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Domingo 23 Julio 2017

Opinión

Mañana morirás. O no.

“Es difícil imaginar qué pasaría con nuestras emociones, qué seríamos sin el miedo, sin el riesgo, sin la frustración auténtica –aquella ante lo irreparable-“.

18 Junio 2017
11:53
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Mañana morirás. O no.
Una secuencia de Passengers.

Voy a morir. Tú también. Y los dos lo sabemos. Al parecer, los seres humanos son los únicos animales con conciencia de su finitud. En unos minutos, en unos meses, en varias decenas de años, no estaremos aquí; una certidumbre que puede resultar insoportable. Provoca rebelión, miedo, rabia, quizá resignación entre los más sabios. Unos meses, unos años más, por favor. Aunque no seamos del todo felices. Como dice el título de una triste comedia alemana: quien muere antes, estará más tiempo muerto.

La angustia de la muerte es el precio que pagamos por la comprensión de nuestro destino. Hay quien procura no pensar en ella, pero hay también quien intenta oponerse a lo inevitable mediante dietas y abstinencias diversas, ejercicio, cirugía estética, tratamientos rejuvenecedores. Nadie diría que tienes setenta años, le dijeron en mi presencia a un escritor, y él, con sonrisa resignada, respondió: ya, pero los tengo.

La ciencia nos promete, casi cada mes, nuevos avances que reducirán las causas de mortalidad, posponiendo el infarto o el cáncer o el Alzheimer, pero esos anuncios esperanzadores no bastan para borrar la certeza de que, hagamos lo que hagamos, todo se acabará, y lo hará antes de que lo deseemos.

Por supuesto, muchos se refugian en la fe en el más allá, pero esa fe es tambaleante, su solidez depende de nuestro estado de ánimo, también de lo mucho que consigamos engañarnos. Hay ateos que se confiesan cuando presienten la cercanía de la muerte y católicos que, aunque confesados y en estado de gracia, se retuercen aterrados por mucho que les digan que irán al cielo. Convicción y certidumbre no son sinónimos. Y, como siempre, los negocios florecen alrededor del miedo.

Años atrás, la empresa Summum ofrecía el embalsamamiento del cuerpo con técnicas egipcias milenarias y la posibilidad de transferir el alma a un cuerpo nuevo clonado del propio, una vez que la tecnología de clonación hubiese evolucionado lo suficiente. La promesa es atractiva a pesar de un precio que puede superar los cien mil dólares: sobrevivir en un cuerpo igual que el mío, encarnar de nuevo mi memoria, mi carácter, mis deseos. Negarme a ser pasado, cristalizar en un presente continuo. Hoy, quizá por razones jurídicas, en su página web se habla sólo de “momificación de transferencia”, sin especificar en qué consiste dicha transferencia.

Cryonics Institute y Alcor Life Preservation Foundation ofrecen soluciones más científicas, al menos en apariencia, y por ello más seguras: la criogenización. Los miembros de estos dos clubes exclusivos, después de morir, serán mantenidos en nitrógeno líquido, a la espera de ser reanimados cuando la ciencia haya avanzado lo suficiente como para curar la enfermedad que causó la defunción y cuando se haya averiguado cómo descongelar sin graves daños el tejido muscular y la masa cerebral mantenidos a -196 Cº. No prometen, pero dejan entrever la posibilidad de que el contenido del cerebro pueda ser restaurado sin pérdidas significativas. La fe –o la desesperación- necesaria para creer en ese más allá de laboratorio no es menor que la que se precisa para aceptar la resurrección de la carne que promete el cristianismo o la reencarnación budista.

Pero, incluso creyendo que se puede restaurar el contenido del cerebro de un muerto (hoy es ilegal criogenizar sin que se certifique la defunción), ¿cómo tener certeza de que moriré en condiciones que permitan el transporte rápido, y refrigerado, de mi cuerpo a un centro de criogenización? ¿No es más seguro apostar por técnicas que permitan salvar los datos del cerebro antes de mi muerte?

