo cada vez más cuestionada por algunos especialistas. Me apunté a sevillanas, a francés, a la UOC. Fui a fisioterapia y a psicoterapia, y encontré una dietista especializada en oncología que me atiborró de espirulinas, de cardo mariano, de papayas, de ciruelas umeboshi… No vomité una sola vez durante aquellos seis primeros meses, pero no siempre escapé a ese efecto de la quimioterapia por el cual muchas de nosotras confundimos las palabras. Fue memorable el día en que a mi doctora la llamé “hamburguesa”, creo que me pasé con las algas.

Males menores

También me equivoqué con los recortes. Finalmente me alcanzaron, aunque por suerte no afectaron a mi curación. Me limitaré a poner un ejemplo menor. Un día de septiembre de 2011, después de pasar más de tres horas esperando un control de radioterapia, una enfermera me preguntó si me importaba irme a casa y volver otra mañana, porque la doctora no daba abasto. Eran más de las tres del mediodía y varios pacientes estábamos de pie porque no había suficientes asientos. Buscó entre todos los cancerosos de la sala aquellos con mejor aspecto para pedirnos el “favor”. Eso me dijo, muerta de vergüenza.

Estos días he intentado que los responsables de prensa de uno de los distintos hospitales que me atendieron me explicaran cómo habían afectado los recortes a los servicios de oncología en los últimos años, pero no ha habido manera. Es más, los responsables del departamento se sentían “dolidos” por mis preguntas, temían que quisiera atacar al centro o a sus profesionales. Pero nada más lejos de mi intención, sólo deseaba saber por qué hay mujeres esperando desde 2012 a que les hagan una reconstrucción mamaria o los últimos retoques, como tatuarles el pezón o un lipofilling. “Son muy pocos casos y muy antiguos, y casi todos proceden de otros centros”. Ésa es su única respuesta hasta ahora.

Más fácil es conversar con el personal sanitario directamente. Hace unas semanas, dos cirujanos de ese mismo centro hospitalario, uno de los más importantes de Cataluña, me confirmaron la demora. Una enfermera fue contudente: “Buena parte de la culpa de lo que está pasando la tenéis vosotros, la prensa, que habéis permitido que los políticos se vayan sin contestar y que os hablen desde un plasma”.

De momento, ella sigue diciendo a aquellas pacientes que optan por una reconstrucción –una decisión tan válida como la de quienes prefieren no hacerlo a pesar de la presión social por la cual una mujer sin pecho es una anomalía– que seis meses después de la operación las llamarán para concluir el proceso. Aclara que lo hace “por inercia”. Antes sólo esperaban cuatro, lo recomendable en estos casos.

Cuando Julio Medem le dio el espaldarazo definitivo a su vieja idea de contar la historia de una mujer con cáncer de mama embarazada, “en los periódicos se podía leer, en el mismo día, que España llegaba a una nueva final [futbolística] y a la vez estaba a punto del rescate económico, en bancarrota”, responde el director de Ma-má a través de un correo electrónico. “Entonces actualicé la versión que escribí en 2007 desde ahí, desde esa España y esa situación tan fuerte. Y evidentemente aparece la crisis: ella es maestra en paro, los recortes en el sector sanitario, las listas de espera…”.

Medem ha sabido captarlo: hace frío. Cuando te dicen que tienes cáncer de repente hace mucho frío y, como en aquella otra película, el aire se vuelve azul oscuro casi negro… Nada que ver con el rosa de los lacitos con los que cada 19 de octubre intentan convencernos de que la sociedad entera se preocupa por nosotras. Desde los vendedores de teléfonos móviles y aguas embotelladas, hasta las glamurosas modelos que posan con pañuelos perfectamente anudados pasando por los políticos que privatizan los servicios públicos al mejor postor. Pero debemos sentirnos afortunadas. Nosotras tenemos lacito, con ese color tan dulce que nos asignan desde que descubren que somos bebés-hembra y nos adoctrinan para convertirnos en mujeres que deben sacrificarse para que sus tetas luzcan jóvenes y simétricas a cualquier edad.

