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Miércoles 23 Agosto 2017

Internacional

La violencia interreligiosa desacredita la transición en Birmania

La minoría musulmana vive aterrorizada tras un año de enfrentamientos con radicales budistas en el centro y el oeste del país. Human Rights Watch ha acusado a las autoridades birmanas de participar en una “campaña de limpieza étnica” contra los musulmanes

08 Septiembre 2013
16:05
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MEIKTILA (Birmania) // El país de la eterna sonrisa. Myanmar –o Birmania– es conocido entre los viajeros por la alegría y la candidez de sus habitantes. Sin embargo, en las zonas afectadas por la violencia interreligiosa, los forasteros son recibidos hoy con miradas frías.

Myanmar es el país más grande y más pobre del sudeste asiático continental. Durante medio siglo de dictadura, sus abundantes recursos naturales han enriquecido a unos pocos. Esa élite necesita ahora desarrollar la economía birmana para seguir engordando sus arcas y para conseguirlo se ha inventado una transición política. En primer lugar, porque le hace falta el apoyo de occidente que, a cambio de asesoramiento, ayuda e inversión, le reclama reformas democráticas, respeto a los derechos humanos y pacificación de los conflictos. Así lo expresaron el presidente francés François Hollande y el primer ministro británico David Cameron durante la última gira europea del presidente birmano Thein Sein. En segundo lugar, porque quiere reducir su dependencia de China. El gigante asiático es el mayor inversor de Myanmar. Posee el 80% de los derechos de explotación del petróleo y del gas e inauguró en julio un gaseoducto que atraviesa el país.

A nivel social, la mayoría birmana y budista controla todos los aspectos de la vida y margina a las minorías étnicas y religiosas con las que mantiene diversos conflictos. La violencia es el principal escollo en la estrategia del nuevo gobierno civil de Thein Sein, aunque haya insistido en restarle importancia. “Algunas organizaciones (…) están diciendo que la discriminación religiosa y racial es grave. Deben ser conscientes de que tales invenciones complicarán aún más la situación”, advertía en un comunicado a finales de julio.

Barrio musulmán del centro de Meiktila (Myanmar) arrasado en los disturbios de marzo. J.F. DONOSO

No obstante, en el último año los ataques de radicales budistas contra la minoría musulmana se han extendido por todo el país ante el inmovilismo del gobierno. El terror ha ensombrecido el aire de Myanmar y ha borrado las sonrisas de muchos birmanos.

El último repunte de violencia fue hace solo dos semanas en la población de Kanbalu, al norte del país. No hubo víctimas, como en Meiktila, donde cerca de medio centenar de personas perdieron la vida en marzo en la mayor masacre del año.

En uno de los dos barrios musulmanes arrasados de esta ciudad, ubicada en la zona central de la república, dos mujeres acurrucadas bajo enormes sombreros chinos buscan algo de valor entre los restos de la barbarie. Medio año después de la matanza todavía hay zapatos y trozos de ropa semienterrados. Un peluche. Un hombre en cuclillas mira a lo lejos una línea de casas intactas envueltas en alambre de espino que pertenecen a familias budistas. De la suya no queda ni una pared en pie. “Aquí vivía con mi mujer, mis dos hermanas y mis cinco hijos”, dice Tin Win Soe Soe, taxista de 45 años. En su mirada no hay rabia, solo dolor y resignación.

Pero no todos están dispuestos a olvidar. Un día después de que el gobierno levantara el estado de excepción porque consideraba “restablecida la paz y la estabilidad”, una bomba casera estallaba en Mandalay. Ocurrió el 21 de julio, a solo 100 metros de un acto del polémico Ashin Wirathu. Este monje es uno de los líderes del movimiento nacionalista 969, que considera al islamismo una amenaza para la hegemonía del budismo. Organizaciones humanitarias y medios de comunicación lo señalan como uno de los responsables de provocar los disturbios. El “budista radical”, como se autodenomina, propone restringir por ley el matrimonio interreligioso y boicotear negocios islamistas. “Puedes estar lleno de bondad y de amor, pero no puedes dormir al lado de un perro rabioso”, dijo en una ocasión refiriéndose a los musulmanes.

Tin Win Soe Soe observa las ruinas de su barrio arrasado. MARC ESPIN

La tensión va en aumento. Los taxistas budistas se niegan a entrar por la noche en las inmediaciones de la mezquita Bengalí, una de las tres rehabilitadas coincidiendo con el ramadán. Los musulmanes que acuden se han afeitado la barba y han guardado el taqiyah, su gorro típico, por miedo a ser reconocidos y atacados. Centenares de familias llevan más de 5 meses viviendo en campos de refugiados a las afueras de Meiktila, esperando a que el gobierno reconstruya los barrios destruidos y a que les garantice seguridad para volver.