Imaginemos un mundo, que nos anuncian cercano, en el que se pueda leer con precisión el cerebro de una persona: no sólo, como hoy, saber qué zonas están involucradas en los actos cognitivos y expresivos, dónde generan actividad las emociones, qué regiones se animan cuando tomamos tal o cual decisión. Estamos hablando de poder reducir a series de datos las relaciones entre cada estímulo y cada respuesta, descargar del cerebro la memoria contenida en él como lo haríamos de un archivo digital. Todo lo que sabemos, lo que recordamos, nuestra manera de entender el mundo, nuestro carácter, en un archivo. Nuestro yo listo para ser descargado en otros cuerpos; bastaría con conectar esos datos a cerebro artificial que se introduciría en un cuerpo (¿el de alguien menos pudiente que no puede permitirse la inmortalidad?). El sueño del doctor Frankenstein.

Pero quizá ese sueño está demasiado lejos, así que conformémonos con uno algo más cercano: el de descargar el contenido de mi cerebro –es decir, toda mi conciencia- en una máquina o en un avatar virtual. Este sueño tiene un nombre: Emulación cerebral completa (WBE: Whole-Brain Emulation). De la misma manera que yo, ser vivo, puedo, por ejemplo, encarnarme en un personaje de Second Life, podré hacerlo también cuando mi cuerpo haya desaparecido pero no los datos de mi cerebro. Habitar mundos creados para mí. En la película El congreso, de Ari Folman, basada en una novela de Lem, cualquier persona puede trasladarse a personajes de dibujos animados elegidos por ella, y la empresa que facilita esa posibilidad crea un mundo virtual para que lo habiten. La protagonista entra en ese mundo y la confusión no tarda en hacerse presente; cuando hay un apagón, pregunta: “¿Está oscuro o lo está solo en mi mente?” Y el camarero del servicio de habitaciones responde: “Todo está en nuestra mente; si ves la oscuridad, entonces has escogido la oscuridad.”

Todo está en nuestra mente. El cuerpo es intercambiable y, en ciertas condiciones, también el contexto. Escoger, migrar de un avatar a otro, en el mundo físico o en el virtual, poder también volver atrás, hasta llegar a un back up previo a experiencias desagradables. “¿Te lo imaginas? La vida sin las frustraciones”, ofrece un empresario a la protagonista de El Congreso. Baudrillard establece una inteligente relación entre la pérdida de aura de la obra de arte cuando ésta puede reproducirse indefinidamente y esa misma pérdida en el individuo clonado, que también se daría en los cerebros archivados en la nube o en cualquier dispositivo. El original deja de existir. Sólo hay datos que componen un perfil. Y yo, uploaded, puedo ser –el vértigo es inevitable- decenas de seres en decenas de lugares distintos, de forma sucesiva o al mismo tiempo; desplazarme dentro de un cyborg, volar con un cuervo, sumergirme con una ballena (seres digitales, pero ya la diferencia entre lo real y lo virtual deja de tener sentido), adquirir capacidades sobrehumanas. Y si hay varias copias de mi cerebro, podría encarnarme –más bien, descargarme- en dos cyborgs que pelean uno con otro, añadir a cada copia nuevas experiencias –nuevos datos-, evolucionar en dos archivos diferentes y ser dos personas diferentes. De repente habría superado las dos principales frustraciones inherentes al ser humano: la mortalidad y la limitación de vivir en un cuerpo. Estar ultraconectado, ser ubicuo, más bien, múltiple, y eterno.

“Mi cuerpo es lo contrario de una utopía: es aquello que nunca acontece bajo otro cielo”, escribió Foucault, pero en el mundo de la Emulación cerebral completa eso se habría acabado, porque se habría roto definitivamente la unión entre “mi” y “cuerpo”, cualquier cuerpo sería mío, y mío no tendría sentido porque yo sería varios, una posible multitud de copias.

Es difícil imaginar qué pasaría con nuestras emociones, qué seríamos sin el miedo, sin el riesgo, sin la frustración auténtica –aquella ante lo irreparable-. Cómo se relacionarían unos avatares con otros. Y dónde quedaría la pasión; de hecho, es imposible pensar en la pasión de archivos digitales, imposible imaginar también el placer. El propio Baudrillard escribía que en el mundo del juego virtual, en ese estar conectado, ser parte de una red, no hay pasión, sino fascinación. Algo que quizá se intuyó mucho antes de la llegada de las tecnologías de la información. A pesar del miedo a la muerte, prescindir de ella crea fantasmas aterradores, más que la misma muerte. Porque Nosferatu vive para siempre y, sin embargo, Nosferatu es un ser desesperanzado. Tampoco el vampiro digital no parece prometer una vida más digna de ser vivida.

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José Ovejero

José Ovejero

LM51 – Julio/Agosto 2017

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