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sábado 24 febrero 2018

Opinión

Don’t be evil (lema de google)

Para Antonio Baños, sufrimos una nueva mutación de la alianza
entre redes y capital: La Multinacional Buenrollista

<em>Don’t be evil (lema de google)</em>
Parada de taxi en la estación de Atocha. F.S.

[Artículo publicado en el número 18 de La Marea, a la venta en quioscos y aquí]

Llegó la app y estalló la huelga. Quizá la primera huelga de humanos contra algoritmos, por ponernos en plan Philip K. Dick. Me estoy refiriendo, claro está, a la jornada de huelga que los taxistas de toda Europa emprendieron el pasado 11 de junio contra Uber, el último engendro del cibercapitalismo. Es éste un conflicto interesantísimo, porque prefigura, mejor, traza las líneas por donde nos va a asaltar la última mutación del 1%. El voraz y rampante Capitalismo Californiano (CC) Pero antes hagamos un poco de cronología.

La historia de las finanzas suele fijar en el 27 de octubre de 1986 (el llamado Big Bang’s day) la fecha del primer matrimonio entre el capital financiero circulante y
las redes informáticas. Eso supuso una aceleración desconocida del capital y la incorporación de ingentes masas de ahorro y planes de pensiones a la timba global. Al fenómeno se le conoció como “capitalismo popular”. Sí, ya sé, de traca.

Tras varias vicisitudes y pifias, llegamos a la crisis del 2007. La crisis del segundo capitalismo popular basado en burbujas inmobiliarias, de derivados y de deuda pública con el añadido de la incorporación de algoritmos y robots para exprimir el mercado financiero (la High Frequency Trade o HFT).

Pero ahora sufrimos una nueva mutación de esa alianza entre redes y capital con la introducción de una nueva concepción de empresa explotadora: La Multinacional Buenrollista. Lo han adivinado, me refiero al asalto del mundo real de Google, Amazon y otras tecnológicas a través (y ésta es la novedad) no del capital sino del trabajo.

En ese nuevo paradigma se encuadra Uber y similares. No se trata ya de acumular capital sino de modelar el mundo del trabajo y con él, la vida de todos nosotros. Paso uno: eufemismo. El CC necesita parecer que no es lo mismo que los políticos y banqueros de los que tradicionalmente somos títeres. También necesita decirnos que no es de derechas ni de izquierdas sino que son los de abajo contra los de arriba. De ahí su esfuerzo en prostituir un concepto totalmente noble y hacerse llamar “consumo colaborativo”. Su nombre real es más corto: precarización. O explotación si lo prefieren. Vamos a ver el ejemplo de Uber y el taxi. Un “colaborativo” debe pagar un 20% del dinero de la carrera a Uber, esto es Goldman Sachs, Google y Amazon. Empresas deslocalizadas que no pagan impuestos. Un taxista normal dedica ese 20% (simplificando) a impuestos destinados a un Estado que los localiza en forma de pensiones, escuelas o sanidad. Un viaje en taxi supone un contrato que garantiza la sobriedad y pericia del taxista, el seguro en caso de accidente, etc. El colaboracionista puede ir hasta las trancas de farla, desconocer la ciudad o pegarse un piño, que a ti, por colaborativo, nadie te asegura nada. En fin, la jungla. Dickens con iphone. Los juegos del hambre pero de verdad. Con Google mirando excitada cómo la gente desesperada se pega por una carrera, una cena o una inversión. (Mirando en sentido literal, Google ha comprado Dropcam, empresa de cámaras domésticas en la nube. Ya, mal rollo).

Este ‘capitalismo colaborativo’ ful traslada la lucha por el más apto, la competencia capitalista, de la empresa a la persona. Entre las múltiples ventajas del truco está la sumisión del particular a las reglas dominantes, la paranoia social y, claro está, impedir cualquier forma de organización sindical. Paradójicamente, ‘su’ consumo colaborativo abole la cooperación. Implanta eso que los gringos llaman ‘anarcocapitalismo’ en una nueva prostitución de términos. Como dijo el director ejecutivo de Airbnb, Brian Chesky: “Existen normas para las personas y normas para los negocios, pero ustedes son una nueva categoría –personas-negocios–”. Y, claro está, para esta nueva categoría no existe protección. Sólo las leyes que imponen nuestro nuevos y jóvenes explotadores en tejanos. Por eso Google ya cambió su lema en 2007. De su “no seas malvado” de los tiempos del garaje al nuevo e inquietante: “Búsquedas, publicidad y aplicaciones”. La diferencia que va entre querer cambiar el mundo y querer controlarlo.

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Antonio Baños

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2 comentarios

  1. Scoble
    Scoble 06/08/2014, 12:11

    No es por incordiar y esas cosas, pero ¿Esta no es una publicación “colaborativa”? Es que es un poco curioso que rajéis de lo mismo, y tal.

    Responder a este comentario
  2. trimaila
    trimaila 03/08/2014, 13:50

    Para profundizar en las claves de este asunto me gustaría recomendar un libro que actualmente estoy leyendo: “EGO. Las trampas del juego capitalista”, Ed. Ariel – Frank Schirrmacher (Co-Director “Conservador” de “Allgemeine Zeigtung”).
    IM-PRESCINDIBLE…

    Responder a este comentario

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