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domingo 16 diciembre 2018

Política

La violencia ya es solo un amargo recuerdo en la “Belfast vasca”

Rentería, en Gipuzkoa, fue una de las ciudades vascas más castigadas por la violencia, donde los niños jugaban a ver quién recogía más pelotas de goma y a veces casquillos de bala. El pasado no se olvida, pero los habitantes están logrando ahora convivir en paz.

20 octubre 2012
12:37
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La violencia ya es solo un amargo recuerdo en la “Belfast vasca”
La Casa del Pueblo del PSE en Rentería tiene terraza por primera vez. Foto: Aitor Bengoa

RENTERÍA // El sorbo de café caliente de la Casa del Pueblo de Rentería llena la boca de un sabor amargo, como muchos capítulos de la historia de este pueblo. Este local, que pertenece al Partido Socialista de Euskadi (PSE), abrió en 1983, pero solo este último año se han colocado un par de mesas y algunas sillas en su exterior a modo de terraza. En total, este establecimiento ha sido atacado 28 veces.

Poder tomar aquí este café significa un “cambio sustancial de la situación”, explica José Ángel Rodríguez, portavoz municipal del PSE, sentado en una de esas sillas. Hace un año este gesto tan cotidiano hubiera supuesto jugarse el tipo.

Rentería, oficialmente Errenteria, es el tercer municipio con más habitantes de Gipuzkoa y recibió apodos como “ciudad sin ley” o la “Belfast vasca”. Muchos de sus habitantes guardan el vívido recuerdo de la Policía Armada o la Guardia Civil irrumpiendo en la villa en los primeros años tras la dictadura, saqueando tiendas y disparando con munición real contra manifestantes.

En muchos tímpanos aún resuena el estampido de las balas y las bombas de ETA que se llevaban por delante a policías, taxistas… Los disturbios eran pan de cada día. Un periódico local publicó en una ocasión el titular “Ayer no hubo barricadas en Rentería”. Aquí los niños jugaban a ver quién recogía más pelotas de goma. A veces casquillos de bala.

En Rentería las madres obligaban a sus hijos a prometerles que no patearían ningún objeto desconocido por miedo a que les pasase lo mismo que a Alberto Muñagorri, que propinó una patada a una mochila que encontró en la calle y que le explotó en la cara. Tenía 10 años. La mochila la había colocado ETA delante de una oficina de Iberduero. Alberto perdió un ojo y una pierna. Cuentan que en el hospital, para soportar el intenso dolor, se abrazaba a los guantes que le regaló el por aquel entonces portero de la Real Sociedad y de la selección española, Arconada.

Más de una vez miembros de los GAL asaltaron a simpatizantes abertzales renterianos y llegaron a utilizar objetos punzantes para ‘tatuar’ esas tres letras en el cuerpo de un concejal de HB. La carta-bomba enviada por este grupo terrorista a un edil de HB fue la causante de la muerte de José Antonio Cardosa, cartero de 22 años.

Tiempos duros

Estos sucesos son solo algunas gotas del aguacero de violencia que se abatió sobre Rentería y sobre todo el País Vasco durante décadas. Hubo muchas más. Sorprende que, a pesar del rosario de sufrimiento, este pueblo siempre haya sido una sementera de movimientos sociales e incesantes iniciativas culturales.

“Errenteria ha vivido tiempos muy duros, este pueblo ha sufrido mucho” asegura el actual alcalde, Julen Mendoza, de Bildu, la coalición que aglutina a la izquierda abertzale y a partidos como Eusko Alkartasuna y Alternatiba, escisiones del PNV y Ezker Batua respectivamente.

La actividad política siempre se desarrolló en una atmósfera enrarecida. Mendoza rememora con gesto serio que en este ayuntamiento ha habido “episodios de mucha tensión” y recuerda que “aquí han matado a dos concejales”.

Los dos ediles pertenecían al PP y fueron asesinados en 1997 y 1998, con seis meses de diferencia. El primero fue José Luis Caso, soldador jubilado. Un tiro a bocajarro en la cabeza. Le sustituyó Manuel Zamarreño, que fue asesinado seis meses después, cuando regresaba a casa de comprar el pan. Una bomba colocada en un ciclomotor que estalló a su paso.

“Asesinados vil y cobardemente”, asevera el socialista Rodríguez cuando recuerda estos atentados. Este edil reconoce que su vida ha cambiado mucho en el último año. “Llevar guardaespaldas no es como en las películas”, dice.

Nuevo horizonte

El alcalde actual reconoce que el fin de la ilegalización de la izquierda abertzale y el cese de la actividad armada anunciado por ETA el pasado octubre han sido factores fundamentales para rebajar la tensión. Los últimos meses “no han pasado en balde” señala Mendoza. Rodríguez, por su parte, explica que “en esta legislatura hay un cambio de formas, en el trato y en el respeto que facilita la convivencia y las relaciones, y que permite buscar soluciones conjuntas para el pueblo”.

Imágenes que hace un tiempo resultaban impensables comienzan a ser una tímida realidad: hace unos meses los concejales de todas las formaciones, Bildu, PSE, PNV, PP y Ezker Anitza, participaron juntos en unos juegos cooperativos durante unos talleres. Los representantes municipales de Bildu estuvieron presentes en la inauguración de la casa del pueblo junto a los ediles del PSE. Pequeños gestos insólitos en los pasillos del consistorio: una palmada en la espalda, sonrisas amables e incluso bromas entre personas otrora totalmente enfrentadas. Imágenes que hace un año hubiera sido difícil imaginar.

El alcalde sostiene que “todos debemos reconocer los errores del pasado” pero subraya que “debemos hacerlo todos”. Añade que “quienes actúan con prepotencia, buscando la humillación y la venganza se equivocan” porque “no es lo que la mayoría de esta sociedad quiere”. Apela a la “empatía para abrir nuevos caminos” y cree que la única opción es “seguir dialogando” para llegar a acuerdos.

Las cicatrices permanecen

Rodríguez subraya que “este proceso necesita mucha pedagogía y precisa un recorrido más largo del que algunos quieren darle”. “La izquierda abertzale todavía tiene que hacer un largo camino y asumir muchos de los errores que han cometido y decirlo alto y claro” señala.

“Lo vivido no lo vamos a olvidar. Las heridas se cierran pero las cicatrices permanecen. Pero a pesar de ello, todos estamos por convivir y respetarnos mutuamente”. Asimismo, reconoce que personas de la izquierda abertzale también han podido vivir “situaciones difíciles y complicadas” y que en el “otro bando” hubo “cosas se podían haber hecho mejor”.

Hoy “hay un horizonte que se vislumbra diferente y que vemos con ilusión”, dice el edil del PSE. Reflexiona un momento y sonríe levemente cuando le viene a la mente “algo curioso”, algo que le hubiera costado imaginar en otro tiempo: “El hijo del alcalde y mi nieto están en la misma guardería, aprendiendo juntos las mismas cosas, el mismo idioma (euskera) y conviviendo juntos”, dice.

Hoy no hay barrotes en las ventanas de la sede del PSE y tampoco están ahí las dotaciones de la Ertzaintza que habitualmente custodiaban este local. Este café sabe amargo y evoca, al mismo tiempo, ese momento por la mañana en el que todo despierta y comienza un nuevo día.

 

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Aitor Bengoa

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