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domingo 18 febrero 2018

Opinión

¿Eres el trabajador ideal?

“En aras de la productividad, la rentabilidad y la competitividad, asistimos al desmantelamiento de nuestro sistema de afectos, apego y arraigo familiar”, denuncia el autor

<em>¿Eres el trabajador ideal?</em>

Dinámico, moderno, entusiasta, polivalente, políglota, sabes manejar las nuevas tecnologías y te conformas con poco. Disponibilidad inmediata y constante para vivir en cualquier ciudad y trabajar en cualquier horario, las 24 horas al día, los siete días de la semana. Han conseguido que aceptes la épica del lobo solitario, del francotirador que, aislado en una torre, sobrevive como puede. No tienes raíces y, si las tenías, las has perdido. Nada te ata, ni familia ni propiedades. Eres la trabajadora ideal. Dinámica y moderna. Flexible. Tan flexible como el mercado laboral. Eres la contorsionista de los derechos laborales.

Te pareces a los protagonistas de tantas series y películas estadounidenses. Esos que nunca cierran el coche con llave y que cambian de ciudad y de trabajo constantemente, a los que –en mitad de la emocionante trama– nunca les llaman por teléfono sus familiares.

La tecnología te ha subyugado, y a ratos, te crees un privilegiado por disfrutar de los últimos adelantos tecnológicos. Estás orgullosa de tu perfecta aculturación al capitalismo postindustrial.

¿Aculturación? ¿Eso qué es? “Aculturación se refiere al resultado de un proceso en el cual una persona o un grupo de ellas adquieren una nueva cultura (o aspectos de la misma), generalmente a expensas de la cultura propia y de forma involuntaria”, dice la Wikipedia. Esa nueva cultura es laboral y se ha impuesto como se imponen los imperios: por la fuerza, explícita o implícita (agresión o extorsión).

Eso es, exactamente, lo que nos ha pasado. El capitalismo salvaje ha tenido que imponérsenos a la fuerza porque choca contra nuestro concepto occidental de ciudadanía (un concepto que viene de la Antigua Roma, un concepto –para horror de Merkel y de los Chicago boys– mediterráneo y católico, en el sentido etimológico de la palabra católico: o sea, universal). El modo de vida de la Europa mediterránea no es competitivo.

No es la primera vez que lo escribo. En aras de la productividad, la rentabilidad y la competitividad, asistimos al desmantelamiento de nuestro sistema de afectos, apego y arraigo familiar. El aislamiento social está en alza. Se exalta la vida urbana como sinónimo de libertad, individualismo y anonimato (y no como lo que debería ser: colectividad, proximidad, cooperación y vecindad). Se manipula nuestra conducta y nuestra voluntad mediante la potenciación de comportamientos narcisistas, el bombardeo aspiracional de la publicidad y la economía de la frustración.

Tu poco tiempo de ocio ha sido convertido en tiempo de consumo (de hecho se persiguen y castigan las iniciativas de ocio no consumista). El sistema de entretenimiento está diseñado para el control de tu conducta y orientarla a los objetivos anteriores (la diversión sólo se entiende en el sentido de distracción o evasión).

El poco dinero del que dispones lo inviertes en comprarte artefactos (fabricados por esclavos) que te permitirán trabajar más flexiblemente y distraerte mejor. Te crees libre, porque puedes elegir qué comprar (aunque no puedas elegir no comprar) y piensas que nada te ata. El círculo se cierra. Enhorabuena. Eres el trabajador ideal.

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Toño Fraguas

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LM57 – Febrero 2018

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