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miércoles 14 noviembre 2018

Opinión

La “condición postpopulista” y su ola (efímera)

Para el autor, lo que están viviendo los “partidos tradicionales” en los últimos años es la consecuencia de cómo la “condición postmoderna” ha creado las bases para que ahora se dé la “condición postpopulista” en la que nos hemos sumergido.

Entiendo por “condición postpopulista” la situación en la que la sociedad capitalista occidental se encuentra en la segunda década del siglo XXI como consecuencia de la crisis económica y los cambios sociales, tecnológicos y comunicacionales que habrían condicionado la “Política” entendida ésta en su acepción original griega de todo lo que tiene que ver con la “ciudad”, con la “cosa pública”, con nuestra ciudadanía y las preocupaciones de nuestro “yo social”. O lo que es lo mismo, la dialéctica que se estable entre nuestro sitio en el mundo y la de los otros individuos con los que convivimos día a día fuera de nuestro ámbito privado.

Los primeros intelectuales que comenzaron a vislumbrar estos cambios y la deriva que estaba tomando el Occidente libre y capitalista fueron los “filósofos postmodernistas” a partir de la publicación en 1979 de La condition postmoderne, de Jean-François Lyotard, en cuyo libro-informe se llegaba a la conclusión que se estaba avanzando hacia sociedades plurales y fragmentadas, hiperdindividualizadas y con valores postmaterialistas ya no basadas en la confianza ni en las instituciones tradicionales ni en los partidos políticos como organizaciones de masas.

En aquellos años, entre finales de la década de 1970 y principios de 1980, otro filósofo francés, Jean Baudrillard, conocido como “el profeta de la postmodernidad”, teorizaba que en esta sociedad occidental se estaba viviendo el fin de la representación política ya que, por el efecto sobre todo de los medios de comunicación audiovisuales, lo esencial ya no sería ser representativo sino “conectar”. El simulacro de la realidad sustituía a la misma realidad y esto tenía efectos funestos incluso para la ideología -como conjunto de valores y actitudes que determinan nuestra interpretación del mundo- reducida a la política-espectáculo y la personalización de un líder que “conecta” con nosotros.

La seducción ideológica –cuando ya no se piensa en clave de cambiar la realidad desde lo macro a lo micro sino como máximo de lo micro a lo macro- da paso a la seducción del simulacro que se alimentará posteriormente en los años 1990 y, sobre todo, a partir del nuevo milenio en la “sociedad red”, en la que vivimos, múltiples realidades y nuestra identidad se fragmenta hasta acabar viviendo en una hiperrealidad donde los conceptos de espacio y tiempo se fusionan en una actualidad permanente.

Jean Baudrillard acabaría por describir esta nueva sociedad en los artículos sobre “La Guerra del Golfo que no tuvo lugar”: la aceptación de la mentira a partir de una repetición efectivista, neutral, no representativa, espectacular, televisiva.

Lo que vendría pocos años más tarde con internet y las redes sociales lo ha acabado por desbordar.

¿Por qué hablo de “condición postpopulista”? La postmodernidad de las tres últimas décadas ha visto crecer la hegemonía ideológica del capitalismo y su versión neoliberal. Mientras las sociedades capitalistas occidentales siguieron creciendo, el modelo no se puso en cuestión, como tampoco los valores que inoculaban a los individuos (consumismo, pérdida del yo comunitario, desregulación, obsesión por mejorar nuestras condiciones de vida sin tener en cuenta cómo afectaba al conjunto de la sociedad…). No ha sido, sin embargo, una hegemonía absolutista ya que en paralelo han nacido nuevos movimientos sociales (alterglobalización, Okupa, antinuclear, ecologista) aunque en muchos casos siguiendo un objetivo de “idea única” y no de cambio global como habían defendido los grandes relatos del siglo XIX y XX (anarquismo, socialismo, comunismo, libaralismo).

En este contexto, la sociedad se ha hiperdindiviualizado, con las consecuencias a todos los niveles que ese cambio conlleva. Al estallar la crisis económica (y ahora ya estoy centrado en España) nos encontramos con unas clases populares –muchos de sus miembros con un estilo de vida de clase media- que sufren el castigo de los excesos a todos los niveles (de los políticos y las entidades bancarias al trabajador endeudado con una hipoteca, coche e incluso segunda residencia) y una clase media que pierde confianza al ver como los problemas derivados también le acaban afectando.

Cuando la clase media siente que la marea sube y que se ha quedado aislado sin tener margen para volver a la playa, la “condición postpopulista” se convierte en esa ola a la que se tiene que subir para surfear hasta llegar a tierra firme. O bien se surfea, o la alternativa es ahogarse o mantener las esperanzas del náufrago.

Lo que están viviendo los “partidos tradicionales” en España y en Cataluña en los últimos años -y que las pasada elecciones europeas ha visualizado con más fuerza para terror de todos ellos en el arco que va de la derecha del PP a la izquierda de IU- es la consecuencia, según mi intepretación, de cómo la “condición postmoderna” ha creado las bases para que ahora se dé la “condición postpopulista” en la que nos hemos sumergido. De esta nueva condición se saldrá únicamente si la situación económica mejora, especialmente para esa clase media que se había acostumbrado a vivir en el simulacro de formar parte de un país que era una de las potencias económicas mundiales, tal y como José Luis Rodríguez Zapatero –versión ibérica de la socialdemocracia aguada de Tony Blair- quiso vender poco antes de aceptar de que estábamos en crisis cuando aseguró que íbamos a superar a Italia y Francia en PIB.

