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miércoles 12 diciembre 2018

Opinión

Muere el padre Pajares, ¿y ahora qué?

El gobierno de la Comunidad de Madrid debe aclarar si sigue adelante con su plan de desmantelar las salas de presión negativa del Hospital Carlos III

<em>Muere el padre Pajares, ¿y ahora qué?</em>
Fachada del Hospital Carlos III.

El sacerdote Miguel Pajares ha fallecido este martes en el Hospital Carlos III de Madrid. Pese a recibir el tratamiento experimental y contar con las mejores atenciones en la planta de este hospital, su cuerpo, afectado por otras enfermedades, no ha podido aguantar más.

La llegada del misionero desde el hospital de Monrovia (Liberia) supuso un problema para el sistema sanitario español y madrileño. Antes de que el avión aterrizase, el Ministerio de Sanidad informaba de que había varios hospitales preparados en España. La consejería madrileña tiraba balones fuera diciendo que no tenían conocimiento de que fuese a acudir a uno de sus centros. La ministra Ana Mato no daba la cara para no tener que mentir o perderse en explicaciones que complicasen más el asunto.

¿Por qué tanto ocultismo? ¿Por qué no se estableció un protocolo de asistencia de forma inmediata? Sencillamente porque no lo había. El problema de raíz es que, meses antes, los recortes se habían llevado por delante la sexta planta del que hasta entonces era “centro de referencia para determinadas enfermedades”, entre ellas el ébola.

La planificación de la Consejería de Sanidad madrileña había llevado la unidad del Carlos III al hospital La Paz, un macrocomplejo hospitalario sin las salas necesarias para atender a este tipo de enfermos. Es decir, a la llegada del misionero a Madrid contaba con un centro de referencia sin instalaciones e infraestructuras, y con una planta vacía con las infraestructuras necesarias. Un despropósito.

Y, por si esto fuera poco, los enfermeros preparados para asistir a Miguel Pajares vagaban por las plantas del Hospital La Paz atendiendo a enfermos crónicos o cambiando vías en Urgencias. El personal de este centro tuvo que conformarse con un improvisado taller sobre cómo actuar y poco más. Había que atender al paciente, rápido y con imágenes de profesionales ataviados con grandes uniformes que diesen la sensación de seguridad.

Finalmente, Pajares fue ingresado en el Carlos III, en la sexta planta, que se limpió en un tiempo récord y gracias a que a alguna mente (que no debe de ocupar un alto grado en el escalafón de la consejería) se le ocurrió que era un despropósito trasladarle a un hospital tan grande como La Paz.

De hecho, el traslado en sí fue un problema, algunos enfermeros de La Paz denuncian que ellos mismos tuvieron que llevar material en sus propios vehículos desde su hospital hasta el Carlos III. También aseguran que hubo presiones, la precariedad laboral se presta a ello, por parte de la gerencia para que el personal no se pudiese negar a ir al Carlos III, pese a que desconfiasen de una administración que les había dado sobradas muestras de su incompetencia.

Todo esto ya ha pasado, y debería servir como lección para futuros casos. Lo cierto es que Madrid, ahora mismo, no está preparada para asumir una epidemia de un enfermedad parecida al ébola. En pleno desmantelamiento de la Sanidad, se empiezan a ver las verdaderas facturas de los recortes sanitarios. No son sólo números, hay algo más detrás. Cuando uno lee que “Madrid desmantela el Carlos III”, no se puede quedar en la anécdota o el dato. Este cierre, como se ha visto, tiene consecuencias en la salud pública.

El desmantelamiento total de las seis salas de presión negativa del Carlos III está previsto para septiembre. Si la Consejería no da marcha atrás, el problema podría agravarse. Para entonces, la ministra de Sanidad ya habrá vuelto de sus vacaciones en la costa. Si el desmantelamiento del hospital sigue adelante y es definitivo, será muy difícil una respuesta rápida, inmediata y activa ante un problema de salud pública. Quizás entonces sea demasiado tarde.

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Toni Martínez

Toni Martínez

1 comentario

  1. Verbarte
    Verbarte 13/08/2014, 14:33

    Saltan las alarmas cuando la muerte traspasa fronteras, cuando no admite control desde agencias y despachos, cuando sortea el color de la piel y los dígitos bancarios. Saltan las alarmas por el Ébola, las mismas que ante todos los virus padecidos por África no saltaron. El más dañino de ellos, el virus insolidario, sólo es capaz de transmitirlo el predador hombre blanco. Se impone salvar a los colonizadores y dejar de nuevo a su suerte a los pueblos africanos. http://wp.me/p2v1L3-yO

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