El otro conflicto interno en el mar Negro

El primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan se enfrenta a la creciente presión del movimiento liderado por el clérigo islámico Fetulá Gülen

Mientras en la península de Crimea suenan tambores de guerra entre Ucrania y Rusia, al otro lado del mar Negro, en Turquía, se cuece una guerra más silenciosa que amenaza con desestabilizar este país clave para Oriente Medio, los Balcanes y el Cáucaso. El primer ministro Recep Tayyip Erdogan se enfrenta a la creciente presión del movimiento liderado por el clérigo islámico turco Fetulá Gülen, residente en EEUU: una organización compleja cuyos seguidores han ocupado posiciones importantes en la economía privada y las instituciones del Estado turco. Erdogan asegura que la gente de Gülen está detrás de las incesantes revelaciones de casos de corrupción en el seno del Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP), que han costado el cargo a varios ministros y que ya salpican al propio jefe del Gobierno. Erdogan reaccionó con la destitución de una serie de fiscales y policías por sospechar que pertenecían al movimiento de Gülen. También ordenó el cierre de las escuelas de los seguidores del clérigo.

Ironías de la Historia. El AKP de Erdogan conquistó el poder en las elecciones de 2002 como partido antiestablishment que prometía acabar con los escándalos de corrupción y nepotismo de los republicanos del CHP. Durante años, el gobierno islamista se ha enfrentado al poderoso ejército que se considera guardián de la Turquía laica y que ha protagonizado varios golpes de Estado en las últimas décadas. Erdogan ganó el pulso y se le da crédito por haber liberado este país, con territorio en Europa y en Asia, de la tutela de los militares. Sin embargo, en Occidente la política conservadora de corte islamista del AKP nunca ha gustado.

Los doce años de Gobierno han pasado factura a los idealistas virtuosos de entonces. Como en casi todos los países, el ejercicio prolongado del poder corrompe. Además, Erdogan está en una clara deriva autoritaria, como mostró la represión de las protestas en Estambul el año pasado o el hecho de que las cárceles turcas estén llenas de periodistas. Y como a la Historia le gusta repetirse, aunque con reparto nuevo, ahora son los hombres y mujeres de Gülen quienes se proponen limpiar el país de corruptos en el nombre de la religión. A pesar de este noble propósito, el movimiento del clérigo preocupa mucho más en las capitales occidentales que los tics autoritarios de Erdogan, ya que la organización se está haciendo fuerte en muchos países, especialmente Alemania.

El problema, sin embargo, es que no se trata de un partido político. La gente de Gülen no aspira a llegar al poder a través de las urnas, sino ocupando posiciones claves en el sistema político, judicial y económico. Desestabilizan al AKP y amenazan su hegemonía sin presentar una alternativa política, lo cual podría eventualmente dejar un vacío de poder peligroso en este país tan importante para la estabilidad de la región.

Artículo publicado en El Heraldo de Barranquilla (Colombia) 

Thilo Schäfer

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