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miércoles 20 septiembre 2017

Cultura

Más sorprendente que la ficción

En los últimos meses, diversas editoriales han editado o reeditado autobiografías y libros de memorias

<em>Más sorprendente que la ficción</em>

Artículo publicado en el nº 24 de La Marea, que puedes conseguir aquí

Un hombre espera a que suene una cabina telefónica. Impaciente, su mente recorre adelante y atrás los últimos acontecimientos. El timbre suena por fin. Le anuncian una muerte. Huye. Aún no lo sabe, pero todo acaba de cambiar.

Esta escena podría ser el comienzo de una película. Sin embargo, el fotograma no se ha proyectado en una pantalla: pasa por la memoria de Bill Ayers, que lo recoge en su autobiografía Días de fuga, recientemente publicada en castellano por la editorial Hoja de Lata. El libro —que lleva por subtítulo Memorias de un activista contra la guerra de Vietnam— es una de las diversas apuestas editoriales que en los últimos meses han traído a las librerías el recuerdo en primera persona de vidas que, desde su singularidad, dan medida de diferentes tiempos, lugares, procesos históricos.

Los ‘70 americanos, en clave personal

Desde que nació —primera de sus aventuras, un relato de tono casi bíblico que su familia sigue recordando— hasta nuestros días —cuando sigue recorriendo el mundo de la mano del activismo y la literatura—, Bill Ayers se ha forjado una biografía paradigmática de las corrientes más subversivas de su generación. Con el lema de que “no necesitas al hombre del tiempo para decirte en qué dirección sopla el viento”, fue uno de los fundadores de “The Weather Underground”, una guerrilla urbana que luchó contra el conflicto del sudeste asiático con una mezcla de bombas, palabras lúcidas y amor libre.

“La historia que sigue es solo una versión de los hechos, un libro de memorias, no un intento de transcripción fiel de los acontecimientos” —comienza apuntando—. “Es, por tanto, una narración sin pretensión alguna de convertirse en la historia oficial”. Todo lo contrario, más bien: frente a una historia oficial que a menudo olvida a la gran mayoría de sus protagonistas, quien elige contar lo vivido desde su experiencia y cuerpo es a menudo una voz que contesta, con complejidad, al relato oficial.

En el caso de los Estados Unidos de esos agitados años 70, son muchos los testimonios desde los márgenes que han quedado escritos. Una de las facetas más contadas de esta Historia reciente es la lucha contra la segregación racial. El año pasado se publicaba en castellano Una autobiografía (Capitán Swing), de Assata Shakur, integrante del grupo revolucionario Panteras Negras. Una visión personal y reflexiva que, como en el caso de Ayers, recuerda al ir desgranando años y anécdotas que ninguna ideología está desligada de la experiencia y el contexto.

Memoria encarnada de la guerra española

Cuando se consignan en los libros de Historia, sin embargo, los acontecimientos pierden su carga de vida. Se convierten en relatos fósiles, en los que resulta difícil identificar el factor humano y recordar que son personas como otras cualesquiera (con sus debilidades y sus decisiones) quienes construyen lo que después será recordado como irrevocable.

Así, la guerra civil española ha sido narrada cientos de veces, pero no tantas han logrado escapar de los personajes tipo y de los discursos fijados. Mi guerra de España, reeditado hace unos meses por el colectivo Cambalache, sí es un libro que escapa a este riesgo. Se trata de la autobiografía de Mika Etchebéhère, una mujer argentina que “vino a buscar en España lo que creímos hallar en Berlín en el mes de octubre de 1932: la voluntad de la clase obrera de luchar contra las fuerzas de la reacción que se volcaban en el fascismo” y que llegó a ser capitana de una columna de milicianos del POUM.

El momento en el que arranca su libro es uno muy temprano, en el que la guerra no era apenas tal, sino un juego de estrategia y fuerza entre milicias revolucionarias en que las armas las proveían los partidos y los combatientes se encontraban entre sí en una hermandad sostenida por los ideales compartidos y el enemigo común. Pero a medida que las páginas avanzan, la muerte y los intereses van tiñendo un relato que, entre otras cosas, plantea también un desafío también a la memoria de la izquierda. Expresando sus contradicciones y dificultades, en un relato profunda aunque quizá inintencionadamente feminista, Mika pone en juego la pregunta por las bases de la autoridad, la pregunta por cómo aplicar la coherencia, la pregunta por la razón de la escritura.

En el subgénero de memorias de mujeres combatientes, otras cuantas novedades se unen a esta. Recientemente se han editado o reeditado también, por ejemplo, las autobiografías de Leticia Herrera (Guerrillera, mujer y comandante de la Revolución Sandinista, Icaria Editorial) o de la histórica anarquista Emma Goldman (Viviendo mi vida, Capitán Swing). Por el mero hecho de ser mujeres, su visión de las luchas aporta en todos los casos una perspectiva que pocas veces ha salido a la luz.

Vidas perras contadas con belleza

Pero si todas estas autobiografías merecen especial atención, no es solo por su valor como testimonios, sino también en tanto se trata de obras de excelente literatura. Con la escritura cuidada de quienes se lo juegan todo en ella y un admirable sentido de qué es lo que hay que contar para transmitir un tiempo y un mundo, estos libros de memorias destilan la experiencia y la convierten en belleza.

Este componente resulta particularmente claro en las autobiografías de artistas, un subgénero especialmente atractivo en cuanto nos permite hacer de voyeurs del camino de personas a las que conocemos por sus obras. Ocurre así con las autobiografías de escritores como Anaïs Nin (Diarios, Siruela), Mahmud Darwix (Presencia de la ausencia, Pre-textos) o Lillian Hellman (Una mujer con atributos, Lumen) o de cineastas como Werner Herzog (Conquista de lo inútil, Blackie Books) o Dziga Vertov (Memorias de un cineasta bolchevique, Capitán Swing).

Entre las reediciones recientes de este tipo cabe celebrar la de la trilogía completa de memorias del escritor marroquí Mohammed Chukri (El pan a secas, Tiempo de errores y Rostros, amores, maldiciones), que ha rescatado Cabaret Voltaire, renovando su traducción. De la picaresca de sobrevivir como niño de la calle en el Marruecos del Protectorado al extraño glamour de ser un artista en el Tánger internacional: Chukri cuenta sin pudor una vida de crudeza que desmiente la imagen dulcificada que ha querido darse del tiempo en que España fue potencia colonial en el país vecino. La delicadeza de su escritura no oculta la violencia y miseria que marcó su vida.

Ese es el mérito de estos libros: poner la propia vida sobre la mesa para mandar a otros lugares y otros tiempos una especie de carta. Una carta que nos recuerda que las vidas posibles pueden ser tan diversas como propicien las circunstancias y permita la valentía. Y, a menudo, más sorprendentemente novelescas de lo que lograría tramar la imaginación de ningún narrador.

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Laura Casielles

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