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domingo 16 diciembre 2018

Cultura

Español sin ganas: 50 años sin Luis Cernuda

El poeta republicano murió en México en 1963 tras 25 años de exilio, cinco lustros en los que se negó a pisar suelo español mientras Franco siguiera en el poder

<em>Español sin ganas: 50 años sin Luis Cernuda</em>
Luis Cernuda murió en México tras pasar cinco lustros en el exilio.

Luis Cernuda murió, hace hoy 50 años,  en la casa de Concha Méndez, la exmujer de Manuel Altolaguirre, en Ciudad de México. Tenía 61 años; hacía 25 que no pisaba suelo español. Como Max Aub, Margarita Nelken y tantos otros exiliados republicanos, se negaba tajantemente a volver a España mientras gobernara Franco. Y como tantos otros, experimentó el destierro político como una profunda herida, una pérdida insuperable. Andaluz que era, pasó años de frío y soledad en Inglaterra, Escocia y Estados Unidos. En México se sintió mejor, aunque nunca dejó de extrañar a su Sevilla natal. Escribió la mayor y mejor parte de su obra fuera de España.

¿Amaba España? Sólo a veces y sólo parcialmente. También sintió odio por el país y sus habitantes, un odio que además sabía mutuo: así como su amigo García Lorca, era poeta, republicano y gay. “No me queréis, lo sé, y que os molesta / Cuanto escribo. ¿Os molesta? Os ofende”, escribe en A sus paisanos, uno de sus últimos poemas. Allí también profetiza lo que harán los españoles cuando el poeta haya muerto: “[A]guardáis al día cuando ya no me encuentre / Aquí. Y entonces la ignorancia, / La indiferencia y el olvido, vuestras armas / De siempre, sobre mí caerán, como la piedra, / Cubriéndome por fin […]”

La tensión entre amor y odio por la patria —odio que es también frustración y vergüenza— la comparte Cernuda con muchos de los creadores más brillantes nacidos en la Península Ibérica: Larra, Juan Goytisolo, Isaac Rosa. “Si soy español, lo soy / A la manera de aquellos que no pueden / Ser otra cosa”, escribió hacia el final de su vida. Más que nadie, Cernuda supo convertir esta tensión en una fuente interminable de creación poética. No hay ningún poeta cuya obra combine tan altas dosis de sarcasmo con un grado tan intenso de vulnerabilidad. Aún hoy, a cincuenta años de su muerte, sus textos pulsan con ira, dolor y amargura.

Los norteamericanos le dieron asilo, primero en Massachusetts, donde —¡pobre!— el destinó le colocó en una universidad de mujeres, y después en California. El país no entendió al huraño poeta, que a su vez se sintió perdido entre tanto anglosajón protestante. Y sin embargo saldó su deuda de gratitud con sus anfitriones como solo lo puede hacer un poeta: escribió el mejor poema que hay sobre los 2.800 brigadistas internacionales que salieron de Estados Unidos para defender la Segunda República española contra el fascismo. Lleva el título “1936” y se inspiró en el encuentro, en 1961, con un veterano de la Brigada Lincoln:

Recuérdalo tú y recuérdalo a otros,
Cuando asqueados de la bajeza humana,
Cuando iracundos de la dureza humana:
Este hombre solo, este acto solo, esta fe sola.
Recuérdalo tú y recuérdalo a otros.

[…]

Veinticinco años hace, este hombre,
Sin conocer tu tierra, para él lejana
Y extraña toda, escogió ir a ella
Y en ella, si la ocasión llegaba, decidió a apostar su vida,
Juzgando que la causa allá puesta al tablero
Entonces, digna era
De luchar por la fe que su vida llenaba.

[…]

Gracias, Compañero, gracias
Por el ejemplo. Gracias porque me dices
Que el hombre es noble.
Nada importa que tan pocos lo sean:
Uno, uno tan sólo basta
Como testigo irrefutable
De toda la nobleza humana.

A Cernuda le preocupó la supervivencia de su obra, prohibida en la España de Franco y susceptible del olvido en una hipotética España futura. Sus temores resultaron infundados. Hoy está editado y reeditado; se le lee y enseña. No ocurre lo mismo, sin embargo, con muchos de sus compañeros del destierro —que, recordémoslo, contaba entre sus cientos de miles de desplazados con los mejores escritores, catedráticos, arquitectos, filósofos, artistas y políticos del momento: españoles, catalanes, vascos y gallegos que, como Cernuda, siguieron dando lo mejor de sí. Durante largas décadas pensaron, crearon y enseñaron pero, claro, lo hicieron fuera de su patria. Dejaron un legado riquísimo —en México, Argentina, Estados Unidos y Francia— que la España democrática apenas ha querido aprovechar. Y es que la Transición dejó muchas cosas en pie; entre ellas, la trama principal de la historia intelectual española construida en la España de Franco.

Hay los que mantienen que está bien así, que ese legado del exilio representa una vía muerta de la historia española que ya solo sirve como curiosidad anticuaria y no interesa más que a los eruditos. A fin de cuentas, los arquitectos de la Transición no quisieron inspirarse en las ideas y estructuras de la República de 1931, ni en sus formas alternativas de organización política, identidad nacional o creación artística. Esa actitud, ese miedo al pasado que predominó en los años setenta, es comprensible dentro de su momento histórico. El temor a un nuevo conflicto armado era real. Más de 35 años después, ya no lo es tanto.

Las Españas con las que soñaron los anarquistas, socialistas, comunistas y republicanos de los años treinta —y con las que siguieron soñando en el exilio— no eran necesariamente compatibles entre sí, es verdad. También, como todo, fueron producto de su momento histórico. Pero esto no significa que, en la crisis actual —una crisis que es mucho más que económica— sus valores y apuestas no nos puedan servir de inspiración: valores y apuestas como la justicia social, la emancipación, el republicanismo, el autogobierno y la cooperativa. Como escribió Cernuda en plena Guerra Civil:

Soñábamos algunos cuando niños, caídos
En una vasta hora de ocio solitario
Bajo la lámpara, ante las estampas de un libro,
Con la revolución. Y vimos su ala fúlgida
Plegar como una mies los cuerpos poderosos.

[…]

Un continente de mercaderes y de histriones,
Al acecho de este loco país, está esperando
Que vencido se hunda, solo ante su destino,
Para arrancar jirones de su esplendor antiguo.
Le alienta únicamente su propia gran historia dolorida.

Si con dolor el alma se ha templado, es invencible;
Pero, como el amor, debe el dolor ser mudo:
No lo digáis, sufridlo en esperanza. Así este pueblo iluso
Agonizará antes, presa ya de la muerte,
Y vedle luego abierto, rosa eterna en los mares.

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Sebastiaan Faber

Sebastiaan Faber

2 comentarios

  1. A
    A 07/11/2013, 11:09

    🙂

    Responder a este comentario
  2. Beatriz
    Beatriz 06/11/2013, 15:19

    Gracias por recordarlo, por recordar a este gran poeta y persona.

    Responder a este comentario

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