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Martes 22 Agosto 2017

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Hacia dónde vas, mundo

“El ascenso de la ultraderecha es innegable y nos puede abocar a tiempos muy difíciles, pero también se han fortalecido movimientos sociales diversos que muestran una cierta revitalización de nuestras sociedades”, resume Jesús González Pazos.

24 Enero 2017
23:33
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Hacia dónde vas, mundo
Donald Trump con el líder de UKIP, Nigel Farage, en el asensor de su casa de Nueva York. Foto: Twitter

JESÚS GONZÁLEZ PAZOS // Parece consecuencia de una arraigada tradición eso de al finalizar el año, o en las primeras semanas del siguiente, hacer análisis de situación. Ya sea a nivel local, nacional o internacional, ya sea sobre el arte, la economía o el acontecer gastronómico, la costumbre está ahí y los escritos proliferan. Pues bien, desde la oportunidad, y cierta legitimidad, que da el ser parte de una organización de solidaridad y cooperación internacional, intentamos sumar en esta línea de reflexión sobre hacia dónde va este mundo cuando recién hemos cambiado el calendario.

En un artículo anterior exponíamos la consideración de haber entrado, posiblemente, en el fin del ciclo neoliberal y como esto se ha manifestado con más evidencia en 2016, aunque viene de un poco más lejos. Afirmación asentada en hechos como las revueltas políticas y sociales que contra este sistema se dieron, especialmente en la primera década del actual siglo en América latina y que, cuestionando profundamente sus bases de dominación, abrieron caminos nuevos y posibles que todavía hoy están en construcción teórica y práctica (nadie dijo que esto fuera a ser fácil, verdad). Esa afirmación se asienta igualmente, y en años más recientes, en las sucesivas protestas encadenadas en los países del sur europeo, al sufrir éstos las consecuencias más duras de la crisis de ese modelo dominante, consecuencias no solo económicas, sino también políticas, sociales e ideológicas. Pero este aserto del fin del ciclo neoliberal se basaba también en el actuar de las mayorías silenciosas en el último año, aquellas que no salen a las calles, pero que llevan años sufriendo los rigores de este sistema que podemos denominar ya como el de la globalización de la desigualdad. Pues bien, ese hastío lo muestran esas mayorías silenciosas en votaciones y referéndums que, más allá de romper encuestas, reflejan la ruptura del conformismo pasivo al que han sido inducidas y el cansancio contra las élites económicas y políticas establecidas (el stablishment) que hoy controlan los diferentes países.

A partir de aquí, el futuro inmediato se abre hacia opciones diametralmente opuestas. O avanzamos hacia la construcción de sociedades más justas, donde el desigual reparto de la riqueza y su consecuencia más directa, el brutal resquebrajamiento de las sociedades por la desigualdad, sea una pesadilla olvidada; o, por el contrario, se optan por salidas neofascistas que profundicen en ese camino, como el ascenso generalizado de la ultraderecha y de la derecha extrema parece asegurarnos. Pero, teniendo todo esto en cuenta, centrémonos ahora en esa anunciada revisión de situación que citábamos al principio como objetivo de este escrito.

El Brexit en Gran Bretaña, el referéndum en Italia, la elección de Donald Trump en Estados Unidos y algún otro “susto” más han sido noticias cargadas de pasado que ponían en solfa las mismas estructuras del sistema político y social y que le han hecho tambalearse en 2016. Las medidas proteccionistas empiezan a recuperar espacios antes perdidos, mientras aumenta la crítica al libre mercado y su poder absoluto; el Estado recupera terreno frente a la ortodoxia neoliberal. Así, lo que hace poco se nos presentaba como la panacea del crecimiento económico, cual eran los innumerables tratados de libre comercio que las transnacionales dictaban a los gobiernos, hoy empiezan a ser cuestionados hasta por una parte de esas mismas élites. Y en toda esta situación de impugnación y disputa a las bases del sistema, aunque se nos trate de ocultar y minimizar, han tenido con enorme protagonismo las distintas sociedades. Enormes movilizaciones como hacía muchos años que no se encontraban (contra la brutal austeridad y por la vida digna en Grecia, contra esos mismos tratados de libre comercio que antes citábamos en toda Europa, etc.) han vuelto a recorrer las calles y han recuperado mucho de la dignidad malograda por el neoliberalismo. Aunque no siempre se hayan transformado en victorias políticas, han puesto elementos importantes para los cuestionamientos imprescindibles, para la crítica necesaria, para avanzar en la generación de alternativas al modelo.