Sin embargo, en los últimos meses el gobierno está intensificando las medidas para mejorar la imagen de Myanmar. Las presiones de algunos países occidentales, potenciales inversores en la nueva etapa democrática, están forzando las reformas. A finales de julio el presidente Thein Sein anunció, según el periódico The New Light of Myanmar, un plan para resolver los conflictos étnicos y religiosos en tres fases: rehabilitar las aéreas afectadas, prevenir futuros brotes y continuar investigando para encontrar y resolver las causas. De momento, solo se han retirado los escombros en uno de los dos vecindarios arrasados.

Por las ruinas del otro barrio se pasea Kyaw Kyaw sin camiseta y con las manos en la espalda. Su casa es de las pocas enteras. “Soy budista”, se apresura a anunciar. Aunque le parece mal lo que ocurrió, niega tener amigos entre sus vecinos musulmanes. “Ellos empezaron”, asevera. Es la versión más extendida entre los budistas birmanos.

Kyaw Kyaw. Vecino budista de un barrio musulman destruido. Su casa no se vio afectada. MARC ESPIN

Pero U Khin Mayng Swe asegura que siempre han vivido en paz. Su nombre occidental es Oscar. Es abogado y regenta un pequeño negocio de venta de billetes de autobús con su sobrina en el centro de Meiktila. La noche del 20 de marzo docenas de hombres budistas armados con machetes y barras de hierro se agolparon frente a la tienda amenazando con matarlos solo por ser musulmanes. Consiguieron huir. Durante los tres días siguientes, se unieron más hombres formando una turba que arrasó barrios islamistas, mezquitas y escuelas. Murieron más de 40 personas. La mitad eran estudiantes.

Oscar ha reabierto su negocio tras dos meses viviendo en un campo de refugiados a las afueras de Meiktila (Myanmar). J.F.DONOSO

El asesinato de un monje como venganza tras una discusión en una tienda de oro desató la furia de las masas en Meiktila. En Kanbalu el detonante fue un intento de violación de una mujer budista. Otra mujer violada y asesinada por tres musulmanes en el estado de Rakhine originó, en junio de 2012, la ola de violencia interreligiosa que se ha cobrado más de 200 muertos y 100.000 desplazados en todo el país.

Pero para entender las causes del conflicto entre musulmanes y budistas hay que remontarse al siglo XIX. El imperio británico polarizó el país porque era más fácil de controlar y la dictadura heredó la estrategia. “Cincuenta años de aislamiento, miedo, propaganda y divisiones étnicas (…) han fundado una sociedad segregacionista y racista”, denunció un grupo de intelectuales, activistas y personalidades en un manifiesto (‘Rechazamos el silencio frente al apartheid y la limpieza étnica en Birmania’) publicado en junio en Le Monde.

Human Rights Watch acusó al gobierno y a las fuerzas de seguridad de participar en las matanzas contra musulmanes en el estado de Rakhine, al suroeeste de Myanmar. Algunos vídeos publicados por la BBC muestran como algunos musulmanes fueron quemados vivos o asesinados a machetazos sin que la policía hiciera nada por impedirlo. Sin contención, la violencia se recrudeció en la segunda mitad de 2012 y se extendió este año a otras zonas del país, como Meiktila, donde nunca había habido problemas.

Oscar, como tantas otras víctimas, tiene miedo, pero la esperanza de que las presiones internacionales cambien las cosas puede más. Por eso decide hablar. Mientras recuerda las atrocidades que vivió en marzo, dos miembros de la familia vigilan en la calle y avisan cada vez que se acerca alguien sospechoso. Se levanta de la silla una y otra vez y da vueltas por la rebotica de la tienda mirando constantemente hacia el exterior. “El gobierno quiere que nos machemos, por eso no nos protege”, susurra. Luego de un silencio, avisa: “Si regresan me tendrán que matar porque no volveré a huir”.

(Juan Francisco Donoso ha colaborado en la elaboración de este reportaje)

Marc Espin

Marc Espin

2 comentarios

  1. ateo666666
    ateo666666 08/09/2013, 20:48

    Uno de los últimos mitos occidentales propagados con la ayuda del mundo hollywodiense ha sido el de esos santos monjes vestidos con túnicas azafrán, alejados de los placeres, temperamentalmente pacíficos y ascetas aun cuando la realidad histórica no los ha hecho desmerecer en ninguno de los excesos producidos por otros sotanados más próximos y más conocidos de nuestro mundo occidental. http://diario-de-un-ateo.blogspot.com.es/2013/05/lo-que-faltaba-ahora-tambien.html

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