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jueves 15 noviembre 2018

Opinión

Juegos del Hambre (I): huelgas de hambre y hambre de huelgas

Jorge Arzuaga, desde la Puerta del Sol, “hablaba políticamente y actuó biopolíticamente. Puso juntas las dos dimensiones, la supervivencia y la representación: porque no nos representan, nos destrozan nuestras vidas”.

<em>Juegos del Hambre (I): huelgas de hambre y hambre de huelgas</em>
Jorge Arzuaga, estuvo 41 días en huelga de hambre en la puerta del Sol. FERNANDO SÁNCHEZ

Un cuerpo pertenece a las condiciones creadas para que viva o muera. Al arte de regular y organizar esas condiciones Foucault lo llamó biopolítica. Foucault estudió cómo el estado moderno surge para estructurar ese dominio mediante redes de instituciones y de saberes. Las hay de muchos tipos: incubadoras, comedores escolares, registros de peligrosidad social, psiquiátricos, cárceles o campos de concentración. En épocas de circulación global de capitales, la función del estado sigue siendo una muy parecida: dar de comer y quitar la comida, organizar el acceso a la vivienda y a la medicina. En definitiva, dar la vida y dar la muerte. Aunque nuestras subjetividades se construyan en la red y en el mercado, son muchos los lugares donde el estado decide todavía cuán alto se pone el listón de la supervivencia. En su función pedagógica, el salario mínimo regula el grado de hambre, calcula las proteínas necesarias para que una sociedad pueda seguir viviendo contra ella misma. El umbral del salario mínimo organiza, en términos macro, el número de años de deuda necesarios para garantizarse un techo, el régimen de acceso a proteínas y azúcares de una familia o el pago por servicio a una prostituta sin papeles. Son las reglas del juego por abajo. Mientras, un poco más arriba en la cadena alimenticia, gira y gira la fábula del bazar eterno de la sociedad de consumo.

El Anuncio de la Lotería de Navidad de este año nos anima a correr, a apresurarse, para llegar a tiempo, con una vela en la mano, a la escena nacional de una plaza. En esta Plaza de España, metáfora de la nación, sus representantes líricos convocan memorias de los sueños colectivos del pasado (la Eurovisión franquista, la brillantina erótica de los ochenta, los Juegos Olímpicos de Barcelona, la Operación Triunfo). Repiten, con sus voces de siempre, las mismas promesas del ayer: es todavía posible esa bufanda, ese peinado, esa sonrisa, el mismo modo de amar, aquellos viejos sueños de hace una década, tu gorro de colores, tu juventud, tu vida prometida todavía están en un lugar y te esperan. Pero, cuidado, fuera de esa plaza se extienden las tinieblas y más allá de la ciudad está la noche, y presagios terribles avanzan por las calles vacías y siniestras, de las que los cuerpos huyen. Sólo unos pocos llegan. En esas oscuridades crecientes han desaparecido todos los demás, los cuerpos de los otros, de aquellos que ya no están allí para jugar con sus sueños. Esas velas les hacen un luto extraño. Porque, en esta plaza, todos los rostros están poseídos por la cruel alegría de haber sobrevivido.

El sacrificio humano es la condición básica para que los humanos acepten sacrificios. Cuando la rueda dentada de la biopolítica se gira, como ahora, se quiebran primero los que están más débiles, los que tienen menos margen de maniobra, y los que adoptan decisiones incorrectas. En los últimos años, nos hemos acostumbrado a identificar estos perfiles, a reconocer los cuerpos para la crisis, mientras vemos cómo las distintas grietas biopolíticas del crac del siete atraviesan, también, nuestros cuerpos propios. Se aprende a ver cómo las vidas devienen vidas subprime.

