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viernes 23 febrero 2018

Cultura

Pesadilla antes de primavera

Enclave de libros y Servando Rocha recuperan la pavorosa figura de William S. Burroughs para la izquierda post15M, esa que intenta reemplazar los viejos discursos y prácticas por otras nuevas

<em>Pesadilla antes de primavera</em>
El novelista William S. Burroughs en una imagen de archivo.

Siempre pensé que un punk era alguien a quien le dan por el culo – William S. Burroughs

En la maravillosa película de Tim Burton Pesadilla antes de navidad Jack Skellington tiene muchísimos problemas intentando transmitir lo que es la Navidad tanto en su Halloween Town natal como en el mundo real. En la película se refleja como su trineo-ataúd y los juguetes hechos en Halloween Town aterrorizaban a la mayoría de las personas. La idea de la película apareció en la mente del director Tim Burton al observar cómo en las tiendas sustituían toda la parafernalia de la fiesta de Halloween por la de Navidad.

Enclave de libros y Servando Rocha hacen ahora el papel de Jack Skellington, recuperando la pavorosa figura de William S. Burroughs para la izquierda post15M, esa que intenta reemplazar los viejos discursos y prácticas por otras nuevas. Y es que la figura de Burroughs es toda una pesadilla.

Hablamos de un misógino furibundo que mató a la brillante y olvidada Joan Vollmer de un disparo en la cara en 1951 (fue un accidente). Un yonqui instrumentalizado durante años por L. Ron Hubbard, el padre de la secta de la Cienciología. Un personaje que entrando en la American Academy and Institute of Arts and Letters confirmó las negras predicciones de Marcuse sobre cómo el capitalismo puede tragar literalmente todo. Una celebrity disfuncional que protagonizó un anuncio de zapatillas Nike en 1994. En definitiva, un ejemplo claro de cómo lo políticamente correcto y las modas mediáticas casi han conseguido sepultar la ambivalente herencia política de la contracultura. Casi.

Y es que los textos y las ideas de Burroughs son igual de abrasivos y espeluznantes que los regalos que Jack llevaba en su trineo-ataúd. Es el abuelo político que ningún movimiento social o político en su sano juicio querría tener, por mucho que los hipsters recuerden sus colaboraciones con Nick Cave o Tom Waits (Kurt Cobain es demasiado mainstream para la alta cultura hipster, pero eso no le ha importado a Servando Rocha).

En tiempos de categorías espurias como la tecnopolítica y deslumbramiento por las redes sociales es muy ilustrativo repasar la fascinación de este autor con el poder de las cintas de casete (que nadie se alarme, hasta Foucault consideró que el uso de casetes domésticos revolucionaría Irán). Burroughs en cambio consideraba que el uso de cintas le convertían en Dios y que le permitían cerrar restaurantes de donde le habían largado por quejarse de una tarta de queso (el Moka Bar). Finalmente, también son llamativas ahora sus argumentaciones a favor de una cultura libre avant la lettre, aunque fuera para denunciar que Hubbard no quería liberar sus conocimientos sobre la “mente reactiva”, concepto central en los onerosos cursos de pago de la Cienciología.

La recepción de Burroughs puede hacerse sólo desde los extremismos de izquierda o derecha, no son posibles las medias tintas. Así las cosas, dos frases suyas anticipan una pesadilla antes de primavera: “Nada es verdad, todo está permitido”; “si queréis el mundo que podríais tener en relación con los descubrimientos ahora existentes preparaos para luchar por él. Para luchar por él en las calles”. Las contradicciones y excesos de Burroughs están más presentes que nunca en la cultura y en la política. Démosle la bienvenida de nuevo al viejo cabrón.

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David García Aristegui

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