Pero en este análisis de situación también hay que traer a revisión otras realidades invisibilizadas en 2016. Las guerras de Siria, Palestina, Irak… siguen interpelando por responsabilidades ocultas, especialmente, de parte de las “autoridades” europeas y estadounidenses. Esas mismas que construyen grandes proclamas a favor de la democracia y por los derechos humanos de todas las personas, pero siguen ignorando, y en muchos casos condenando a muerte, a miles de seres humanos que mueren en las puertas de la vieja Europa o en la fosa común más grande de la historia en que han convertido el mar Mediterráneo. Y todo ello mientras ocultan sus responsabilidades en esas mismas guerras; siguen lucrándose con la venta de armamento a contendientes de todo tipo, siguen alimentando los enfrentamientos y siguen reprimiendo la solidaridad.

Realidades invisibles también son otras guerras en Yemen, Libia, Somalia, Congo… y ya que estamos aquí, citemos la invisibilización de todo un continente como es el africano. Donde las transnacionales occidentales, con el respaldo firme de sus gobiernos, siguen expoliando y alimentando guerras para conseguir única y exclusivamente el aumento de sus beneficios.    

No obstante, hay un lado positivo en este balance que supone a su vez las bases optimistas para los tiempos que están por llegar. Ya señalábamos las grandes movilizaciones que en Europa han cuestionado el modelo, pero habrá que subrayar y enorgullecerse de la solidaridad y demanda de derechos que la mayoría de la población de este viejo continente expresa diariamente por esa población en marcha hacia Europa desde la expulsión de sus territorios por las guerras o el empobrecimiento enquistado. Cierto es que el ascenso de la ultraderecha es innegable y nos puede abocar a tiempos muy difíciles, pero también se han fortalecido en este 2016 movimientos sociales diversos que muestran una cierta revitalización de nuestras sociedades. Algunos, como el feminista, han plantado cara al espejismo de la igualdad de las mujeres en esta misma Europa, han dicho con claridad que todavía no es real la equidad y, sobre todo, proclaman día a día que el machismo y los machistas asesinan mujeres y que hay que acabar con uno y otros, deconstruyendo así esta sociedad patriarcal. 

Por otra parte y cruzando océanos, hay que recuperar del interesado olvido el hecho de que América Latina y sus grandes mayorías hoy siguen construyendo teorías y prácticas diferentes que buscan los caminos hacia sociedades más justas. Que ponen a discusión conceptos viejos y nuevos como el Buen Vivir, la economía comunitaria, la recuperación del papel del Estado en la economía o el hecho de que hay otros modelos de estados posibles que superan al tradicional estado-nación, etc. Pero incluso en países tan centrales como los EEUU, pese al tiempo de oscurantismo que puede venir con Trump, se abren esperanzas de nuevos planteamientos como fue, por lo menos, el discurso renovador de Bernie Sanders como posible candidato demócrata y lo que éste concitaba a su alrededor. Por todo ello y mucho más que se queda en el tintero, podemos decir que hay opciones, que hay posibilidades para que el 2017 resulte interesante. 

Y si alguien está tentado al leer este artículo a su descalificación fácil señalando que el mismo rezuma ideología superada por la historia, le ahorramos el esfuerzo. Claro que este texto vuelca en sí mismo ideología, aquella que busca la igualdad y la justicia social, la verdadera democracia en la que más y más personas tomemos parte activa, la del respeto real a todos los derechos para todos y todas no solo para unos pocos. Muchos pensaron hace solo dos décadas que el fin de las ideologías había llegado y proclamaron a su vez el fin de la historia, subrayando que a partir de ese momento no habría más lucha ideológica. Eran los años felices del triunfo, se pensaba absoluto, del neoliberalismo. Hoy, solo unas décadas después discutimos sobre su oscuro inmediato futuro. Pero sostenemos también que hoy el riesgo está precisamente en la desideologización que algunos pretenden para que el neofascismo, con múltiples caras, pueda de nuevo enseñorearse del mundo en este año que recién iniciamos. Por todo ello, les deseamos un buen año, que sepamos cargarlo de ideología.  

Jesús González Pazos es miembro de Mugarik Gabe.

 

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