Las historias de vidas subprime narran cómo una experiencia vital se ve atravesada, hasta amenazar su propia supervivencia, por las condiciones estructurales de la actual crisis. Que la crisis esté hecha de mentiras y de creencias no quiere decir que esas mentiras no maten, que esas creencias no se inscriban en los cuerpos: terremotos psíquicos, listas de espera sanitarias que resultan letales, centros de salud que ya no están allí… Pero, entre todas las vidas súbitamente precarizadas, la expresión vidas subprime se refiere prototípicamente a las experiencias relacionadas con los desahucios y con las hipotecas subprime, en las que las pérdidas de trabajo y los laberintos de la deuda arrasan con mundos hasta hacía poco estables.

Pero no sólo el estado se ocupa de la biopolítica. Cualquier comunidad es biopoderosa cuando trenza redes de solidaridad. Cualquier persona se bioempodera si aprende a articularse con los demás en alianzas y pactos, para distribuir, recuperar, producir y alcanzar bienes de supervivencia (comida, medicina, viviendas, trabajo). Se ha hablado mucho de que las experiencias abiertas alrededor del 15-M se cosen desde esta conciencia. Parte de esas redes son bioliterarias: tienen que ver con la capacidad de intercambiar y compartir relatos. Entre ellos, también, las historias de la vida subprime.

Una historia de vida subprime es un relato, un modo de hablar en público para que los demás entiendan lo que nos pasa porque también les puede pasar a ellos. Las gentes de la PAH hablan desde ahí, desde su condición de ciudadanía restringida biopolíticamente. Uno que hace huelga de hambre en una plaza, Jorge Arzuaga, u otro como él, plantado como un árbol también quiere compartir un relato. Pero, ¿acude allí como exponente de una vida subprime? Aunque esté en paro, a pesar de su formación, a pesar de que, como cualquier otra persona de su generación, vea disminuir sus derechos y oportunidades, de que vea su vida limitarse, en este caso, Jorge Arzuaga no habla desde ahí, aunque sienta la fuerza biopolítica de la crisis constriñendo su cuerpo y su futuro. Es decir, la vida de Jorge puede ser una vida subprime: el modo de Jorge de hablar de su vida en huelga no lo pareció.

El relato de Jorge, en aquel vídeo en el que daba a conocer su huelga, era el de la democracia real. Su lenguaje es el fundacional de la democracia, y su vocabulario habla de derechos, libertades, igualdad, representación, dimisión, elecciones, justicia, legitimidad democrática… Jorge usa el lenguaje de la democracia contra las instituciones e individuos que se lo han apropiado, exactamente cómo lo vimos hacer durante el 15-M. Lo llaman democracia y no lo es: en este otoño de 2013, durante cuarenta días de huelga de hambre, se quiso convocar aquella misma tensión entre lo que hay y lo que debería haber. La novedad, si es que había alguna, se encontraba en la actuación singular de un individuo que, sin encomendarse a nadie, ponía su propio cuerpo en juego…

En vez de una masa, de las multitudes de la primavera del 2011, de pronto vemos un solo cuerpo que afirma ser todos los cuerpos.  En aquel vídeo Jorge hablaba de los umbrales políticos que hacen que lo aceptable se convierta en inaceptable. Se preguntaba “¿Hasta cuando?” Al igual que otros millones de ciudadanas, Jorge cree que lo que le define políticamente es su condición de ciudadano sin representación. Jorge hablaba políticamente y actuó biopolíticamente. Puso juntas las dos dimensiones, la supervivencia y la representación: porque no nos representan, nos destrozan nuestras vidas. Buscó interiorizar la violencia externa sobre los cuerpos representando un vacío interno desde su estómago. Usando las tripas como corazón, como máquina empática y revolucionaria.

Desgraciadamente, el problema parece siempre el mismo, que, mientras unos tienen vidas amenazadas, otros tienen el poder de no representarlas y de no protegerlas. Jorge propone el camino de la resistencia biopolítica: cuando uno mismo amenaza públicamente su propia vida, delante de un público, consigue que se hagan visibles los vínculos entre la falta de democracia y la muerte o precarización de los más débiles. Esos vínculos, que organizan la realidad, sólo se pueden mantener en la medida en que sigan ocultos. Verlos es lo que los vuelve inaceptables.

