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martes 13 noviembre 2018

Cultura

Nos lo dicen en verso

En un tiempo de precariedades y movilizaciones, tampoco la poesía es ajena a lo que ocurre en las vidas y en las calles. Algunos libros recientes dan testimonio, ahondan en el conflicto y acompañan con sus voces la lucha por un mundo distinto y mejor

23 junio 2013
08:14
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Artículo publicado en el número de junio de La Marea, disponible en kioskos y aquí

Digo que gritemos o gesticulemos / digo que invadamos una calle (…) / digo que decoremos las paredes / con mensajes muy claros del tipo ‘el poder a la mierda’». Estas palabras no se dijeron con un megáfono en una plaza, ni forman parte del comunicado de llamada a una acción de protesta: son cuatro versos del libro Distancias, de Pedro del Pozo. Una muestra entre tantas de que, lejos de torres de marfil y etéreas musas, hay en nuestros días poetas que escriben con las palabras y las intenciones muy pegadas a la tierra.

Y es que la poesía puede entenderse como herramienta de análisis y de conciencia, como una vía para contribuir a la escritura colectiva de otro relato de los acontecimientos. No se trata de proponer grupos generacionales o de estilo, de anclar referentes y filiaciones: esta poesía se escribe desde distintos lugares del país, en sus diversas lenguas, con todas las edades y las más variadas formas y estilos. Su punto en común: una vocación crítica, reveladora y transformadora; una voluntad de encontrar una manera propia de plasmar los problemas cotidianos –los de los periódicos, pero también los de las asambleas y organizaciones–.

Pluralidad de temas, formas y miradas

«No quiero ser Europa si no he sido / oveja que degüella a su pastor», escribe Miguel Ángel García Argüez en Danza caníbal. Daniel Bellón da visibilidad en Coltán a los dramas que rodean la producción de ese metal esencial en la tecnología: «Ansiedad / bloqueando el flujo / sobrecargando de esperas / (…) tanto inútil coltán desperdiciado». Laura Giordani, por su parte, desgrana en Materia oscura el sufrimiento de los niños trabajadores o explotados sexualmente: «hay lugares donde jugar / es ir a contramano / de la gravedad del hambre». Otras poetas abordan las esclavitudes disfrazadas de sonrisa que afrontan las mujeres: «cuando me muestre entonces en carne viva, / frente a los maniquíes de los escaparates / en las calles, ¿quién me reconocerá?» (Beatriz Viol, Los mapas perdidos). Algunos escriben sobre este tiempo repleto de precariedad y desperdicios: «para saber a qué se referían / le añadían ‘basura’ a las palabras: / hipotecas, comida, televisión, contratos…» (Ben Clark, Basura).

Naturalmente, no todo descansa en la formulación más directa. Para eso están la metáfora, la imagen. Si quieren hablar de lo que nos ocurre, los poetas nos recuerdan: «Qué triste la vida /  de una línea recta: / tan sola / tan recta / tan uniforme» (José María Gómez Valero, Travesía encendida). Nos preguntan: «¿Cómo se vive / sin que vivir sea otro nombre / de la supervivencia?» (Arturo Borra, Figuras de la asfixia). Nos proponen: «Aprender / de los estorninos / la alegría de volar juntos» (Jorge Riechmann, Poemas lisiados). Lo hacen con la convicción de que la palabra poética, lejos de ser oscura, puede ayudar a entender.

Y es que los poetas que afilan su mirada crítica no abandonan tampoco el trabajo del lenguaje que es propio al género. Si los endecasílabos y heptasílabos más clásicos pueden reformularse para decir «derrotemos al último enemigo / que por dentro nos vence: / el miedo que tenemos a juntarnos / porque nos conocemos», como hace Alberto Porlan en su libro País; hay también quien indaga en tradiciones ajenas, como Ana Pérez Cañamares, que en Poesía entre paréntesis se vale del haiku para afirmar: «Capitalismo: / mi venganza es amar / lo que desprecia». Y si Carmen Camacho escribe: «Todo Sistema aprieta. Decide cómo usar tu destornillador» en uno de esos aforismos que ella llama Minimás, Luis Melgarejo, en Poemas del bloqueo, se las apaña para insertar en un soneto de manual versos que cuentan como «sin papeles, / a golpes ya devueltos la sacaron / legales de la casa». Se trata de reinventar la manera en que se cuenta el mundo, de apuntar otros significados para las palabras de cada día, lejos del mercado y el espectáculo .

Y no sólo en castellano: los demás idiomas –oficiales o no–   del Estado también tienen sus poetas, y tales poetas también forjan sus compromisos. Hasier Larretxea, por ejemplo, opta por el euskera para dedicar un texto a los trabajadores despedidos de una fábrica de bombillas: «Hauturik / ez dagoenean, / bizitza, / aukera bakarra da» (Cuando no hay / elección, la vida / es la única / posibilidad), escribe en Atakak (Barreras). Y Sofía Castañón nos dice en asturiano que «hai agora mesmo tanta xente morriendo / que’l mundu, a la fuercia, debe d’andar / ensin equilibriu» (hay ahora mismo tanta gente muriendo / que el mundo, a la fuerza, debe andar / sin equilibrio), en su libro Destruimientu del xardín.

Poesía que sale al encuentro de sus lectores

Por variado y complejo que sea este mapa, algunos proyectos pueden ayudar a orientarse. Once poetas críticos en la poesía española reciente, una obra editada en 2007, sigue siendo una antología referencial. En ella, la selección de poemas se completa con el texto No doblar las rodillas, una peculiar cronología que pone en relación las publicaciones poéticas españolas de las últimas décadas con los acontecimientos políticos y sociales más relevantes. El libro está disponible para su libre descarga en la web Manual de Lecturas Rápidas para la Supervivencia (nodo50.org/mlrs), un proyecto veterano en Internet que ofrece una biblioteca virtual de poemarios, textos críticos y publicaciones periódicas. Para quienes quieran hacer un repaso histórico a este tipo de poesía, en ella se encuentran, por ejemplo, los manifiestos de La Palabra Itinerante, con su propuesta de una «poesía en resistencia», o el libro fundacional Poesía y poder, elaborado por el colectivo Alicia Bajo Cero a mediados de los 90. La página también se actualiza cotidianamente con convocatorias de actos en los que los propios poetas comparten su escritura en recitales, propuestas escénicas, talleres… Y es que, como demuestra lo nutrido de esta agenda, no sólo ocurre que la calle haya entrado en la poesía, sino que la poesía también sale a la calle.

«Un buen poema político no ‘mueve el mundo’. / Ayuda a recobrar aliento. / Un buen poema político no ‘hace caer a la injusticia’. / Le da nombre y dirección»: así declaraba intenciones Enrique Falcón en uno de los puntos de su libro-poética El amor, la ira. Hoy no son pocas las voces que toman y reinterpretan ese mismo camino para seguir diciendo –también en verso–  lo que le pasa a nuestro mundo.

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Laura Casielles

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