El jefe de nuestro estado democrático

Llevamos tiempo viviendo situaciones que nos parecen normales por el simple hecho de que llevamos toda la vida viviéndolas. Pero no son normales.

Eduardo Parody // Llevamos tiempo viviendo situaciones que nos parecen normales por el simple hecho de que llevamos toda la vida viviéndolas. Pero no son normales, y ya somos lo suficientemente mayores para aceptarlo. La Monarquía es una de ellas. Ésta consiste en que el pueblo decide revestir a un ser humano como cualquiera de nosotros de unos poderes mágicos que le hacen superior al resto, con una serie de privilegios mucho mayor al común de los mortales, y otorgándole, además, la capacidad de traspasar a su descendencia dicho poder.

Se alude, con ello, a palabras y expresiones que nos hacen unirnos ante la adversidad, como el “espíritu de la Transición”, la “capacidad de consenso” o el papel que éste jugó en el golpe de Estado del 23 F. Se puede estar más o menos en contra del papel que jugó, se puede discutir (pero no saber con claridad, porque los papeles no están desclasificados) sobre qué ocurrió verdaderamente en el golpe, sobre lo que ha significado para España una figura de la talla del Rey, tanto para las relaciones diplomáticas como económicas con otros países.

Se puede estar de acuerdo en que su papel, en líneas generales, haya sido positivo (o no), pero esa serie de razones no son más que distracciones ante la evidencia de que en pleno siglo XXI, en una democracia con casi cuarenta años de historia, en un país lleno de ciudadanos adultos, en un mundo globalizado y con relaciones internaciones con todos los países del mundo, todavía creamos en el país de las maravillas y aceptemos que nuestro Jefe de Estado lo es porque así debe ser, y no por el voto de los ciudadanos, no democráticamente. Eso es algo que debería hacernos pensar.

Deberíamos exigir que todos nuestros representantes, en una democracia como la que se dice que tenemos, sean elegidos por el pueblo, y la excusa de que el pueblo ya votó a la Constitución y al Rey en 1978 nos excluye y desprecia a todos los que tenemos menos de 54 años. No se puede representar bien a nadie sintiendo un permanente miedo a la opinión de sus representados. Si realmente el sucesor está tan bien preparado, no debería temer la opinión de los españoles. Sobre todo porque el Príncipe tendría como principal aliado al nivel de los propios políticos a los que se enfrentaría en unas supuestas elecciones, los cuales, ya sabemos, están mayoritariamente dotados de un “impresionante” nivel de formación.

http://mimundodescalzo.blogspot.com.es/

Carta a la redacción

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