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Sábado 24 Junio 2017

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Sonríe, imbécil

“Creo que hay un cierto pensamiento dominante que parece exigir a los trabajadores que no solo deben trabajar en condiciones de precariedad sino que además deben hacerlo con buena cara”, escribe David Herreros.

01 Abril 2017
10:37
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Sonríe, imbécil
Un camarero en la Plaza Mayor de Madrid. FERNANDO SÁNCHEZ

DAVID HERRERO GARCÍA* // Todos hemos escuchado en una cafetería frases como “el camarero es un borde, yo aquí no vuelvo” o “la camarera al menos podía ponernos buena cara que para algo pagamos”, entre otras muchas más. Estos comentarios parecen poner de relieve que en los trabajos de cara al público los trabajadores están obligados a sonreír, sea cual sea su situación personal.

Dicen que cuando uno escribe siempre lo hace contra algo o alguien, yo hoy escribo contra esa opinión dominante que pretende obligar a poner siempre buena cara a aquellos que trabajan de cara al público. Y mi cabreo viene de una situación vivida recientemente en un bar con unos amigos. Tras acabar la primera ronda de cervezas que habíamos pedido, un amigo y yo nos dirigimos a la barra para pedir otra cerveza. Cuando la camarera nos sirve en la mesa en la que estábamos sentados, otro de los amigos le pide una nueva consumición. La camarera vuelve con esta a la mesa y el que faltaba por pedir le dice si le puede traer a él otra, a lo que ella con cierto enfado responde “¿algo más que queráis pedir?”. Esto dio lugar a una pequeña discusión entre mis amigos en la cual todos menos yo estaban de acuerdo en que el tono de la camarera no había sido el adecuado, incluso uno llegó a decir que el sitio estaba muy bien pero se iba a replantear si volver. Para defender sus argumentos sostenían que el bar estaba casi vacío y por tanto la camarera no tenía nada mejor que hacer. La realidad era que estuviese o no vacío el local esta persona había hecho tres viajes en lugar de uno por no haberlo pedido todo a la vez.

A raíz de esto y sin venir mucho a cuento, o tal vez sí, se me vino a la cabeza un chiste que había leído hace un tiempo y respondía a aquellas personas que justifican tirar las cosas al suelo porque así dan trabajo a los que se encargan de la limpieza de las calles o de los distintos establecimientos. El chiste venía a decir algo como que si tú ensucias para dar trabajo a los barrenderos, yo puedo romperte los dientes de un puñetazo para dar trabajo a los dentistas.

Más allá de la anécdota en sí creo que hay un cierto pensamiento dominante que parece exigir a los trabajadores que no solo deben trabajar en condiciones de precariedad sino que además deben hacerlo con buena cara. No solo tienes que aceptar tus cadenas sino que ahora también debes sacarles brillo para que tengan buen aspecto ante los demás. Estos casos no dejan de ser solo unos ejemplos más de la fobia de la sociedad hacia el mundo del trabajo. Lo que a Owen Jones le llevó a escribir La demonización de la clase obrera y a Arantxa Tirado y Ricardo Romero (Nega) recientemente La clase obrera no va al paraíso. En este libro aparece un ejemplo contrario al anterior pero que puede ayudarnos a comprender parte de esta problemática poniéndonos en la piel de quien está al otro lado del mostrador, en este caso centrado en el desencuentro entre la clase obrera y la universidad:

Universidad Pompeu Fabra (UPF), Barcelona, noviembre de 2013. Un joven trabajador de la cafetería nos sirve un cortado y mira de reojo las conversaciones de un grupo de estudiantes universitarias que ríen, con la risa de quienes no tienen muchos problemas en la vida. La mirada muestra curiosidad pero también un leve aire de desprecio hacia quienes seguramente son, para él, niñas pijas que no tienen que estar sirviendo cafés a destajo con su misma edad. Quizá sea un prejuicio del camarero, pero esa mirada expresa, como pocas, el distanciamiento entre clase obrera y mundo universitario”.

Este ejemplo de lo que ocurre en el mundo universitario puede ser extrapolable a muchas de las situaciones que se pueden vivir en cualquier bar o cafetería. A lo largo de la historia la clase obrera ha tenido que soportar todo tipo de trabajos, muchos de ellos de gran dureza e incluso vejatorios. Pero con la proliferación en los países occidentales del sector servicios ha entrado en juego un nuevo elemento y es que ahora no solo debemos vender nuestra fuerza de trabajo sino que además el estado anímico de las personas parece cobrar importancia hasta el punto de que se pueda despedir a trabajadores por no sonreír lo suficiente o por no ser todo lo amables que deberían con los clientes. En el fordismo, la época de producción en cadena, los trabajadores debían ser eficaces en la labor que desempeñaban. Ahora además deben ser amables e incluso deben tener un buen aspecto físico o han de vestir de una determinada forma (no me refiero aquí uniformes sino a seguir según que moda), pero esto último daría como mínimo para otro artículo más.

Quizás lo más preocupante es que este discurso haya calado en personas y sectores de la sociedad que se dicen de izquierdas o progresistas. Nuevamente el neoliberalismo ha conseguido propagar su mensaje hasta lo más profundo de nuestras sociedades mientras que a la izquierda, falta de referentes y modelos claros, le cuesta muchísimo entrar en sintonía con aquellos a los que pretende defender, los trabajadores.

Volviendo al tema en concreto anterior, una explicación posible al porqué de estas conductas es que vivimos en sociedades completamente mercantilizadas y, por tanto, cuando pedimos un café o un menú en un local no somos capaces de ver lo que hay detrás, personas en iguales o peores condiciones que nosotros tratando de ganarse la vida. Si pedimos una cerveza queremos que nos la sirvan lo antes posible y con la mejor de las sonrisas por parte del camarero, sin importarnos si su situación personal es como para sonreír o las horas que lleva trabajando. En definitiva, no vemos personas sino objetos a los que pagamos por un servicio. Como ejercicio de reflexión recomiendo escuchar atentamente Tras la barra de Platero y tú:

Pero los sueños se ven interrumpidos por esa gente que pide todo a gritos. Limpia la barra y aprieta los dientes, al otro lado la gente se divierte. A esa señora no debes replicar, tu educación es algo fundamental. Tras cinco años llegó a la conclusión, siempre el cliente no tiene la razón…”.

El último elemento a analizar es la afirmación que normalmente se hace “para algo pago”. No debemos olvidar que aquellos que realizan trabajos de cara al público casi siempre son trabajadores contratados, no los dueños del negocio. Por tanto cuando pagamos por un servicio no pagamos nada directamente a esos trabajadores.

Marea, el grupo de rock navarro, tituló en 2011 su último álbum En mi hambre mando yo. Pues parece que ya no, sean bienvenidos a este circo de lo absurdo en el que todo está en venta, incluso tu sonrisa.

* David Herrero García es estudiante de Derecho en la Universidad de Oviedo.

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