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Sociedad

Santiago Cirugeda: “Construir es un ejercicio colectivo”

El arquitecto sevillano propone que la ciudadanía busque sus propias soluciones ante la falta de equipamientos y apuesta por aprovechar los edificios inacabados

02 marzo 2015
11:55
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Santiago Cirugeda: “Construir es un ejercicio colectivo”
Santiago Cirugeda, en el patio de la Escuela Superior de Diseño de Madrid, el pasado diciembre. FERNANDO SÁNCHEZ

Artículo publicado en el número de febrero de La Marea, que puedes adquirir en nuestra tienda virtual

Hartas de que sus hijos almuercen cada día en la biblioteca del colegio en turnos que se alargan hasta horas más propias de merendar, un grupo de madres de Dos Hermanas decidió recurrir a Santiago Cirugeda (Sevilla, 1971). Y su paisano, que lleva más de una década proponiendo “recetas urbanas” para problemas arquitectónicos de todo pelaje, les dio la solución: autoconstruir el comedor con material reciclado. Las obras empezarán en marzo y en ella participarán 70 personas de todas las edades. Algunas pondrán ventanas y otras cocinarán. “Lo importante es que cada miembro del colectivo se comprometa, con habilidades o con tiempo”, explica este arquitecto, galardonado recientemente en Londres con los premios International Fellows de la RIBA.

La misma “receta” está aplicando Cirugeda en la Escuela Superior de Diseño de Madrid. Cuando Alberto Ruiz-Gallardón era alcalde de esa ciudad, le encargó el proyecto de varios estudios para que los alumnos pudieran desarrollar sus primeros trabajos profesionales. Pero la propuesta fue finalmente modificada y aquellos espacios son hoy viveros de empresas. Durante años, el centro ha exigido una alternativa a la administración. Ante la falta de respuesta, la actual directora pidió ayuda a Cirugeda. El pasado diciembre ambos celebraban junto a un entusiasmado grupo de estudiantes convertidos en autoconstructores que estaban a punto de finalizar dos aulas y una biblioteca.

¿Tienen permiso? La pregunta no preocupa a Cirugeda, especializado en “alternar negociaciones políticas con ejercicios de alegalidad urbana”, tal como explica en la web de su estudio. “¿Qué vamos a hacer? Iniciamos proyectos sin licencia porque hay que aprovechar los momentos de magia en los que todo el mundo ve claro que ‘es ahora’. Los ritmos de la burocracia son distintos”, argumenta.

En las obras de la Escuela de Diseño, la magia se potenció con música y unas migas extremeñas preparadas en el mismo patio. “Construir es un ejercicio colectivo, y tiene que ser bonito para la comunidad, debe haber una recompensa. La gente no puede frustarse porque haya complejidades, tiene que disfrutar. Y si algo queda torcido, no pasa nada”. Su propuesta no tiene nada que ver con el Do it yourself que fomenta la sociedad capitalista. “Es un ‘hazlo tú mismo’ desde la pluralidad”, compara. “En la autoconstrucción te quitas la parte empresarial. Nadie dice que esto deba ser un negocio. A veces, es más bien un ejercicio político y personal, una excusa. Cuando fabricas dos aulas de las seis que se necesitan, puede suceder que a algún concejal le dé vergüenza que las hagan los alumnos y acabe levantando las que faltan”.

El planteamiento de su equipo es, en esencia, político y subversivo. “Cuando trabajamos con colectivos sociales en situaciones de mucha precariedad o abandono, no hay problema. Pero cuando sustituimos a las administraciones, como en el caso del comedor o las aulas, empiezan los cabreos. Intentan paralizarnos y echan mano de reglamentos. Los técnicos se ofenden y dicen que de ninguna manera van a firmar una licencia porque no entienden que la gente deba hacer las obras. Yo tampoco –asegura el arquitecto–, pero no se puede estar esperando durante años soluciones que no llegan. Lo que deberían hacer las administraciones públicas es crear protocolos para que la gente pueda aportar y corresponsabilizarse. Pero no les gusta darles ese protagonismo”.

Reutilizar materiales de otras obras

Cirugeda dice que ha cambiado de estrategia. Atrás quedan los años en que buscaba recovecos legales para inventar viviendas en contenedores o en los terrados de los edificios. “Era un ejercicio de investigacion. Hoy me sirve como herramienta, pero no como objetivo. Siempre he sido muy macarra, pero ahora, no sé si será la edad, creo que debemos darle una oportunidad a la administración pública”, asegura, y parece convencido de su razonamiento. Poco después, bromea recordando el tira y afloja que ha mantenido para que le cedieran los materiales empleados en el proyecto BCN.RESET, una serie de instalaciones artísticas promovidas por el Ayuntamiento de Barcelona el año pasado con motivo de los actos de conmemoración de 1714. “Es una obligación reciclarlos, porque han costado miles de euros de dinero público. No se pueden tirar a la basura, hacerlo sería denunciable”, añade. Los restos de las exposiciones servirán ahora para proyectos de autoconstrucción de distintos colectivos.

El estudio Recetas Urbanas comenzó su andadura durante el boom inmobiliario. “Es curioso, pero hasta el año pasado nunca me había pedido trabajo un español, sólo extranjeros. Mis compañeros de carrera se ganaban muy bien la vida. Me decían ‘Santi, ¿cómo nos vamos a meter a hacer cuatro tonterías, si estamos con 300 viviendas?'”, recuerda. Esa época pasó y ahora las prioridades son distintas. Ya no hay que diseñar casas asequibles, sino recuperar las que se han quedado a medias. Su equipo ha empezado a hablar con banqueros. “Estamos viendo cómo finalizar los edificios inacabados mediante autoconstrucción, aprovechando que ya tienen la estructura hecha, que es lo más difícil. En esos casos, sólo hay que hacer los cerramientos, algo al alcance de cualquiera. Y el trabajo realizado podría compensar la falta de crédito que tenga la gente que los complete. Se cedería el derecho de uso, no la propiedad”, dice, con la misma naturalidad que emplea para explicarle a los concejales con los que suele pelearse que dejen de obsesionarse con detalles como si las ventanas que usa son homologadas o no. En la Escuela de Diseño, algunas las ha traído una alumna y encajan muy bien.

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