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Contra-democracia y opinión pública

El autor es Profesor Colaborador en el Departamento de Sociología, Metodología y Cambio Social de la UNED. Sus lineas de investigación se centran en la Historia de la metodología de las encuestas y los nuevos modelos de formación, circulación y análisis de las opiniones públicas

08 diciembre 2013
13:42
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Contra-democracia y opinión pública
Manifestación del 15-M en la Puerta del Sol (Madrid). FERNANDO SÁNCHEZ

El historiador de la democracia Pierre Rosanvallon nos recuerda que la democracia es, a la vez, la promesa de un régimen de igualdad e independencia adecuado a las necesidades de la población, como un problema cuando la realidad se aparta del ideal prometido. Por eso, siempre han sido necesarios los mecanismos de control y vigilancia.

Si bien los mecanismos electorales sirven para establecer la legitimidad de los gobiernos, la confianza en esos gobiernos una vez constituidos sigue una lógica diferente y se manifiesta por otros conductos, más morales que jurídicos, pero no por ello ajenos a la democracia. Además de la elección de los representantes, la ciudadanía conserva siempre una posibilidad de censura. Se ha llamado a veces al control de la ciudadanía “tribuna”, “centinela”, “vigilante, o “censor”, apelativos que nos recuerdan a nombres de periódico antiguos (La Tribuna –Valencia,1840–, El Centinela –Benissa-Alicante, 1901–, El Vigilante –Madrid, 1820– o El Censor – Madrid, 1781–) que no eran sino metáforas de esa acción de la ciudadanía expresándose como la opinión pública propia del siglo XIX, cuando la prensa era el portavoz privilegiado de la opinión.

Independientemente de la legitimidad dada por las urnas, la opinión pública, sin tener soporte jurídico formal, supone
un elemento esencial que otorga o retira la confianza, imprescindible para el gobierno democrático. Desde comienzos de este siglo, es un lugar común de los estudios políticos contemporáneos constatar la erosión de la confianza en los políticos y las instituciones de las democracias. Ha aumentado la abstención electoral y aumenta también el desafecto hacia los políticos.

A menudo se ha interpretado este fenómeno como el de una población ajena a la política, con una actitud de rechazo, que abre peligrosamente las puertas al populismo. Pero no es necesariamente así, ya que a la vez que desciende la participación en las urnas, crece la expresión de ese descontento en otro tipo de acciones de índole político, como las manifestaciones y las protestas por diferentes vías de expresión. Un contrapoder informal que compensa la erosión de la confianza con la organización de la desconfianza. Pierre Rosanvallon nos habla de contra-democracia, que no quiere decir “contrario a la democracia”, sino otra expresión de la democracia, la de los poderes indirectos y diseminados en el cuerpo social. El autor lo presenta como una concurrencia de democracias.

A la “representatividad utópica” se opone una contestación permanente aunque difusa y exterior que ejerce presión
sobre el poder. En situaciones críticas como la actual, el desafecto por la clase política y el abandono de las urnas viene acompañado de una mayor efervescencia social y una mayor actividad de esa contra-democracia y, en definitiva, una mayor organización del rechazo y el descontento.

La opinión pública se muestra especialmente activa en sus críticas. Las mayorías en la contra-democracia no se
forman como en los partidos, se unen más fácilmente para rechazar que para afirmar algo. Pero esa opinión se ve
transformada por otras circunstancias, relacionadas con la manera en que se produce y comunica. Si el paradigma de la opinión pública fue durante mucho tiempo la voz de la prensa, de las plumas distinguidas de la vida cultural, política y social, y más tarde la publicación de los sondeos en los medios de comunicación, tenidos por la voz de la ciudadanía, en la actualidad las redes sociales en internet proporcionan un nuevo vehículo para la generación del debate, la comunicación de la opinión y la rápida circulación de las opiniones. La desconfianza se organiza y hace oír su voz más fácilmente mediante estas redes, en detrimento del anterior monopolio de los medios tradicionales.

El esquema tradicional de “unos pocos emisores y millones de receptores” se rompe al superponerse (e interactuar)
con la estructura de “millones de emisores y receptores interactuando entre sí” y con los medios. La opinión pública no puede ser ya sólo un producto técnico de auscultación o encuesta, sino que necesitamos cambiar de paradigma, de la forma de tratarla, conocerla y estudiarla, para contribuir a renovar su función en la democracia, en una época en que las comunicaciones son inmediatas. Ahora podemos observar la producción y transmisión de la opinión en situaciones reales.

———————-

Alejandro Almazán es Profesor Colaborador en el Departamento de Sociología, Metodología y Cambio Social de la UNED. Autor de la tesis La medida de la opinión pública y sus efectos (2009), sus lineas de investigación abarcan la Historia de la metodología de las encuestas y Nuevos modelos de formación, circulación y análisis de las opiniones públicas.

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