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“El orgullo nacional se ha convertido en piedra angular de la campaña holandesa”

El politólogo Koen Vossen analiza las elecciones que se celebran este miércoles, marcadas por el ascenso del xenófobo Geert Wilders: “No sería la primera vez que la formación más votada acabara en la oposición”.

14 Marzo 2017
01:59
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“El orgullo nacional se ha convertido en piedra angular de la campaña holandesa”
La campaña holandesa está marcada por el ascenso del xenófobo Geert Wilders.

El miércoles, cuando los holandeses vayan a las urnas, tendrán que desplegar un boleto electoral que tiene más de sábana que de otra cosa: mide un metro por 70 centímetros para dar cabida a las listas de candidatos de los 28 partidos que compiten en los comicios nacionales. Desde la Segunda Guerra Mundial no ha habido elecciones en que hayan participado más formaciones. Las encuestas indican que unos 15 partidos ganarán al menos un escaño de los 150 que tiene la Segunda Cámara holandesa. También se prevé que hasta entre un 16% y 20% de los votantes usará su tradicional lápiz rojo para marcar su preferencia por Geert Wilders, el líder del Partido por la Libertad (PVV), formación xenófoba y antiislámica que puede resultar la más votada.

La perspectiva de una victoria electoral de la extrema derecha ha sumido al país en un estado de confusión. También ha suscitado el interés de los medios globales, para quienes el ascenso del partido de Wilders —menos de un año después del referéndum del Brexit en Reino Unido y la victoria de Donald Trump en Estados Unidos— es sintomático de una tendencia global. Las elecciones holandesas se leen como un augurio preocupante para los comicios inminentes en Francia y Alemania. 

campaña holandesa

Pocos en Holanda conocen al PVV mejor que Koen Vossen. Politólogo de la Universidad de Nimega y especializado en la historia de los partidos menores, Vossen ha seguido al partido de Wilders desde sus inicios. Su libro sobre el PVV, El poder del populismo, acaba de ser traducido al inglés. Como máximo experto en la materia, en los últimos meses no ha parado de atender a periodistas. “Me han llamado desde China, Rusia, Argentina…”, dice. “Y el otro día hasta hablé ¡con La Razón! Muchos periodistas tienen la impresión de que Wilders está a punto de hacerse con el poder. Intento poner las cosas un poco más en perspectiva”. Porque en Holanda ganar las elecciones no significa, ni mucho menos, poder gobernar. Desde la Segunda Guerra Mundial, ningún partido se ha hecho con la mayoría absoluta, por lo que el país siempre es gobernado por coaliciones entre varios partidos. A pesar del posible éxito electoral de Wilders, la mayoría de los partidos ha dicho que nunca entrarán en coalición con él. El actual primer ministro, Mark Rutte, cuyo partido liberal (VVD) gobierna con el partido obrero (PvdA), ha dicho que la posibilidad de que acabe gobernando con Wilders es “cero coma cero”.

Dado este cordón sanitario preestablecido, ¿cuánto importa que, el miércoles, el PVV de Wilders salga o no como el partido más votado?

Importa simbólicamente más que nada. Si el PVV sale el más grande pero los otros partidos se niegan, desde el comienzo, a dejarle gobernar, Wilders se podrá quejar de que sus votantes quedan excluidos del proceso.

¿La posibilidad de que el PVV llegue a gobernar es realmente cero?

Si la demoscopia actual se mantiene, sí. Hace algunos meses los sondeos vaticinaban hasta 40 escaños para Wilders. En ese caso, mantenerlo fuera del gobierno habría sido muy difícil. Sin embargo, ahora parece que Wilders puede hacerse con unos 22 escaños y el VVD de Rutte con unos 25. Lo más probable es que el PVV no entre. Incluso si Wilders acabara ganando las elecciones con un margen más pequeño, creará un problema simbólico, pero superable: no sería la primera vez que la formación más votada acabara en la oposición.

¿Wilders de verdad aspira a gobernar?

Todo indica que no. El propio Wilders se ha hecho cada vez más imposible.

Ni Wilders ni su partido, del que él es el único afiliado oficial, parecen muy preparados para gobernar el país.

En efecto. Su partido casi no existe como tal. Y no ha sido capaz, o no ha querido, reunir a un equipo de gobierno. Su programa electoral se limita a una sola página. Y se empeña en ofender a sus rivales de tal forma que parece difícil que después colabore con ellos. En fin, son todo señales de que no pretende gobernar de verdad.

¿Sus votantes se dan cuenta de ello?

Una parte de ellos, sin duda.

De las muchas entrevistas e investigaciones que han salido, queda claro que muchos que dicen que le van a votar no están de acuerdo con todo lo que proclama Wilders.

Es verdad; muchos le votan no porque crean en todo lo que dice, sino porque lo ven como palanca que pueda sacudir el mundo político. En realidad, es un deseo bastante primario. Un deseo de cambio, nacido de una sensación de profundo hartazgo con las élites. Muchos de sus simpatizantes, por ejemplo, no creen de verdad que el Islam esté a punto de “conquistar” a Holanda, como mantiene Wilders.

