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viernes 16 noviembre 2018

LA UNI EN LA CALLE

Sesgos sexistas en ciencia y tecnología

“La ciencia debe ser pionera en la construcción paritaria del conocimiento y contribuir a la superación de dicotomías tradicionales”, defiende la autora

<em>Sesgos sexistas en ciencia y tecnología</em>
Un laboratorio de reproducción asistida.

Las mujeres, durante siglos y milenios, han tenido vetado el acceso al saber institucionalizado y a los derechos más fundamentales. Siempre han estado relegadas y han sido acusadas cuando han tratado de participar en el acceso al conocimiento, lo que pagaron incluso con sus vidas. Hubo mujeres de ciencia, que ponían en práctica conocimientos heredados sobre plantas medicinales, salud, ungüentos caseros, obstetricia, justicia y otros aspectos, y llegaron a tener reputación y relevancia en sus comunidades. Sin embargo ello provocó que fueran torturadas y quemadas. El acceso al conocimiento fue una de las causas de la masacre de miles de mujeres “sabias”.

Con la institucionalización de las ciencias y el nacimiento de las universidades europeas se continuó e institucionalizó esta expulsión. El carácter netamente masculino y clerical de la universidad dió legitimidad a su exclusión de todo el sistema de enseñanza, de la alfabetización, de las universidades y de las academias científicas. Dicho carácter perdura, de formas distintas, en el siglo XXI.

Hace apenas cien años se eliminaron las barreras administrativas que impedían el acceso de las mujeres a la universidad. En los primeros decenios sólo algunas acceden a los estudios universitarios. Es en los años treinta cuando se escolariza a niñas de forma más generalizada. El marco legislativo que aprueba por vez primera la igualdad entre hombre y mujeres no tiene mas de 30 ó 40 años, dependiendo de cada país. En España, fue en la Constitución de 1978 donde se promulgó, por vez primera, la igualdad de derechos de hombres y mujeres, que terminó con una situación de segregación y exclusión severísima en todos los contextos, con la salvedad del período de la Segunda República, que de forma tan honrosa como breve, implantó importantes medidas para contribuir a derruir la desigualdad. En nuestro país, 1978 significó la supresión de la discriminación explícita, desapareciendo del marco legislativo las innumerables leyes que impedían a las mujeres el acceso a la mayoría de las profesiones, que eran reservadas sólo para los hombres. Le siguieron varios avances legislativos: un hito extraordinario fue la aprobación de la Ley para la igualdad entre mujeres y hombres de 2007, que incluye a la universidad y a la investigación y prescribe acciones para los planes de estudios, los proyectos de investigación y otros muchos aspectos.

En la actualidad, la discriminación por razón de sexo no existe, de un modo explícito, en las instituciones científico-tecnológicas occidentales, siendo esta abolición muy reciente. Sin embargo, todavía existen numerosos sesgos y discriminaciones de género. Las mujeres, en la actualidad, acceden a los más altos niveles educativos y presentan un elevado nivel formativo. Sin embargo, la presencia de la mujer es evidentemente decreciente a medida que se sube en la estructura de decisión y poder. Es a partir de la formación posdoctoral cuando se evidencian los niveles ascendentes de segregación, ya que con un elevado nivel de preparación y cualificación quedan muy relegadas de los cargos académicos, a pesar de que no hay diferencia de producción científica entre hombres y mujeres, y que el paradigma fisiologista, que avalaba la inferioridad de la mujer, quedó ya superado.

Todavía, existen sesgos de exclusión en el acceso a los estudios y a los conocimiento, lo que necesariamente repercute en la perspectiva y en contenidos de las ciencias y de los significados. La exclusiva mirada masculina, al mundo del conocimiento y a la experimentación ha reportado en la historia de la ciencia una fuente de prejuicios de género en la producción de conocimiento. El entramado de la ciencia tiene sesgos sexistas y androcéntricos, en teorías y prácticas tecnocientíficas específicas. Ya no se trata únicamente de reformar las instituciones y de alfabetizar en ciencia y tecnología a las mujeres, sino también de reformar la propia ciencia, pues el sexismo ha impregnado y caracterizado el quehacer científico.

La tradicional exclusión femenina ha tenido incidencia en la organización y contenido mismo de la empresa científico-tecnológica, de forma tal que la epistemología posmoderna pasa por revisar y poner de manifiesto que se ha de incluir, de forma necesaria, la perspectiva femenina. Se plantea el deconstruccionismo epistemológico, que pone en duda la posibilidad de la ciencia de representar la realidad de forma unívoca, precisa y objetiva. Además, el paradigma patriarcal ha subsumido todos los contenidos científicos, por lo que la historia de la ciencia ha estado marcada por la suplementación, instaurando en los contenidos un suplemento para reforzar lo que ha sido representado de forma incompleta.

La ciencia, inmersa en todos sus aspectos en una sociedad cuyas barreras continúan con la discriminación por sexo, con fronteras segregadoras siempre inventadas, que implican la construcción de un orden de representación simbólico, es constitutiva de las bases principales sobre las que se asientan los valores sociales. Debe ser, por tanto, pionera en la construcción paritaria del conocimiento y contribuir a la superación de dicotomías tradicionales, que tantas desigualdades e injusticias han generado y siguen generando.

A pesar de que se ha avanzado mucho en igualdad en el siglo XX, siglo que pasará a la historia como el siglo de las mujeres, sin embargo falta por alcanzarse la igualdad en muchos contextos, y también en los contenidos científicos. La tozuda perdurabilidad de planteamientos de exclusión, segregacionistas y sexistas como los que han sustentado toda la historia la ciencia es una pérdida primordial con graves consecuencias teóricas, que operan contra un adecuado y mayor desarrollo de los potenciales tecnológicos y científicos.

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Rosa San Segundo es Profesora catedrática de la Universidad Carlos III de Madrid, especializada en Sistemas de Clasificación y Organización del Conocimiento. Directora del Instituto de Estudios de Género de la Universidad Carlos III. Es presidenta del capítulo español ISKO (International Society for Knowledge Organisationd). Trabaja por la Igualdad y contra la violencia de género, es presidenta de AUVIM (Asociación universitaria contra la violencia machista), pertenece a las Juntas directivas de la Plataforma Española del voluntariado, Federación de Asociaciones de mujeres separadas y divorciadas, Federación de Mujeres Progresistas y CELEM Coordinadora Española del Lobby
Europeo de Mujeres.

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