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jueves 19 abril 2018

Opinión

El exotismo de la patata

La desregulación y el poder desmedido de las grandes cadenas comerciales de alimentación tienen un exponente en el aumento de la importación de este tubérculo, con la consiguiente pérdida de soberanía alimentaria.

Se acaban de publicar los últimos datos sobre las importaciones de alimentos en España, según datos del Ministerio de Economía, las frutas y hortalizas frescas de enero a octubre de 2013 ha aumentado un 18% en valor con relación al mismo periodo de 2012, lo que supone un total de 1.373 millones de euros y 1,9 millones de toneladas, respectivamente.

Los datos revelan que no se trata de un consumo cada vez mayor de productos exóticos, sino que el principal producto importado por España es la patata con crecimientos que han superado el 100% en varios meses del año. La mayor parte de la patata de consumo que llega al mercado nacional proviene de Francia, que en 2012 envió al mercado español 487.188 tn, un 70% del total importado y hay que recordar que en el momento actual el 65% de la patata que se consume en España ya procede de otros países.

Estos datos marcan una inquietante e incomprensible tendencia.

Inquietante por lo que supone de pérdida de soberanía alimentaria en productos básicos para nuestra alimentación que lleva aparejada la vertiginosa caída de la agricultura local, y por consiguiente la pérdida de oportunidades de empleo, sostenibilidad territorial y biodiversidad. Esto lo saben bien en Álava donde la producción ha pasado de las 500.000 toneladas en los años 90 a las 36.000 actuales. Ya sólo hay 300 explotaciones de las 2.000 de hace 20 años.

Incomprensible si tenemos en cuenta que en España se cultivan hasta 150 variedades distintas, fundamentalmente patata nueva o recién recolectada, un país donde además gozamos del mayor calendario anual de producción si comparamos con el resto de países de la UE.

Una tendencia que es fruto de la enorme y agresiva desregulación que ha sufrido el mercado de la patata los últimos años generando una gran fluctuación de precios a nivel mundial.

En esos mercados desregulados prima la ley del más fuerte, y en este caso quien marca las reglas y ganan son los grandes operadores comerciales, que prefieren comercializar patata vieja fundamentalmente que está almacenada de la campaña del año anterior, de menor calidad y precio que obviamente la patata nueva de producción local, provocando artificialmente el desplome los precios internos y el consiguiente abandono de explotaciones por no poder cubrir los costes de producción.

Este tipo de dinámicas en alimentos básicos de nuestra dieta se ha ido incrementando a la par que se ha ido incrementando la el poder de los llamados “gateskeepers” o grandes cadenas de distribución y supermercados. Así de los alimentos que consumíamos el año 2002 el 48,7% eran vendidos por solo 4 empresas y en el año 2009 se llegaba a la cifra del 60% y la tendencia sigue al alza. En cuanto a la patata solo el 30% se puede aún encontrar en mercados y tiendas locales.

Para el consumidor esta bajada actual de precios puede parecer ventajosa. A medio plazo sin embargo veremos una enorme caída de la calidad del producto, por otro lado al eliminar canales cortos, operadores pequeños y medianos, el sector se convierte en muy poco tiempo en un oligopolio de 4 empresas, y ya sabemos lo que ocurre en estas situaciones, acuerdos de precios hacia los consumidores y mayor presión hacia los productores por cuanto no tendrán a quien vender.

Esta perversión de la cadena agroalimentaria ha de ser eliminada urgentemente y necesita una regulación clara sobre todo en productos básicos para nuestra alimentación que impidan los oligopolios y que fomenten la producción local y la diversidad de canales de comercialización local.

Pero nuestro Gobierno lejos de abordar esta problemática, lo fía todo a la infinita sabiduría de los mercados, aprobando este año la Ley de Cadena Agroalimentaria con el objetivo hacer más eficiente y transparente la cadena, y que a la luz de los datos, comprobamos que no ha servido en absoluto para poner freno a la tendencia oligopólica de la alimentación.

[Artículo publicado originalmente en el blog del autor, Director de VSF Justicia Alimentaria Global]

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Javier Guzmán

Javier Guzmán

1 comentario

  1. María
    María 01/01/2014, 18:13

    Y la calidad y el sabor de los alimentos no tienen ni parecido.
    Esto lo sabe quien haya comido unas patatas, unos tomates, unos huevos, o bebido leche ect. de agricultores que han sabido conservar los métodos naturales tradicionales (aún queda alguno y creo que esta profesión con los tiempos que vienen va a ir al alza). Con menos cantidad, nutre más y disfrutas del sabor que no te dan los alimentos producidos por la agricultura industrial.
    La agricultura tradicional tiene un poderoso enemigo, MONSANTO, que ha conseguido quitarles y patentarse para sí la rica variedad de semillas que disponían los agricultores tradicionales. Además de empobrecer notablemente la biodiversidad y la diversidad de producción su objetivo es terminar con el agricultor tradicional. Casi lo está consiguiendo. Espero que la lucha por el control y la especulación de la tierra y de los alimentos empiece a revertir en favor de la agricultura tradicional, natural, saludable, con sabor.

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