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miércoles 25 abril 2018

Internacional

La polémica por la detención de unos chicos que colgaron una foto besándose en la red social ha reavivado el debate sobre las libertades individuales en Marruecos

<em>Besos en Facebook que salen caros</em>

Nunca un beso había sido tan polémico y a la vez tan caro en África. Una pareja de chavales y un fotógrafo por accidente han pasado varios días en un centro de menores por hacerse y publicar en su muro de Facebook una foto dándose un beso. ¡Cuántas de esas habremos visto publicadas de nuestros amigos!

Estos tres adolescentes, de entre 14 y 15 años de edad, han sido puestos en libertad provisional a la espera de que este viernes se inicie un proceso judicial en su contra. Están acusados de atentar contra la moral pública. Alguien ha considerado que esto rompe con la normalidad preestablecida en la sociedad. “¡Hchuma!, ¡Shuha!, ¡Haram!”, exclaman estos días muchos marroquíes para tachar de “vergüenza” el atrevimiento de estos jóvenes.

A este beso se le ha aplicado la gran norma social que rige en Marruecos: todo en casa, nunca a la vista. ¿Besarse en plena calle? Esas cosas sólo se hacen a escondidas. Es el “todo bajo la mesa”, a lo que yo llamo la verdadera inmoralidad.

Esta hipocresía, sumada a las inmorales leyes que existen en el código civil marroquí, hacen que lo normal sólo sea visto como tal si no se hace delante de otros, cuando nadie se entere de que tú y tu pareja hacéis lo mismo que todas las parejas: besaros, deciros que os queréis o daros la mano. Estas cosas nunca se hacen o se dicen en público, si acaso en privado.

Perdón. Lo de darse la mano en público no cuenta. O si, siempre y cuando haya un certificado de matrimonio de por medio. En Marruecos no existe ninguna legislación que establece los centímetros de distancia que debe haber entre un hombre y una mujer cuando vayan paseando por la calle. Sin embargo, si van de la mano, y tienen la mala suerte de encontrarse con la policía, sólo tienen dos opciones: enseñar su “contrato de amor”, o ir a dar el paseo a comisaría. Si no existe tal documento y se produce el traslado a dependencias policiales, el problema se soluciona, normalmente, sobornando al agente de turno, porque la otra opción sería llamar a los padres de la mujer -nunca del hombre, para algo es el macho- y eso es una amenaza que muchos evitan pagando dinero, para ahorrarse “la vergüenza” y la bronca que le caería en casa.

Pero también existe una ley que regula todo ese desaguisado al que se enfrentan estos chavales. El código penal marroquí, en su artículo 483, castiga a “todo aquel que cometa una violación de la moral pública… con prisión desde un mes hasta dos años”. Es decir, se trata de una norma social convertida en jurídica y por consiguiente en argumento para explicar la inmoralidad de un beso. Ellos deberán ahora defender su inocencia, pues muchas incoherencias legislativas pueden usarse para inculparlos.

Pocos sabrán qué es eso de “moral pública”, algo tan abstracto y subjetivo que la razón no alcanza comprender. Por eso me pregunto qué es exactamente lo que los tres adolescentes deben explicar: ¿Haberse dado el beso? ¿Dejarse fotografiar durante “ese bochornoso” acto? ¿Publicar la foto en Facebook? Supongo que ese juez, la Fiscalía, la acusación y los que definen este acto de escándalo se han dado alguna vez un beso con su pareja. Quizás no, nunca se sabe, pero prefiero pensar que sí lo hicieron. ¿Cómo defenderían ellos su legitimidad y derecho a ese beso?

Lo más curioso son los debates que están surgiendo en Marruecos a raíz de esta polémica. Por un lado, en las redes sociales. Jóvenes que no llegan a los 25 años de edad, con estudios universitarios y habiendo vivido en España, Bélgica o Francia, donde todos los días ven parejas abrazadas o besándose en la calle, acusan a estos tres amigos de provocar “fitna”. Éste último término, teológico y muy sonado en los medios de comunicación, se refiere al mayor pecado que pueda cometerse en el Islam, algo así como búsqueda de división, ruptura, enfrentamiento entre musulmanes.

Quizás muchos dirán ahora que nunca habrían publicado una fotografía de ese tipo. Pero claro, no por temor a la represalia que ello pueda suponer, sino porque, a diferencia de esos jóvenes, otros tienen la libertad de decidir si se dejan fotografiar en esa situación y si quieren publicar la captura del momento en su muro de Facebook. De hecho, valientes han sido unos cuantos que, desde Marruecos, han seguido sus pasos y han publicado fotos suyas dándose un beso con sus respectivas parejas, en protesta por la detención.

Y es que, realmente, está valiendo la pena el polémico beso sólo por escuchar los “enriquecedores” debates que se están produciendo estos días en los medios de comunicación marroquíes. Algo que sirve para hacerse una idea sobre el nivel de tolerancia que existe hoy en día entre muchos ciudadanos de ese país.

No digo todos, puesto que solo hay que mirar en internet para ver el desacuerdo de unos cuantos con la encarcelación de los tres jóvenes. “Es una vergüenza, no vemos más que mujeres desnudas en la televisión. Si ahora no castigamos esta vergüenza, mañana aparecerán miles de fotos publicadas en Facebook de mujeres desnudas con el nombre de su novio escrito sobre su piel”, opinaba Khaled, oyente de una radio marroquí. A la misma emisora llamó también Khadija, que sin pronunciarse a favor o en contra de la detención, considera que Marruecos hay que centrarse de otras cosas. “Tenemos asuntos más importantes de los que ocuparnos en este país. Una chiquillada no debería entretenernos de los objetivos más importantes: tener hospitales y colegios”, advirtió.

Pues sí, quizás fue un chiquillada, un beso sin importancia, pero cuántos se han atrevido a romper con lo socialmente correcto poniendo sobre la mesa otra “normalidad” y cuántos han apostado por su libertad individual y su derecho a actuar fuera de las reglas preestablecidas por terceros y sobre las que nadie les preguntó si estaban de acuerdo. Directa o indirectamente, este beso ha puesto en cuestión la regla de “hchuma” que rige en la sociedad marroquí, dejando en evidencia lo absurdo de ciertas normas que, por tradición, rigen en el país.

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Imane Rachidi

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