Aun así, parece que la mera presencia de Wilders ha derechizado a los demás partidos, para empezar el VVD, el tradicional partido liberal de centroderecha.

Estilísticamente, eso ha ocurrido sin duda. Antes, el VVD representaba una derecha digamos patricia. Ahora se ha decantado por un derechismo directamente populista. Pero la tendencia también ha afectado al CDA, el partido democristiano. Su líder, Sybrand Buma, ahora se perfila como defensor a ultranza de la identidad nacional, definida por lo que llama “los valores judeocristianos”. Es curioso: el orgullo nacional se ha convertido en piedra angular de esta campaña. También entre los partidos de izquierda. En Holanda, eso sorprende. Tocar el tambor nacionalista de esa forma —ese apelar constante a las emociones— habría sido impensable hace veinte años. Pero a los políticos les está funcionando, como le funcionó a Obama en Estados Unidos también, por cierto.

Entre las emociones, además del orgullo, también se apela al miedo.

Sí, y ese miedo existe: la gente teme un atentado terrorista, la pérdida de la identidad nacional… Y sin duda contribuyen a ese miedo incidentes como el conflicto diplomático con Turquía este fin de semana. Eso sí, donde hay menos temor que hace algunos años es en el ámbito económico. Allí las cosas han mejorado. Lo trágico, sin embargo, es que los dos partidos que conforman el gobierno actual, el partido obrero (PvdA) y los liberales de Rutte, no puedan casi ufanarse de sus éxitos en ese campo. Son otros temas los que se han convertido en las piedras de toque de la campaña. Y eso también es sintomático. Antes, era normal que los partidos gobernantes pudieran sacar cierto crédito por sus logros. Hoy, la tendencia es más bien al revés: los ciudadanos quieren ajustar cuentas: castigar a los políticos por sus errores.

¿No es también es un problema de legitimidad de la política parlamentaria? El electorado no solo da por sentado que los políticos mienten, sino que lo hacen por puro interés propio.

Es verdad. Claro que no es nuevo; esas ideas también las había en los años treinta. Pero sí parecen haberse reforzado, por varios factores. Los ciudadanos se han hecho mucho más asertivos, por ejemplo. Eso se ve en todos los ámbitos: también ha disminuido el poder institucional de otras figuras de autoridad, como médicos, periodistas y académicos. En segundo lugar, influye el hecho de que los medios han dejado de hacer pedagogía. Su papel principal ya no es tanto informar sino entretener. ¿Y qué es más entretenido que confrontar a un político con ciudadanos mosqueados? Un factor final es que la política nacional es cada vez menos importante. En un mundo globalizado, ¿qué poder tiene un país sobre su propio destino? Dado que a los políticos no les gusta admitir esa falta de importancia, fingen que siguen teniendo el poder de antes. Cuando resulta que no es el caso —y cuando además carecen de una clara narrativa ideológica para explicarlo— sus votantes se vuelven cínicos.

Wilders ha sido la figura más influyente de la política holandesa en lo que va de siglo. En el caso hipotético de que acabe ganando y entre a la oposición, ¿seguirá empujando la política holandesa hacia la derecha?

Es difícil predecirlo, pero yo no lo creo. De hecho, no me sorprendería que el país se cansara de Wilders. Por otro lado, conociendo a Wilders, hará lo posible por mantener el foco sobre él. Mucho dependerá también de la coyuntura. Si la inmigración —y conflictos como el de Turquía que acaba de estallar— se mantienen como problemas graves, la posición de Wilders se reforzará.

La izquierda holandesa se encuentra fragmentada entre cuatro partidos medianos que, según los sondeos, pueden sacar entre un 8% y un 12%: la Izquierda Verde (GroenLinks), que puede cuadruplicar su presencia en el parlamento gracias a su joven líder, Jesse Klaver; el Partido Socialista (SP), que se mantiene más o menos estable; el partido obrero (PvdA), antes uno de los tres grandes partidos del país, que va camino de una derrota histórica; y los liberales progresistas de D66, que parece que pueden sacar un 12%. Ahora, durante la campaña, la competencia mutua es feroz. Pero una vez pasadas las elecciones, ¿intentarán formar un amplio frente progresista? Al fin y al cabo, entre los cuatro tendrían más de un 40% del voto.

No lo creo. Para empezar, ese bloque necesitaría el apoyo de los democristianos, que están profundamente opuestos a la idea. Además, a los partidos de izquierda los divide una profunda desconfianza. Ya nadie se fía del partido obrero (PvdA), y razón no les falta. Lo más seguro es que haya una coalición de los liberales centroderechistas (VVD), los democristianos (CDA) y los liberales progresistas (D66). Necesitarán a otro partido, o quizás dos, para llegar a una mayoría parlamentaria. Allí veo entrar a la Izquierda Verde. Es lo que busca su líder, Jesse Klaver, en parte porque su partido nunca antes ha entrado a gobernar. Pero no me parece probable que haya un gobierno progresista.

Puedes leer nuestro dossier Antídotos de izquierdas contra el neofascismo.

Sebastiaan Faber

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