Entre el fútbol y la bancarrota

La antropóloga Ana Porroche-Escudero describía así “la violencia de la cultura rosa” en un artículo publicado en el periódico Diagonal el pasado abril: “Se supone que contribuimos a esta causa al comprar camisetas, lacitos y todo tipo de productos rosas de lo más diverso, o participando en multitud de eventos benéficos. Con el objetivo de esta ‘concienciación colectiva’ se ha generado un ambiente festivo y un interés público sin precedentes en el ámbito de la salud. El problema principal es que el término ‘concienciación’ se ha despolitizado, lo que tiene consecuencias gravísimas […]. Como consecuencia de esta despolitización, cualquier tipo de crítica al modelo actual es rápidamente acusada de ‘poco ética e inmoral’ y de ir en contra de los intereses de las mujeres”.

Sí, criticar esas campañas está muy mal visto, pareces una ingrata.  Por supuesto, hay que distinguir entre las fiestas organizadas por colectivos pequeños, movidos exclusivamente por la solidaridad, y las macrocampañas patrocinadas por multinacionales con intereses comerciales en el “sector” más que evidentes. Pero, seamos sinceras, ni unas ni otras son demasiado útiles. Ni para ti ni para las que nos seguirán, como mi prima. Ella ingresó en el club hace casi tres años. Tenía 36.

La imagen que estas celebraciones ofrecen del cáncer es falsa. La estética de salvaslip inodoro minimiza el dolor, el peligro… Y potencia la idea de que las afectadas debemos “ser positivas” –como criticaba la periodista Barbara Ehrenreich en su libro Sonríe o muere–, y sentirnos afortunadas porque nos ha tocado el “fácil”. Eso suelen decirnos. “Hoy casi todas se salvan”, te sueltan, sin saber que la única palabra que vas a retener de semejante estupidez es “casi”. Y quizá seguirás dándole vueltas por la noche cuando te acuestes y analices a oscuras el tamaño del tumor que puedes tocar con tu mano –sí, no es una película, está ahí–, con la esperanza de que sea menor que la última vez que te enchufaron a un montón de esas bolsas de líquidos que lo matan todo, lo malo y lo bueno.

Tengo una foto de la primera que me inyectaron. “Magdalena”, habían escrito con un rotulador. Por supuesto, esas imágenes no interesan a nadie, no son estéticas y nunca salen en las campañas rosas. No hay espacio para las caras hinchadas por el tratamiento, ni para esas mujeres mayores que ya no interesan a nadie, ni con tetas ni sin ellas, esos casos “antiguos” que se quedan incrustrados en las listas de espera.

Cuando me dieron el diagnóstico me dijeron “positivo, positivo”. Sonaba bien, pero en realidad querían decir que tanto las células del pecho como las de la axila eran malignas. “Jodido, jodido”, ésa era la traducción. Lo acepté en seguida. No sentí rabia. Recordaba perfectamente aquella noticia que oí de adolescente: “Una de cada diez mujeres sufrirá un cáncer de mama”. Ese día me paré a contar cuántas vivíamos en mi edificio. ¿A quién le tocará? Hoy la maldita lotería afecta ya a una de cada ocho de nosotras. Por eso, lo peor de las campañas rosas es que no plantean una sola pregunta.

La cuestión no debe ser nunca ¿por qué a mí?, sino ¿por qué a tantas? ¿Cuáles son las causas? ¿Nos sobrediagnostican, nos sobremedican, nos sobreprotegen? ¿Hasta cuándo vamos a permitir que nuestros responsables políticos cancelen proyectos de investigación? ¿Hablamos de productos tóxicos, de jornadas extenuantes, de contaminación? En definitiva, del sistema. Lo siento, la rabia me está saliendo ahora, de repente.

Para contestar a algunas de esas preguntas, tenía previsto publicar dentro de unos meses un reportaje en La Marea lleno de gráficos de esos que nos gustan tanto. Cambié de idea cuando busqué la sinopsis de Ma-má. En seguida telefoneé a mi prima: “¿Sabes cómo se llama la protagonista?” “Sí, claro, es muy fuerte”, me dijo. Ese día su hija tenía poco más de un mes. Nació completamente sana y preciosa el pasado julio, y no para de mamar. Su nombre es Emma.

Magda Bandera

Magda Bandera

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