El tsunami de la crisis ya ha golpeado a las clases populares y lo está haciendo, en los dos últimos años, a las clases medias, y esto ha creado las condiciones para que crezca un nuevo populismo muy de la postmodernidad heredero de la “cultura de la queja” del ciudadano de clase media que hasta ahora pagaba impuestos a regañadientes para mantener esta “pseudo sociedad del bienestar” española y que se ha instalado en la retórica del “ contra todo” pero sir acudir a los grandes relatos ideológicos, que han ido desapareciendo a partir de la caída del Muro de Berlín y de la gestión económica neoliberal llevada a cabo incluso por formaciones socialdemócratas como el PSOE de ZP.

Como resultado final han empezado a aparecer plataformas y movimientos (qué feos nombres) que, esquivando la palabra “partido político”, se presentan como reformadores y reformistas, regeneradores y regeneracionistas. Lo escribe Iñigo Errejón, responsable de la campaña electoral de “Podemos”, en el número de julio de Le Monde Diplomatique, en un artículo titulado “¿Qué es ‘Podemos’”?: “España atraviesa una crisis de régimen que es, en primer lugar, una fractura de los consensos y una desarticulación de las identidades tradicionales, y que existen las condiciones para que un discurso populista de izquierdas, que no se ubique en el reparto simbólico de posiciones del régimen, sino que busque crear otra dicotomía, articule una voluntad política nueva, con posibilidad de ser mayoritaria”.

Ante esta ola populista de izquierda, la vieja “pseu-socialdemocracia” del PSOE ha lanzado todo el armamento con el apoyo de sus últimos medios de comunicación proclives –ese El País con una deriva al centro-derecha- mientras que el PP ha encontrado en la estrategia de darle leña al mono de los “Podemos” la posibilidad de que el PSOE pierda soporte electoral y que a la vez se fragmente el resto del arco de izquierdas. Además de poner las bases retóricas para evitar el ascenso de un partido populista de derechas.

Sin embargo, la “condición postpopulista” va más allá de Podemos, Guanyem y otros movimientos-partido tras los que existe o bien una débil estructura organizativa o simplemente el hiperliderazgo de sus mentores logrado por la aparición audiovisual hasta el hartazgo y la capacidad comunicativa (Pablo Iglesias, Ada Colau, y otros tantos y los que pueden surgir) de estos mismos que se mueven bien en los medios de comunicación tradicionales y en los “nuevos medios sociales” como Twitter, Facebook y demás canales de aquella postmodernidad que como indicara en los años 1980 Jean Baudrillard comportarían que un exceso de información y de comunicación nos abocará a la desinformación y la incomunicación.

Es lo de menos, se trata sobre todo de comunicar bien, de lanzar algunas ideas simples, repetirlas constantemente (“casta”, por ejemplo) siguiendo el manual del viejo martillo de la propaganda más básica de la modernidad y conectar, sobre todo conectar con el relato del ciudadano, por otro lado, el que siempre ha existido (“todos los políticos son iguales”, “todos son unos ladrones”).

La fuerza que les ha dado la hiperexposición mediática les da más poder que los votos que partidos como Izquierda Unida o Iniciativa per Catalunya Verds han logrado en las urnas y que se han ganado (pocos votos para tanto trabajo y perseverancia) con un discurso y un programa complejo y profundo resultado también de hacer política activa en el día a día en las instituciones y en la calle para recoger la “voz del pueblo”.

Sin embargo, estos partidos se ven desbordados por esa ola de “postpopulismo” y se están acercando a lo que se ha bautizado como “confluencia”. Pero en esta “sociedad líquida” que es la Posmodernidad, la “condición postpopulista” puede ser tan efímera como los mismos valores postmodernos. Y al final, el riesgo es que todo quede en una alerta de tsunami en la que los únicos que se ahoguen sean los que estén dentro del agua y se suban a la ola de la confluencia.

Porque la “condición postpopulista” actual es heredera de los valores que ha inculcado en la sociedad el neoliberalismo durante tres décadas y que ha provocado como resultado un ciudadano que al final sólo cree (y acaba por lo tanto, votando) al político que le arregla su problema más próximo.

De la “condición postpopulista” es difícil que surja un nuevo ciudadano -con valores alejados de los que ha inoculado el neoliberalismo- que se comprometa con una sociedad más equilibrada y justa en todos los sentidos. Esa era la victoria final –como ya adelantaron algunos de los filósofos de la postmodernidad hace ahora 20 o 30 años- del nuevo modelo socioeconómico neoliberal.

Esa es la verdadera ola que ha provocado el tsunami social que nos ha arrastrado a todo esto. Unos intentan confluir y otros evitarla. En esas estamos.

*Jaume Risquete es periodista, acaba de publicar Elisabeth Noelle-Neumann: la vigència de l’Espiral del Silenci en la “societat xarxa” (Ed. UOC)

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Jaume Risquete

Jaume Risquete

4 comentarios

  1. César
    César 22/07/2014, 16:31

    Qué bueno el símil de la ola post-populista. Qué bien explicado…

    Responder a este comentario

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