Las técnicas de resistencia pacífica sólo funcionan si dispones de una audiencia. Y sólo mientras esta se reconozca en los juegos de representación que la lucha pacífica le proponga. Los cuerpos, con sus manos desnudas como toda arma, apaleados por los antidisturbios, le duelen al teleespectador en la medida en la que este crea (o sepa) que, ahí, los cuerpos son intercambiables, que entienda que su propio cuerpo está siendo apaleado también a través de un cuerpo otro, que si se queda en casa, podrían quitársela. Si no le duele, es porque cree (o sabe) que su cuerpo no se intercambia con esos cuerpos sino con otros, con los cuerpos que no ven su supervivencia amenazada en esta coyuntura, con aquellos que, por caso, están reunidos en la plaza navideña del anuncio de Loterías, tan contentos de haber sobrevivido, contemplando el árbol de Navidad de bombos luminosos creado en su centro. El Árbol de Navidad puede tapar una huelga de hambre. Esto fue lo que ocurrió en Sol.

Jorge Arzuaga no se ha inventado la huelga de hambre, precisamente porque conoce su historia, también en la península, una que trata de hacer ver el bosque de las hambres más allá del árbol de la Constitución que las tapa. En la transición española, el ayuno político se empleó como un modo de resistencia no violenta frente a la violencia de la dictadura y la post-dictadura. Esta tradición le es familiar a Jorge: las huelgas hambrientas fueron especialmente eficaces en Euskadi entonces, y serían la base de otros procesos de resistencia civil exitosos como las campañas por la insumisión en los años ochenta. Y ello, obviamente, dentro de un marco de referencia internacional donde presos de conciencia hambrean para poder ser vistos.

En el 2011, murió en huelga de hambre en Teruel el preso marroquí Tohuami Hamdaoui, clamando por su inocencia. Pero, en la temporalidad de crisis, la huelga de hambre acompaña el hambre de huelgas. En estos dos últimos años, han sido decenas las huelgas de hambre en contra de la privatización de la sanidad o para tratar de parar desahucios o para exigir que se pague un sueldo no cobrado o para protestar por la desprotección de las víctimas de la violencia machista.

La huelga de hambre incorpora y ridiculiza el lenguaje del gobierno contra la crisis, lenguaje basado en el sacrificio, en la necesidad de sacrificarse y de hacer sacrificios, mientras pretende que se lo toma en serio. Si nos vamos a sacrificar, ¿en nombre de qué y de quiénes, cómo y para qué? ¿Y hasta dónde? El hambre voluntaria de Jorge quería hacer ver las hambres involuntarias y el silencio que las rodea. Fue interesante que escogiese volver a Sol para ello. En octubre de 2011, Luis Fernández y Juan Sánchez ya intentaron re-ocupar Sol a través del ayuno.

Dos años después de aquel intento, Jorge decidió ocupar su propia huelga de hambre y actuar políticamente desde ella. Esa lógica es perfectamente 15-M. Es también muy inclusiva: permite que cualquiera participe y reproduzca su propia huelga de hambre. ¿Para volver a Sol quizás hace falta volver de uno en uno? Jorge integraba en su cuerpo la vulnerabilidad de los cuerpos subprime de la crisis. Y así obligaba a asumir que no a todos golpea la crisis igual, que unos cuerpos están en muchos aspectos más protegidos que otros. Los que no pasamos hambre pero la tememos, como el que esto firma, ¿hemos de temer la capacidad de Jorge de no comer? Los huelguistas hambrientos de Sol, con un cartel lleno de profundidad filosófica, en un diálogo con las ficciones políticas del 15-M, exploraban sus límites, con el deseo de empujarlos políticamente: Nosotros somos todos, ¿vosotros podéis ser nosotros?

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